Noruega vuelve a vestirse de luto. La princesa Astrid ha fallecido este 11 de septiembre a los 94 años, en un momento especialmente doloroso para la familia real, que todavía no ha cerrado el duelo por la muerte del rey Harald V. La hermana del monarca estuvo presente el pasado miércoles en el funeral de Estado celebrado en Oslo, en la que acabaría siendo su última aparición pública.
La noticia supone un nuevo golpe para una institución que acaba de afrontar un cambio histórico con la muerte de Harald, fallecido el pasado 28 de agosto a los 89 años después de más de tres décadas en el trono. Su hijo, Haakon VIII, asumió entonces la Corona y se convierte ahora también en el miembro de la familia encargado de comunicar la pérdida de su tía.
La última imagen pública de Astrid está estrechamente ligada a la despedida de su hermano. A pesar de sus problemas de salud y de su avanzada edad, quiso acompañar a la familia en una jornada cargada de simbolismo. El funeral de Harald se celebró el 9 de septiembre en la catedral de Oslo y reunió a representantes de distintas casas reales y a miles de ciudadanos.
Solo 48 horas después, la Casa Real noruega anunciaba el fallecimiento de Astrid. La coincidencia temporal ha convertido su muerte en un episodio especialmente conmovedor para una sociedad que todavía se encontraba despidiendo a su anterior monarca.
El nuevo rey, Haakon VIII, ha expresado su pesar por la pérdida de su tía y ha ordenado que las banderas del Palacio Real ondeen a media asta. La Casa Real ha destacado su larga dedicación al país y su estrecha vinculación con la institución monárquica.
Una mujer clave para la monarquía noruega
Astrid nunca llegó a ocupar el trono, pero durante décadas desempeñó un papel mucho más importante del que podría sugerir su posición dentro de la línea sucesoria. Tras la muerte de su madre, la princesa Märtha, en 1954, asumió con apenas 22 años numerosas responsabilidades representativas y ejerció como primera dama de Noruega durante una etapa decisiva para la familia real.
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Acompañó a su padre, el rey Olav V, en numerosos compromisos oficiales y mantuvo una presencia constante en la vida pública del país. Su papel resultó especialmente relevante durante los años en los que la monarquía necesitaba proyectar una imagen cercana y estable ante la sociedad noruega.
Con el paso de los años, Astrid siguió participando en actos oficiales y vinculándose a distintas causas sociales. Entre sus principales intereses estuvieron la infancia, la juventud y la dislexia, una cuestión que conocía de primera mano.
Nacida en Oslo en 1932, Astrid pertenecía a una generación de la familia real que atravesó algunos de los momentos más difíciles de la historia contemporánea del país. Durante la Segunda Guerra Mundial vivió el exilio de la familia real noruega en Estados Unidos tras la ocupación nazi.
Su trayectoria posterior estuvo marcada por una combinación de tradición y cierta ruptura con las convenciones de la realeza. En 1961 contrajo matrimonio con Johan Martin Ferner, un empresario y regatista divorciado, una relación que generó controversia en aquella época. La pareja tuvo cinco hijos y permaneció unida hasta el fallecimiento de Ferner en 2015.
Aunque dejó de desempeñar determinadas funciones dinásticas tras su matrimonio, Astrid nunca desapareció por completo de la vida pública. Su presencia continuó vinculada a la Casa Real y, especialmente, a aquellas actividades en las que podía ejercer una función representativa o social.
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El final de una generación de la familia real
La muerte de Astrid tiene además una dimensión simbólica. Con ella desaparece una de las últimas grandes figuras de la generación de los hijos del rey Olav V y la princesa Märtha. Su hermano Harald fue despedido esta misma semana, mientras que su hermana Ragnhild falleció en 2012.
Haakon VIII afronta así sus primeras semanas en el trono en medio de un doble duelo familiar. La monarquía noruega acaba de iniciar una nueva etapa, pero lo hace después de perder en apenas dos semanas a dos de sus figuras más representativas.
Astrid será recordada por su larga relación con la institución, por su cercanía a varias generaciones de la familia real y por haber desempeñado durante décadas un papel discreto, pero constante, al servicio de Noruega. Su última aparición, acompañando a Harald en su despedida, adquiere ahora un significado especialmente emotivo. @mundiario
