Cucurella se votaría a sí mismo: la sinceridad que rompe el guion del Balón de Oro

Marc Cucurella volvió a demostrar que en el fútbol moderno también hay espacio para decir lo que muchos piensan y pocos pronuncian delante de un micrófono. “Si pudiera votar al Balón de Oro me votaría a mí mismo”, respondió el internacional español cuando le preguntaron por el premio. La frase, pronunciada con evidente tono de humor, puede parecer una simple ocurrencia, pero encierra algo más interesante: la vieja obligación de fingir modestia empieza a convivir con una generación de futbolistas mucho más cómoda reivindicando públicamente su propio valor. En una época de campañas, redes sociales y exposición permanente, reconocerse como candidato ya no parece incompatible con el respeto hacia los demás.

Cucurella, además, no habla desde una posición ajena al debate. Es uno de los nombres incluidos entre los candidatos al Balón de Oro y atraviesa un momento particular de su carrera después de incorporarse al Real Madrid. Su situación mezcla dos escenarios: el reconocimiento individual alcanzado con la selección española y el proceso de adaptación a un nuevo club, donde él mismo reconoce que todavía queda camino por recorrer. En la selección, en cambio, forma parte de un grupo que lleva años trabajando con una idea futbolística consolidada y donde su rendimiento ha encontrado continuidad.

La respuesta sobre el voto también tiene una segunda lectura. Cucurella sabe que los principales candidatos son compañeros y que cualquier declaración puede terminar convertida en titular. Por eso inmediatamente rebaja la tensión con una broma: si gana cualquiera de ellos, espera recibir algún “regalito” por ser compañeros. El mensaje no parece plantear una campaña individual contra nadie, sino aprovechar el ambiente que rodea al premio para reivindicarse sin solemnidad. Es una forma muy contemporánea de gestionar la presión: decir lo que se piensa, pero envolverlo en humor antes de que el debate se convierta en una batalla.

El Balón de Oro ya no se juega solamente en el campo

La transformación del premio es evidente. El Balón de Oro continúa teniendo como base el rendimiento deportivo, pero alrededor de él se ha construido una conversación global que incluye redes sociales, entrevistas, campañas institucionales, medios de comunicación e identidad de los clubes y las selecciones. Los futbolistas ya no esperan necesariamente a que otros expliquen sus méritos. También participan en la construcción de su propio relato. Esa evolución ha cambiado la relación entre deportista y público.

Cucurella representa bien esa nueva cultura porque su personaje futbolístico no se limita al rendimiento. Su imagen, su personalidad y su aspecto se han convertido también en elementos reconocibles. Él mismo admite que cree que su apariencia puede contribuir a que caiga bien entre los aficionados. En un deporte donde la identidad personal tiene cada vez mayor valor comercial y mediático, ser reconocible puede convertirse en una ventaja tan importante como una buena temporada.

Según AS, Cucurella explicó que espera que “gane quien gane” entre los candidatos y bromeó con que algo le llegará por su relación con ellos. La declaración muestra que el jugador entiende el premio desde una doble perspectiva: como reconocimiento deportivo y como acontecimiento social dentro de un vestuario lleno de aspirantes. No necesita construir una rivalidad para defender su candidatura. Puede bromear, reivindicarse y continuar hablando del grupo.

Esa naturalidad contrasta con la imagen clásica del futbolista que debía responder siempre que el Balón de Oro era “un premio colectivo” y que cualquier compañero lo merecía más. Aquella fórmula tenía una función evidente: evitar conflictos. Pero el fútbol ha cambiado. Las redes sociales han convertido cada entrevista en contenido y cada frase en una posible pieza viral. En ese contexto, la espontaneidad puede tener más impacto que una respuesta cuidadosamente diplomática.

La cuestión de fondo es si esta nueva sinceridad mejora o empeora la conversación alrededor de los premios individuales. No existe una respuesta única. La reivindicación personal puede interpretarse como confianza, personalidad o simplemente sentido del humor; también puede generar críticas cuando se percibe como exceso de protagonismo. Lo relevante es que el fútbol ha dejado de exigir a sus estrellas una única forma de comportarse. Hoy conviven el perfil reservado, el jugador que hace campaña y el que, como Cucurella, convierte la reivindicación en una broma.

El caso resulta todavía más interesante porque el lateral vive un contraste entre clubes y selección. En Madrid reconoce que el inicio no ha sido exactamente el esperado y que el equipo atraviesa un proceso después de comenzar una nueva etapa con entrenador. Con España, en cambio, existe una estructura consolidada que lleva años trabajando junta. Esa diferencia demuestra que el rendimiento individual no depende únicamente del talento de un jugador: también está condicionado por el contexto, la estabilidad y la manera en la que un equipo utiliza sus características.

Para Cucurella, además, la llegada al Real Madrid representa la culminación de un recorrido que empezó lejos de los focos más grandes. Su carrera pasó por etapas de formación, cesiones y crecimiento progresivo antes de alcanzar el máximo nivel. Esa trayectoria ayuda a entender su personalidad competitiva. Cuando un futbolista ha tenido que ganarse cada escalón, la confianza en sí mismo puede ser menos una cuestión de arrogancia que una consecuencia natural de todo lo que ha tenido que superar.

Por eso aquella frase sobre votarse a sí mismo tiene una importancia mayor de la que parece. No significa que Cucurella considere que los demás candidatos carezcan de méritos. De hecho, inmediatamente reconoce que todos son compañeros y deja la decisión en manos de quienes tienen derecho a votar. Lo que hace es introducir una idea cada vez más común en el deporte profesional: un atleta de élite puede reconocer su propio valor sin necesidad de pedir perdón por hacerlo.

El Balón de Oro seguirá siendo un premio individual en un deporte colectivo, y esa contradicción explica buena parte de su atractivo. Un futbolista puede ser determinante dentro de un equipo, pero después necesita ser comparado individualmente con jugadores de posiciones, estilos y contextos completamente diferentes. En esa discusión, las estadísticas importan, los títulos importan, el impacto sobre el juego importa y también pesa la percepción de quienes votan. Cucurella acaba de añadir su propia voz a esa conversación.

Y quizá ahí reside la verdadera historia detrás de la frase. El fútbol actual ya no quiere únicamente jugadores capaces de rendir durante 90 minutos; también produce figuras capaces de gestionar su imagen, conectar con el público y participar en la conversación que existe alrededor de ellos. Cucurella lo hace desde el humor y sin convertir su candidatura en una guerra. Puede gustar más o menos su respuesta, pero refleja un cambio cultural evidente: en el deporte de la exposición permanente, decir “yo también me elegiría” ya no es necesariamente una provocación. A veces es simplemente la manera más directAceptara de reconocer el trabajo propio. @mundiario