Va a ser, lo está siendo ya, un año rabiosamente electoral, con todo lo bueno y lo malo que ello significa: la guerra a muerte al enemigo y la posibilidad de cambiar lo que va mal. Insultos, mentiras, traiciones en ambas direcciones y falta absoluta de generosidad en todos los campos. El destino lo ha querido, disponiendo elecciones municipales y autonómicas a mediados de año y unas generales al final, que van a dejar la escena política llena de cadáveres. Las encuestas se sucederán con resultados tan distintos que en vez de aclarar la atmósfera, la enturbiarán, al depender de cómo se han hecho las preguntas y quién las ha encargado. O sea, que lo más que pueden indicarnos es una tendencia e incluso ésta puede dar la vuelta en el último minuto. Hasta China, Rusia y Estados Unidos están en crisis. Lo único seguro es que todos los contendientes parten con el lastre de una enorme desconfianza hacia la clase política, incluso entre sus partidarios, lo que quiere decir que retenerlos será un éxito y que se abstengan, un alivio. Va a votarse al que desagrade menos no al que agrade más, excepto, naturalmente quienes se juegan el puesto, capaces de vender a sus hermanos para conservarlo. La máxima de Clinton ·«¡Es la economía, idiota!» da una ventaja inicial a Sánchez, que dispone de los abundantes fondos europeos para comprar voluntades como los ricos de antaño compraban votos a cambio de duros de plata. Pero hay dos factores que pueden anularlo: que Bruselas denuncie su engaño y que surtan el efecto contrario. Está demostrado que cubiertas las necesidades más elementales, la gente empieza a pedir bienes éticos: libertad, justicia, ejemplo. Y es ahí donde Pedro Sánchez naufraga. Se ha aliado con quienes desean descuartizar España y con quienes odian la democracia, seguros de que, tarde o temprano, se lo dará a cambio de apoyarle. Será la hora de la verdad para todos.

