El regreso de Elon Musk: Trump le encarga el Pentágono para diseñar la guerra del futuro

El Pentágono ha decidido que el futuro de la guerra no puede quedar únicamente en manos de los militares. Esa es la lógica que explica el regreso de Elon Musk al Gobierno estadounidense como uno de los tres copresidentes del Proyecto Meridian, una iniciativa impulsada por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, para estudiar cómo cambiarán los conflictos y qué capacidades deberá desarrollar Estados Unidos para afrontarlos.

Musk compartirá la dirección del proyecto con Palmer Luckey, fundador de Anduril Industries, una de las empresas emergentes más importantes de la industria militar estadounidense, y con Newt Gingrich, antiguo presidente de la Cámara de Representantes. El grupo estará supervisado por Emil Michael, responsable de tecnología del Departamento de Defensa, y contará también con expertos del sector tecnológico, académico y de políticas públicas.

El encargo tiene un plazo muy concreto: 120 días. El objetivo no es dirigir operaciones militares ni asumir el mando de unidades, sino identificar las tecnologías, escenarios y capacidades que el Pentágono debería desarrollar, probar y desplegar. El resultado será un informe público acompañado de un anexo clasificado. El Departamento de Defensa sitúa el análisis en ámbitos como la inteligencia artificial, los sistemas autónomos, la robótica, la energía dirigida y la biotecnología, además de nuevos espacios operativos que van desde el subsuelo hasta el entorno lunar.

Musk no será el jefe del nuevo mando de guerra autónoma. Su función dentro de Meridian será pensar hacia dónde debería dirigirse la transformación tecnológica de las Fuerzas Armadas. El mando que realmente tendrá responsabilidades militares será otra estructura, bautizada como Autonomous Warfare Command, o AutoWarCom, que estará dirigida por un general de cuatro estrellas y contará con autoridades propias sobre personal, presupuesto y adquisición.

La creación de AutoWarCom representa quizá el cambio organizativo más relevante del anuncio de Hegseth. El Pentágono pretende que la autonomía deje de estar repartida entre programas aislados de las distintas ramas militares y pase a contar con una estructura conjunta capaz de acelerar el desarrollo y despliegue de sistemas robóticos y autónomos.

El objetivo incluye drones aéreos, vehículos terrestres no tripulados, sistemas navales autónomos, inteligencia artificial y herramientas de mando y control. La intención es integrar esas capacidades con las fuerzas tradicionales, no sustituirlas de inmediato. El modelo que emerge es el de equipos mixtos en los que aviones tripulados, soldados, barcos y vehículos convencionales trabajan junto a grandes cantidades de plataformas no tripuladas.

El Pentágono pretende además modificar la velocidad con la que compra tecnología. Una de las lecciones extraídas de Ucrania es que una plataforma sofisticada puede perder parte de su valor si tarda años en desarrollarse y cuesta demasiado producirla. La proliferación de drones relativamente baratos ha demostrado la utilidad militar de disponer de grandes cantidades de sistemas capaces de ser reemplazados, actualizados o modificados rápidamente.

La inteligencia artificial añade otra dimensión. Un sistema autónomo puede procesar información procedente de sensores, identificar determinados patrones y realizar tareas con menor intervención humana. Eso puede reducir los tiempos de respuesta y permitir operaciones en entornos donde las comunicaciones sean interrumpidas o estén sometidas a guerra electrónica.

Ahí aparece una de las grandes cuestiones de la nueva doctrina: qué decisiones seguirán correspondiendo a seres humanos y cuáles podrán delegarse en máquinas. El concepto de autonomía no significa necesariamente que una máquina decida por sí misma cuándo iniciar un ataque. Puede abarcar desde navegación automática o reconocimiento de objetivos hasta sistemas capaces de ejecutar determinadas funciones sin comunicación permanente con un operador.

La propia evolución tecnológica obliga, por tanto, a definir dónde se sitúa el límite entre automatización y decisión militar. Cuanto mayor sea la velocidad de combate, menor será el tiempo disponible para que un operador humano intervenga. Ese problema afecta especialmente a los sistemas que operan en enjambres o en escenarios donde las decisiones deben tomarse en segundos.

La experiencia estadounidense ya apunta en esa dirección. El Departamento de Defensa ha experimentado con sistemas autónomos en diferentes dominios y en 2026 ha acelerado programas destinados a llevar tecnologías comerciales al campo de batalla. La creación de AutoWarCom pretende convertir esa tendencia en una estructura permanente.

El Proyecto Agincourt será una pieza del proceso de construcción de ese nuevo mando. Su finalidad es preparar el terreno para que AutoWarCom pueda alcanzar capacidad operativa y acelerar una nueva fórmula de adquisición en la que militares, ingenieros y empresas trabajen conjuntamente para diseñar, probar y modificar sistemas con mayor rapidez.

La conexión entre ambas iniciativas resulta reveladora: Meridian intenta determinar qué guerra viene; Agincourt y AutoWarCom pretenden construir las herramientas y la organización necesarias para combatirla.

El regreso de Musk introduce, sin embargo, una cuestión sensible. Sus empresas ya forman parte de la industria de defensa estadounidense. SpaceX ha recibido en 2026 contratos del Gobierno por miles de millones de dólares, incluidos acuerdos con la Fuerza Espacial para lanzamientos y sistemas vinculados a las comunicaciones y vigilancia. Su compañía de inteligencia artificial, xAI, también ha alcanzado acuerdos para que Grok pueda utilizarse en sistemas militares clasificados.

El caso de Luckey plantea una cuestión similar. Anduril recibió en marzo de 2026 un contrato marco del Ejército estadounidense con un valor potencial de hasta 20.000 millones de dólares durante diez años, destinado a facilitar la adquisición de su software, hardware, infraestructura y servicios. La compañía también participa en programas de aeronaves de combate no tripuladas y sistemas antidrones.

Esto no demuestra por sí mismo que exista un conflicto de intereses, pero explica por qué la composición de Meridian genera preguntas. Dos de sus tres copresidentes proceden de empresas que pueden beneficiarse comercialmente del tipo de tecnologías que el proyecto debe identificar como prioritarias. La cuestión será, por tanto, qué mecanismos de transparencia, recusación y separación entre asesoramiento y contratación acompañarán al proyecto.

También existe una cuestión de experiencia. Hegseth ha defendido precisamente que el futuro de la guerra no puede ser pensado exclusivamente por las estructuras militares tradicionales y que resulta necesario incorporar a científicos, empresarios e innovadores. Desde esa perspectiva, la presencia de Musk y Luckey responde a una estrategia deliberada: llevar al Pentágono conocimientos procedentes de industrias que evolucionan mucho más deprisa que la burocracia militar.

Pero esa misma decisión cambia la naturaleza del debate. Ya no se trata solamente de qué armas quiere comprar el Ejército, sino de qué tecnologías considera estratégicas el Gobierno estadounidense y qué empresas están mejor posicionadas para desarrollarlas.

La dimensión geopolítica tampoco es secundaria. Washington considera que China es su principal competidor tecnológico y militar a largo plazo. La inteligencia artificial, los drones, la robótica, las comunicaciones espaciales y la capacidad de producir sistemas a gran escala forman parte de esa competición. El nuevo modelo pretende combinar armas de alta tecnología con sistemas más baratos y numerosos, evitando que el coste de cada plataforma limite la capacidad de mantener una guerra prolongada.

En ese escenario, Musk aporta experiencia en lanzamientos espaciales, satélites, comunicaciones, inteligencia artificial y automatización; Luckey representa directamente la nueva industria de defensa basada en software, sensores y sistemas autónomos; y Gingrich incorpora una perspectiva política y estratégica desarrollada durante décadas.

El resultado del Proyecto Meridian se conocerá en un plazo mucho más corto que el horizonte temporal que pretende estudiar. En 120 días tendrá que ofrecer recomendaciones sobre tecnologías que podrían definir conflictos de 2030, 2050 e incluso más allá. Mientras tanto, AutoWarCom tiene previsto convertirse en una estructura militar permanente durante el próximo año.

La diferencia entre ambas iniciativas resume la transformación que está intentando impulsar el Pentágono: Musk ayudará a imaginar la guerra que viene, mientras el nuevo mando autónomo tendrá que convertir esa visión tecnológica en capacidades militares concretas. La cuestión decisiva será cómo se traduzcan esas recomendaciones en programas, presupuestos, sistemas de armas y reglas de empleo una vez que abandonen el papel y entren en la cadena de mando. @mundiario