Hay partidos que sirven para avanzar en un torneo y otros que sirven para medir cuánto ha cambiado un equipo. La semifinal entre España y Estados Unidos pertenece a la segunda categoría. La selección de Miguel Méndez se encuentra ante una potencia que durante años ha representado una frontera casi infranqueable, pero también ante la oportunidad de comprobar si esta nueva generación está preparada para competir sin complejos contra la referencia absoluta del baloncesto femenino. El resultado decidirá una finalista, pero el significado del encuentro será mucho mayor.
España ha llegado hasta aquí de una manera que obliga a valorar su crecimiento más que su recorrido perfecto. La derrota frente a Mali introdujo dudas y demostró que este grupo todavía está construyendo su personalidad en un gran campeonato. Sin embargo, la respuesta posterior fue contundente: victoria ante Japón para recuperar el rumbo y exhibición frente a Australia en cuartos. El 89-66 ante las australianas no fue simplemente una clasificación; fue la demostración de que el equipo puede elevar considerablemente su nivel cuando el escenario exige máxima concentración.
El reto ahora cambia por completo porque Estados Unidos no concede los mismos márgenes que otros adversarios. Las estadounidenses llegan invictas y han vuelto a demostrar una profundidad de plantilla extraordinaria, con estrellas consolidadas y jóvenes llamadas a dominar el futuro. A’ja Wilson, Breanna Stewart, Chelsea Gray y Kelsey Plum aportan experiencia y jerarquía, mientras que Caitlin Clark, Paige Bueckers o Angel Reese representan la renovación de un equipo que parece tener una fuente inagotable de talento. Incluso cuando una pieza falla, aparece otra capaz de modificar el partido.
La diferencia histórica tampoco puede ignorarse. Estados Unidos ha construido una hegemonía que se prolonga desde hace décadas y que va mucho más allá de los Mundiales. Su dominio olímpico desde 1996 convirtió al país en la referencia indiscutible del baloncesto femenino internacional. España, en cambio, ha tenido que abrirse paso hasta convertirse en una de las selecciones más respetadas de Europa y del mundo. Precisamente por eso esta semifinal resulta tan interesante: no enfrenta simplemente a la mejor selección contra una aspirante, sino a dos modelos de baloncesto que se encuentran en momentos diferentes de su evolución.
La memoria también juega su propio partido. España sabe lo que significa encontrarse con Estados Unidos en una final mundialista y salir derrotada. Ocurrió en 2014, cuando las estadounidenses se impusieron en Estambul, y volvió a suceder en los Juegos Olímpicos de Río 2016. Alba Torrens, todavía presente en la plantilla, es el vínculo entre aquella época y esta nueva etapa. Pero convertir esas derrotas en una carga sería un error. La generación actual no tiene que vengar a la anterior; tiene que demostrar que ha aprendido de ella.
Una generación nueva ante una oportunidad que no estaba escrita
Uno de los elementos más llamativos de esta España es precisamente la falta de experiencia mundialista de buena parte del grupo. Alba Torrens es la excepción más evidente, mientras que jugadoras como Iyana Martín, Awa Fam o Alicia Flórez están descubriendo en Berlín un escenario que hasta ahora pertenecía a otras generaciones. Esa juventud puede generar incertidumbre, pero también ofrece algo que los equipos veteranos no siempre conservan: hambre y ausencia de miedo ante lo desconocido.
Además, la frontera entre ambos equipos es mucho menos rígida de lo que puede parecer desde fuera. Varias españolas conocen el baloncesto estadounidense desde dentro gracias a su experiencia en la WNBA. Megan Gustafson, Awa Fam, Raquel Carrera, Alicia Flórez y María Conde han tenido contacto directo con una competición en la que conviven muchas de las jugadoras que ahora tendrán enfrente. Esa experiencia permite comprender mejor la velocidad, el físico y las exigencias de las estadounidenses. Ya no existe aquella distancia de conocimiento que podía convertir a Estados Unidos en un rival casi imposible de descifrar.
También hay vínculos personales que hacen todavía más particular el enfrentamiento. Gustafson ha compartido vestuario con algunas de las principales figuras estadounidenses, mientras que Maite Cazorla conoce perfectamente el entorno de la selección rival. En declaraciones recogidas por ABC, la base española reconoció incluso su relación con Sabrina Ionescu, una ausencia importante en el equipo estadounidense. Son detalles que revelan hasta qué punto el baloncesto femenino internacional se ha globalizado y cómo las antiguas fronteras entre selecciones se han vuelto mucho más difusas.
España tendrá que convertir ese conocimiento en rendimiento. Frente a Estados Unidos no será suficiente con jugar bien durante determinados minutos. La concentración tendrá que mantenerse durante todo el encuentro porque las estadounidenses tienen capacidad para castigar una pequeña desconexión y convertirla en una diferencia considerable. El objetivo español no debería ser buscar una batalla de talento individual, sino llevar el encuentro hacia un terreno donde la defensa, la circulación del balón, la inteligencia táctica y la capacidad para resistir tengan un peso mayor.
Y ahí puede encontrarse la verdadera oportunidad española. Estados Unidos está acostumbrado a ganar desde la superioridad física y técnica, pero ningún equipo está completamente protegido contra un rival que consigue alterar su ritmo. España necesita hacer que el partido sea incómodo, reducir las posesiones fáciles y obligar a las estadounidenses a tomar decisiones bajo presión. Si consigue mantener el marcador cerca durante el tramo decisivo, la responsabilidad comenzará a cambiar de lado. El gigante también puede sentir vértigo cuando descubre que el rival no se ha rendido.
Por eso la semifinal no debería plantearse desde el tradicional «qué difícil será ganar a Estados Unidos», sino desde una pregunta mucho más ambiciosa: ¿qué puede hacer España para obligar a Estados Unidos a jugar al límite? Esa transformación mental es fundamental. La selección española ya ha demostrado que pertenece a la élite; ahora tiene que actuar como una selección que cree realmente que puede derrotar a cualquiera. El salto definitivo no siempre consiste en tener mejores jugadoras, sino en dejar de considerar imposible aquello que durante años parecía reservado a otros.
Una victoria abriría una puerta histórica hacia la final y convertiría a esta generación en protagonista de una nueva etapa del baloncesto español. Pero incluso si Estados Unidos vuelve a imponerse, este equipo habrá obtenido una información decisiva sobre su propio nivel. La reconstrucción ya no sería una promesa, sino una realidad competitiva. España estaría comprobando que puede llegar a las últimas rondas con un grupo renovado, algo fundamental para mantener su posición entre las grandes potencias durante los próximos años.
En realidad, el mayor desafío para España no consiste únicamente en eliminar a Estados Unidos. Consiste en cambiar la relación mental con un rival que durante demasiado tiempo ha parecido invulnerable. Las estadounidenses llegan como favoritas, pero España llega con algo que no tenía hace una década: una generación nueva que conoce el escenario, jugadoras habituadas a competir al máximo nivel y la convicción de que el resultado no está escrito antes de empezar. El muro sigue siendo enorme, pero por primera vez en mucho tiempo España no tiene que preguntarse si puede acercarse a él: tiene la oportunidad de intentar derribarlo. @mundiario
