La estrategia de presión de EE UU sobre Irán parece estar dando frutos e incluso podría llegar a ser potencialmente más peligrosa de lo que sugería su planteamiento inicial. El bloqueo naval, concebido como una herramienta para cortar los ingresos energéticos de Teherán dada su renuencia a garantizar la navegación segura por el estrecho de Ormuz, está generando ahora un efecto colateral por la saturación de su capacidad de almacenamiento de petróleo.
Durante semanas, el foco se situó en la caída de las exportaciones iraníes. Sin embargo, el verdadero cuello de botella se encuentra tierra adentro. Con una producción que ronda 1.5 millones de barriles diarios y una capacidad de almacenamiento limitada —estimada entre 42 y 50 millones de barriles—, Irán se enfrenta a un problema estructural ya que no puede vender su crudo ni almacenarlo indefinidamente.
La isla de Jarg, nodo clave del sistema energético iraní, concentra gran parte de estas reservas. Allí, el margen disponible se reduce rápidamente. El uso creciente de petroleros como almacenamiento flotante —una práctica habitual en contextos de sanciones— empieza también a mostrar signos de agotamiento debido al endurecimiento del bloqueo.
El resultado es un escenario límite porque si el crudo sigue acumulándose, Teherán podría verse obligado a reducir o incluso detener su producción.
El tablero geopolítico: Ormuz y la economía global
Detener la extracción de petróleo no es una decisión baladí. A diferencia de otros sectores, el cierre de pozos puede provocar daños estructurales en los yacimientos, comprometiendo su capacidad futura. Algunas estimaciones apuntan a pérdidas permanentes de hasta medio millón de barriles diarios si la interrupción se prolonga. Esto convierte el bloqueo en un factor que puede alterar de forma duradera el potencial energético de Irán, con implicaciones económicas de miles de millones de dólares anuales.
Desde Teherán, las advertencias han sido explícitas. Cualquier daño a sus infraestructuras podría desencadenar represalias desproporcionadas contra intereses de países que respalden la estrategia estadounidense. La crisis no se limita al ámbito bilateral. El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial, se ha convertido en el epicentro de la tensión. Su bloqueo parcial o total impacta directamente en los precios energéticos globales.
El barril de Brent ha alcanzado niveles no vistos desde el inicio de la guerra en Ucrania, superando los 120 dólares. En paralelo, el coste de la gasolina en Estados Unidos se ha disparado, un factor políticamente sensible en un año electoral. Este contexto sitúa a la Casa Blanca ante un dilema ya que la presión sobre Irán refuerza su posición negociadora, pero al mismo tiempo penaliza a los consumidores estadounidenses y tensiona la economía global.
Un pulso de desgaste con costes en EE UU
Ante el estancamiento, Donald Trump evalúa nuevas opciones, incluidas acciones militares limitadas. La lógica sería retomar golpes rápidos y contundentes que obliguen a Teherán a retomar las negociaciones desde una posición de debilidad, después de que hace dos semanas se pactó un alto el fuego a instancias de Pakistán, que aloja las negociaciones entre la Administración Trump y el régimen de los ayatolás que todavía no han dado frutos.
Sin embargo, diversos analistas cuestionan la eficacia de esta estrategia. La estructura del poder iraní y su historial de respuesta sugieren que la presión externa tiende a reforzar la resistencia interna más que a provocar concesiones. Además, el riesgo de escalada es elevado, incluso una operación limitada podría desencadenar respuestas indirectas en la región, desde ataques a infraestructuras energéticas hasta acciones de grupos aliados. Sin embargo, los países del Golfo han emitido señales de no querer conservar el statu quo por la fatiga que conlleva ser vecino de un régimen iraní herido.
Irán, por su parte, parece apostar por una estrategia de resistencia prolongada, si consigue soportar el impacto del bloqueo y trasladar el coste al sistema internacional. En este pulso, el tiempo se convierte en un factor decisivo.
Para Washington, la presión debe producir resultados antes de que el desgaste económico y político interno —acentuado por el alza de los precios energéticos— erosione el apoyo doméstico de cara a las elecciones de medio término de noviembre. @mundiario
