EE UU e Irán negocian bajo máxima tensión: el conflicto en Líbano y el bloqueo de Ormuz amenazan la paz

La postal de Islamabad convertida en fortaleza resume el estado actual de la diplomacia internacional: blindada, vigilada y profundamente desconfiada. En el interior del Serena Hotel, delegaciones de Estados Unidos e Irán intentan abrir una vía de salida a un conflicto que, en apenas seis semanas, ha dejado miles de muertos, múltiples frentes abiertos y una economía global tensionada por la crisis energética.

Lejos del optimismo político que suele acompañar este tipo de encuentros, las conversaciones nacen con expectativas mínimas. La retórica inicial, especialmente desde Washington, ha oscilado entre el entusiasmo prudente y la advertencia directa, reflejando una falta de coherencia que complica aún más el proceso.

Por parte estadounidense, la delegación encabezada por J.D. Vance intenta equilibrar firmeza y apertura negociadora. En el lado iraní, figuras como el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Qalibaf, y el ministro de Exteriores Abbas Araghchi, llegan con un mandato condicionado por exigencias previas que, en la práctica, dificultan el inicio mismo del diálogo.

La posibilidad de que ambas delegaciones ni siquiera compartan sala, optando por negociaciones indirectas a través de funcionarios paquistaníes, ilustra el grado de ruptura diplomática acumulada.

El Líbano y el estrecho de Ormuz en la tregua

El principal obstáculo inmediato no está dentro de la sala de negociación, sino en el terreno. Los continuos bombardeos israelíes en el Líbano han reactivado tensiones que amenazan con dinamitar cualquier avance. Teherán exige que el alto el fuego sea regional y abarque a sus aliados, incluyendo a Hezbolá. Sin esa condición, advierte, las negociaciones carecen de sentido. Washington, alineado en gran medida con la estrategia del primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, ha mostrado reticencias a incluir este frente en el acuerdo inicial.

El resultado es un bloqueo conceptual porque mientras Irán entiende la guerra como un conflicto sistémico en la región, EE UU intenta fragmentarlo en mesas separadas. Esa divergencia estratégica amenaza con hacer inviable cualquier consenso.

A esta ecuación se suma el control del Estrecho de Ormuz, uno de los puntos neurálgicos del comercio energético mundial. El bloqueo parcial impuesto por Irán no solo es una herramienta de presión diplomática, sino también un recordatorio de su capacidad para alterar los mercados globales.

Washington exige la reapertura inmediata del paso, mientras Teherán busca convertir su control de facto en un elemento de negociación, incluso planteando mecanismos de peaje. Este pulso afecta directamente al suministro de petróleo y gas, y por tanto a la estabilidad económica internacional.

Dos agendas incompatibles

Las posiciones de partida reflejan objetivos difícilmente reconciliables. Irán insiste en su plan de 10 puntos, que incluye el levantamiento de sanciones, compensaciones económicas, garantías de no agresión y el reconocimiento de su derecho a enriquecer uranio.

La Administración de Donald Trump, por el contrario, mantiene como línea roja la renuncia iraní a ese enriquecimiento y la entrega de sus reservas nucleares. Se trata de una divergencia estructural que ha bloqueado acuerdos anteriores antes de la Operación Furia Épica y que vuelve a emerger como núcleo del conflicto.

En este contexto, el papel de Pakistán resulta clave pero limitado. El Gobierno del primer ministro Shehbaz Sharif ha logrado sentar a ambas partes, pero su capacidad para imponer compromisos es reducida frente a intereses estratégicos de tal magnitud.

El despliegue de seguridad sin precedentes en Islamabad no solo responde a riesgos físicos, sino también al simbolismo de una mediación que podría redefinir equilibrios regionales. @mundiario