El reconocimiento de Sam Altman: la adopción de la IA no despega en las empresas

Sam Altman ha reconocido que la adopción de la IA en las empresas avanza más lenta de lo que esperaba.

Claves de la operación

  • Altman admite que la economía tiene demasiada inercia. El CEO de OpenAI reconoce que el software empresarial no cambia al ritmo de las mejoras de los modelos.
  • La brecha entre consumo y empresa se ensancha. ChatGPT alcanzó 100 millones de usuarios en tiempo récord, pero los despliegues corporativos avanzan a velocidad humana.
  • La confesión enfriará las previsiones de ingresos por IA. Las cotizadas que venden software empresarial con IA tendrán que justificar ciclos de adopción más largos ante el mercado.

La brecha entre el consumo viral y la adopción empresarial

El contraste es evidente. ChatGPT se convirtió en el producto que más rápido alcanzó los 100 millones de usuarios de la historia, aunque Threads lo superó después con cierta ventaja. Esa explosión en el consumo contrasta con lo que ocurre dentro de las compañías. Altman esperaba que buena parte del software empresarial sufriese grandes cambios y que nuevas empresas planteasen alternativas a las existentes. No ha ocurrido.

Los motivos no son técnicos. Los modelos han mejorado mucho desde que GPT-4 apareció en 2023, pero las organizaciones no cambian al mismo ritmo que lo hacen las API. Integrar sistemas, revisar la seguridad, migrar datos, formar a empleados y convencer a clientes son pasos que llevan años, no semanas. Da igual que abrir ChatGPT lleve segundos: rediseñar los flujos internos de una empresa exige una velocidad distinta.

Esa tensión se ve en la venta de software empresarial con IA. Los proveedores ofrecen asistentes capaces de resumir reuniones o redactar informes, pero los contratos se cierran por departamentos, no por compañías enteras. La implantación suele quedarse en pruebas de concepto que no terminan de escalar. Es una brecha que se repite en todos los sectores, desde la banca hasta la industria.

La inercia de la economía como amortiguador, no como derrota

Altman admite que ‘me equivoqué en unas cuantas cosas, pero una de ellas es en el ámbito de la velocidad: la economía tiene demasiada inercia. La frase es una confesión poco habitual en un sector que ha prometido transformaciones inmediatas. Sin embargo, el fundador de OpenAI también se muestra aliviado. Esa lentitud actúa como amortiguadora de la revolución, lo que puede hacer que la transición en las empresas sea más suave.

La historia confirma el patrón. Los primeros ordenadores personales despertaron enormes expectativas, pero su impacto llegó cuando empresas y hogares reorganizaron su forma de trabajar en torno a ellos. Con internet pasó algo más claro aún: la burbuja de de las puntocom demostró que se había sobreestimado su importancia inmediata, aunque con los años se convirtió en una de las tecnologías más transformadoras. La llamada ley de Amara describe precisamente ese desfase entre expectativa y cristalización.

La adopción empresarial no viaja a la velocidad de los modelos, sino a la velocidad de los procesos internos.

El espejo español: Telefónica e Indra también pisan el freno

En España, la cautela de Altman encuentra eco en el IBEX 35. Telefónica e Indra protagonizan los avances en inteligencia artificial pero avanzan a ritmo de contratos y despliegues, no de laboratorio. Los proyectos de IA en el sector bancario y energético se topan con los mismos muros: integración con el software existente, requisitos regulatorios y unos plazos de retorno que los consejos de administración miden con lupa. La distancia entre el piloto y la producción sigue siendo el cuello de botella.

Observamos aquí una lectura de mercado. La confesión de Altman no afecta a los ingresos actuales de OpenAI, que siguen creciendo con fuerza, pero sí enfría la narrativa de productividad inmediata que ha justificado parte de las valoraciones en el sector. Si la adopción empresarial tarda más en cristalizar, las cotizadas que venden IA generativa tendrán que explicar mejor sus plazos de monetización ante unos inversores que descuentan resultados de forma acelerada.

La cuestión no es si la IA transformará la economía, sino cuándo lo hará visible en las cuentas. El propio Altman cree que la inercia puede ser positiva, pero la confesión introduce un matiz que los mercados no suelen escuchar. La próxima temporada de resultados de las grandes tecnológicas ofrecerá una prueba más concreta: si el gasto en IA sigue creciendo sin que la productividad empresarial lo refleje, la brecha entre promesa y ejecución se cobrará factura.

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