Por: Héctor E. Contreras.
Habían pasado treinta y siete años desde la primera misión espía de Israel en la tierra prometida y cuarenta años de su salida de Egipto. La Biblia permanece virtualmente en silencio acerca de aquellos treinta y tantos años de peregrinaje a la deriva. La generación de aquellos que vivieron en Egipto casi estaba extinguida, y la nueva generación pronto estaría lista para entrar a la tierra prometida. Moisés, Aarón, Josué y Caleb, fueron de los pocos que quedaron de los que habían salido desde Egipto. Después de treinta y siete años en el desierto, los israelitas olvidaron que sus peregrinajes eran el resultado de su propio pecado. No podían aceptar el hecho de que ellos mismos habían acarreado los problemas, así que culparon a Moisés por su condición de haber pecado delante de Dios. La mayoría de la gente, en sus fracasos y malas decisiones tomadas, acusan a otros. ¡Craso error! Lo que hagamos mal, tratemos de corregirlo y nunca culpar a los demás. Corregir es de sabios.
“No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas. He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad. Las fieras del campo me honrarán, los chacales y los pollos de avestruz; porque daré agua en el desierto, ríos en la soledad, para que beba mi pueblo, mi escogido”, Isaías 43:18-20. Judá es convocada a olvidar su intento de ocupar un sitio entre las naciones. Dios reserva un nuevo destino para Israel, su pueblo. La cosa nueva a que se refiere el profeta, surge del proceso histórico de la cautividad y el retorno a su tierra, prometida mucho tiempo antes por Dios. El llamado a Judá va en línea con lo acontecido en el desierto, cuando el pueblo vivía aún de sus recuerdos del pasado. Sus quejas y lamentos en el desierto, hicieron que el hombre más manso que haya existido en la tierra, Moisés, perdiera la oportunidad de conducirlos hasta la tierra que todos anhelaban. Sus palabras fueron: “Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová! ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias?
¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber”, Números 20:3-5. Existe mucha gente como el pueblo hebreo en el desierto. Por favor, les invito fijar su atención a la siguiente declaración: “Y les decían los hijos de Israel: Ojalá hubiéramos muerto en mano de Jehová en la tierra de Egipto, cuando nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta saciarnos; pues nos habéis sacado a este desierto para matar de hambre a toda esta multitud”, Éxodo 16:3. Aunque eran esclavos cuando estaban en Egipto, habían recibido buena alimentación. Ahora que están en pleno desierto, olvidan la bondad de Dios y lo que habían sufrido en tierra que no era de ellos, para comenzar a quejarse por la falta de comida. No permitas nunca que tan solo un plato de comida en el pasado, te haga olvidar lo que Dios te ha prometido para lo que será toda tu vida. La libertad va mucho más allá que un pasado esclavizado y maltratado en tierras lejanas. Dios, aunque sufras en algún momento, nunca te abandonará.
“Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. Y habló Jehová a Moisés, diciendo: Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y dará de beber a la congregación y a sus bestias”, Números 20:6-8. Ahora estaban delante del arca, en el Lugar Santísimo. El mandato de Dios a Moisés fue que hablara a la peña; y no que la golpeara. Moisés falló a la hora de abrir las nuevas avenidas por las que Dios quería que transitara su pueblo. Su actuación estuvo constreñida por sus experiencias del pasado. El método funcionó, pero Dios estaba disgustado a causa de la desobediencia de Moisés. La medida del éxito a los ojos del Señor, no es el resultado del esfuerzo que podamos hacer, sino cumplir en obediencia como sus siervos. Dios busca gente sencilla que sepa escuchar su voz y obedecerla.
Las palabras de Moisés al dirigirse al pueblo fueron duras: “¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Y entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias.
Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado”, Números 20:10-12. Cuando Dios pronuncia las palabras “Para santificarme”, significa representar la santidad de Él a los ojos del pueblo. El inicio del verso 13 nos dice: “Él se santificó”: Parece contradecir el versículo 12, donde se juzga a Moisés y a Aarón por no haber santificado a Dios delante del pueblo. Sin embargo, el texto nos dice que, de hecho, el Señor fue santificado entre los israelitas a causa del gran milagro. No obstante, Moisés y Aarón no podían acreditárseles que los hijos de Israel santificaran a Jehová. Como líderes, como guías, debemos siempre estar dispuestos a escuchar la voz de Dios y obedecer lo que Él nos ha ordenado. Esa es la mejor forma de ser bendecidos. ¡Obedecer! Es difícil en ocasiones, pero no imposible, siempre que estemos dentro de los propósitos de nuestro Dios.
“Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar, y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”, I-Corintios 10:1-4. “Porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo”. Son las palabras finales del verso 4. Cristo es la figura central en toda la historia de la redención. Cristo se encarnó al nacer, pero ese no era su origen. Él estaba detrás de la milagrosa lluvia de maná que cayó sobre el desierto y de la fuente de agua que allí brotó. La roca los siguió en el sentido de que las bendiciones de Cristo, simbolizadas por ella, nunca fallaron. Éxodo 17:1-7 y Números 21:17-18. Por medio de estos mensajes, siempre he tratado de dar a entender a cada lector, que cuando se es obediente, la bendición fluye por sí sóla. La obediencia es sinónimo de bendición. Ésta puede llegar en el hogar, en la congregación, en el lugar de trabajo, en la universidad o la escuela.
Que su gracia nos sostenga cada día, por lo demás, vamos a someternos a la obediencia, no solamente a Dios, sino a todo lo que conlleva nuestra relación.



