Laura lleva cuarenta años en Estados Unidos y todavía sale de casa rezando para no ser vista por los agentes migratorios. La escena parece sacada de otra época, pero ocurre hoy, en Los Ángeles, una de las ciudades con mayor población latina del país. Su historia no es excepcional. Precisamente ahí está el problema.
Durante décadas, millones de inmigrantes indocumentados han construido una vida entera en Estados Unidos mientras permanecen fuera del sistema legal. Trabajan, pagan alquileres, crían hijos estadounidenses y sostienen sectores enteros de la economía, pero continúan viviendo con el temor permanente de ser expulsados. Es una existencia suspendida, como caminar sobre un puente que nunca termina de construirse.
Laura llegó desde Guatemala en 1986, apenas semanas después de la amnistía impulsada por Ronald Reagan que regularizó a cerca de tres millones de personas. Llegó tarde para acogerse a ella y desde entonces quedó atrapada en un limbo burocrático que se ha ido endureciendo con cada reforma fallida. Siete presidentes después, sigue sin papeles.
Ese detalle explica algo importante sobre el debate migratorio en Estados Unidos. Muchas veces se habla de la inmigración como si fuese un fenómeno reciente o una amenaza inmediata, cuando en realidad gran parte de los indocumentados llevan décadas asentados en el país. No son recién llegados. Son vecinos, trabajadores y padres de familia que han envejecido dentro de una nación que depende de ellos, pero que al mismo tiempo los mantiene invisibles.
El endurecimiento de la frontera cambió la vida migrante
Durante buena parte del siglo XX, la migración latinoamericana hacia Estados Unidos era circular. Muchas personas cruzaban para trabajar unos años y luego regresaban a sus países. Sin embargo, el aumento de la vigilancia fronteriza tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 transformó completamente esa dinámica.
Cruzar empezó a ser más caro, más peligroso y más difícil. Como consecuencia, miles de inmigrantes dejaron de volver a casa incluso en momentos dramáticos, como funerales o enfermedades familiares. El resultado fue paradójico. Las políticas diseñadas para frenar la inmigración terminaron consolidando comunidades permanentes de personas sin regularizar.
La historia de Laura también desmonta otro discurso frecuente. Se suele presentar a los inmigrantes indocumentados como una carga para el sistema, pero la realidad muestra algo distinto. Ella ha trabajado limpiando oficinas, cuidando niños y realizando empleos esenciales durante décadas. Sus hijos estudiaron y contribuyen económicamente al hogar. Como ella, millones de personas ocupan puestos que sostienen sectores enteros donde escasea mano de obra.
El problema es que viven atrapados en un sistema que les exige trabajar, pero les niega estabilidad. Cuando Laura intenta acceder a un empleo formal, le piden documentos. Cuando busca atención médica, necesita identificaciones que no puede obtener legalmente. Esa contradicción empuja a muchos inmigrantes hacia la economía informal o incluso hacia redes de falsificación. No porque quieran delinquir, sino porque el sistema les cierra las puertas básicas para sobrevivir.
Una política migratoria atrapada entre el miedo y la realidad
El endurecimiento de las políticas migratorias bajo Donald Trump ha intensificado esa sensación de persecución constante. Las redadas del ICE no solo buscan deportar. También envían un mensaje político basado en el miedo. La figura del inmigrante se convierte así en un símbolo útil para alimentar discursos de seguridad y control fronterizo.
Pero hay una realidad difícil de ignorar. Estados Unidos lleva décadas beneficiándose del trabajo de millones de personas que nunca recibieron una vía clara de regularización. El país necesita su fuerza laboral, aunque parte de la política prefiera fingir que no existen.
La cuestión de fondo ya no es únicamente legal. También es humana y económica. ¿Qué sentido tiene mantener durante cuarenta años en la clandestinidad a alguien que ha construido toda su vida allí? ¿Qué gana una sociedad obligando a personas mayores a esconderse para coger un autobús o acudir al dentista?
La historia de Laura retrata un modelo migratorio agotado. Uno donde el miedo sustituye a las soluciones y donde la invisibilidad se convierte en una forma de supervivencia. Ninguna democracia sólida debería acostumbrarse a que miles de personas recen cada mañana para no ser vistas. @mundiario
