La OTAN de Trump y Rutte exige “planes creíbles” para llegar al 5% del gasto: España, en el punto de mira

La cumbre de la OTAN en Ankara no va solo de Ucrania, Rusia o el futuro de la seguridad europea. El verdadero núcleo político de la cita está en un encaje mucho más espinoso: cómo convencer a los 32 aliados para que el compromiso de subir el gasto en defensa al 5% del PIB pase de ser un brindis al sol a convertirse en una hoja de ruta fiscalizable.

Ese cambio de enfoque tiene un claro impulsor. Donald Trump ha convertido desde hace años el reparto de la carga financiera de la Alianza en una de sus principales reivindicaciones internacionales y, ahora, esa presión se traduce en un endurecimiento del discurso de la OTAN. El secretario general Mark Rutte ha asumido que el éxito de la organización pasa por demostrar que los compromisos adoptados se cumplen y que cada Estado puede explicar con cifras cómo pretende alcanzarlos.

Por ello, el secretario general ha dejado claro cuál será una de las prioridades de la reunión: “Tendremos que debatir planes de gasto creíbles para garantizar que todos los países avancen hacia el objetivo del 5 %”.

Durante años el debate se centró en alcanzar el antiguo objetivo del 2% del PIB destinado a defensa. Sin embargo, la guerra en Ucrania, el deterioro del entorno estratégico europeo y el cambio de prioridades de Washington han elevado considerablemente el listón.

Los aliados acordaron avanzar hacia un modelo que combine un 3,5% del PIB destinado directamente al gasto militar con otro 1,5% dedicado a infraestructuras estratégicas —carreteras, puentes, puertos y logística— necesarias para facilitar el despliegue rápido de tropas y material militar. Ahora la cuestión ya no es si ese objetivo resulta deseable, sino si cada país dispone de una planificación suficientemente sólida para hacerlo realidad antes de 2035.

La influencia de Trump sobre la OTAN

Aunque el conflicto en Ucrania ha acelerado el rearme europeo, Rutte no ha ocultado que existe otro factor que explica el cambio de tendencia.

El propio secretario general ha reconocido que el denominado “factor Trump” ha contribuido a que numerosos gobiernos europeos incrementen sus presupuestos militares. Incluso fue más lejos al comparar el impacto político del presidente estadounidense con el del expresidente Dwight D. Eisenhower, al considerar que Trump está consiguiendo que Europa asuma una mayor parte de la responsabilidad de su propia defensa.

Al respecto, el líder de la alianza declaró textualmente: “Desde Eisenhower, no ha habido un presidente de Estados Unidos que haya logrado que Europa asuma tanta responsabilidad por su propia defensa. Donald Trump lo ha conseguido”.

No se trata únicamente de una cuestión económica. Washington lleva tiempo defendiendo una transformación profunda del reparto de responsabilidades dentro de la Alianza. La denominada OTAN 3.0 pretende que Europa asuma progresivamente el peso principal de su seguridad mientras Estados Unidos concentra más recursos en otras regiones estratégicas, especialmente el Indo-Pacífico.

Desde esa perspectiva, aumentar el gasto militar europeo deja de ser una petición coyuntural para convertirse en un elemento estructural del nuevo equilibrio transatlántico.

España, entre los países bajo mayor presión

Dentro de ese debate, España aparece como uno de los países más observados. El Gobierno español ha respaldado formalmente el objetivo común, aunque mantiene que puede cumplir las capacidades militares exigidas por la OTAN con un nivel de inversión inferior al 5% del PIB. Esa posición ha situado a Madrid entre los aliados que deberán explicar con mayor detalle cuál será su planificación futura.

Preguntado por los países que todavía no presentan una estrategia suficientemente definida, Rutte lanzó un mensaje que muchos interpretan como una advertencia política: “Si uno o dos de ellos todavía tienen que ser convencidos, tenemos maneras de hacerlo”.

Aunque evitó señalar directamente a ningún Estado, sus palabras reflejan que la dirección de la OTAN pretende reducir al mínimo las excepciones dentro del nuevo compromiso colectivo.

La organización considera que el incremento del gasto debe traducirse en capacidades militares reales: más producción industrial, renovación de armamento, mejora de los sistemas antiaéreos, incremento de las reservas estratégicas y una mayor rapidez para desplegar fuerzas en caso de crisis.

En paralelo, la Alianza pretende seguir reforzando el apoyo a Ucrania mediante nuevos compromisos financieros y militares, convencida de que la evolución del conflicto continuará condicionando la seguridad europea durante los próximos años. Al mismo tiempo, diversos gobiernos europeos alertan de que Rusia mantiene una estrategia de presión híbrida sobre el continente, mientras la Administración estadounidense insiste en que Europa debe prepararse para asumir una mayor autonomía defensiva.

El endurecimiento del discurso de Mark Rutte refleja también una realidad política más amplia: la OTAN intenta adaptarse a un escenario en el que Estados Unidos continúa siendo imprescindible, pero exige una implicación mucho mayor de sus socios.

Las reiteradas críticas de Donald Trump al nivel de inversión europeo han dejado de percibirse únicamente como una posición nacional estadounidense para incorporarse al discurso oficial de la propia organización. Lo que hace unos años generaba profundas divisiones internas hoy forma parte de la agenda central de la Alianza.

En ese contexto, la cumbre de Ankara se presenta como una prueba de credibilidad. Más allá de las declaraciones políticas, el objetivo consiste en comprobar qué gobiernos están preparados para presentar calendarios concretos, financiación suficiente y compromisos verificables para alcanzar el 5% del PIB en defensa. @mundiario