Las elecciones parlamentarias israelíes del 27 de octubre de 2026 llegan en un momento crítico para Benjamin Netanyahu. Tras años de polarización política, conflictos regionales y cuestionamientos por la gestión de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, el primer ministro afronta unos comicios en los que su continuidad ya no parece garantizada. Los sondeos citados en las informaciones sitúan al Likud, su partido, muy por debajo de los 32 escaños que obtuvo en las elecciones anteriores.
Las encuestas le atribuyen entre 18 y 21 diputados en un Parlamento de 120 miembros; aunque esa cifra no implica por sí misma una derrota definitiva, sí dificulta que Netanyahu pueda reconstruir la mayoría con los partidos nacionalistas religiosos y ultraortodoxos que han sostenido su Gobierno. Por su parte, la oposición llega con opciones de convertirse en el bloque más numeroso, pero tampoco tiene asegurado el control de la Knéset. De hecho, las proyecciones actuales apuntan a unos 56 escaños para los partidos judíos contrarios al primer ministro, una cifra que resulta insuficiente para alcanzar por sí sola la mayoría absoluta de 61 diputados.
El resultado podría abrir una nueva etapa política, pero también prolongar la inestabilidad. Israel se enfrenta así a una paradoja: el desgaste de Netanyahu no se traduce automáticamente en una alternativa gubernamental viable. La disputa electoral gira tanto en torno a quién gana votos como a quién consigue reunir una coalición capaz de mantenerse en el poder.
El ascenso político del teniente general retirado Gadi Eisenkot, exjefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) y fundador del partido centrista Yashar! (¡Recto!), se ha consolidado como el principal desafío electoral para el primer ministro Netanyahu. Las encuestas finales publicadas por las principales cadenas televisivas previas a los comicios sitúan a la formación de Eisenkot como primera fuerza política con una proyección de entre 22 y 23 escaños, superando estrechamente al partido gobernante.
Su perfil de estratega militar de pocas palabras y su agenda basada en la seguridad —que incluye un compromiso público de acabar con el gobierno de Hamás en Gaza en un plazo de 18 meses, exigir el alistamiento obligatorio para los ultraortodoxos y crear una comisión independiente que investigue los fallos del 7 de octubre— busca atraer a un electorado centroderechista desencantado con Netanyahu que exige un cambio de rumbo institucional sin suavizar la postura firme frente a las amenazas regionales de Irán, Hezbolá y Hamás. La cuestión sobre los ultraortodoxos tiene una importancia especial: el reparto de las obligaciones militares se ha convertido en uno de los conflictos internos más sensibles de Israel.
La muerte de su hijo en Gaza ha transformado por completo el discurso político de Eisenkot. Su pérdida personal no suavizó su postura militar, pero sí reconfiguró de raíz su enfoque sobre la gestión del conflicto, su relación con los palestinos y su devastadora crítica hacia el Gobierno actual. La propuesta pretende unir a sectores que discrepan en asuntos económicos, sociales y religiosos, pero coinciden en su oposición a Netanyahu. Sin embargo, esa amplitud ideológica también puede convertirse en una debilidad cuando llegue el momento de negociar un programa común.
Gadi Eisenkot ha declarado abiertamente que su hijo y otros soldados murieron debido a la «cobardía política» y a la indecisión del Gobierno, acusando directamente al primer ministro de prolongar decisiones críticas por supervivencia política y de ceder ante los ministros extremistas Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich. En su discurso posguerra, enfatiza que la máxima obligación moral de Israel era rescatar a los rehenes vivos mediante acuerdos de alto el fuego; sostiene, además, que el Ejecutivo actual postergó estos pactos por perseguir «milagros irreales» u objetivos mesiánicos. Por otra parte, se opone tajantemente a los sectores de la coalición gobernante que buscan restablecer los asentamientos judíos en la Franja de Gaza.
El bloque opositor agrupa a la derecha tradicional, el centro y la izquierda sionista. Entre sus componentes destacan Beyajad, la alianza vinculada a los ex primeros ministros Naftali Bennett y Yair Lapid; Los Demócratas, que reúne al laborismo y a Meretz; e Israel Beitenu, la formación nacionalista de Avigdor Lieberman. Sus intereses no son idénticos, especialmente en materia de religión, política exterior y relación con los partidos árabes.
La capacidad de Eisenkot para mantener unida esa diversidad será tan importante como el resultado electoral. Derrotar al Likud en las urnas y formar un Gobierno estable son dos desafíos distintos.
El problema de los partidos árabes y una mayoría difícil de construir
La principal dificultad de la oposición es aritmética. Si los partidos judíos contrarios a Netanyahu no alcanzan los 61 escaños, necesitarán el respaldo de otras formaciones. Las dos opciones árabes mencionadas en las encuestas —la Lista Conjunta y Raam— sumarían alrededor de 15 diputados, aunque sus posiciones y prioridades políticas son diferentes.
Su participación podría resultar decisiva para impedir que Netanyahu continúe en el poder; sin embargo, la cooperación con estas formaciones es un asunto especialmente delicado para parte de la oposición, la cual mantiene diferencias profundas sobre la identidad nacional, la seguridad y el conflicto palestino-israelí. Por ejemplo, Israel Beitenu representa una derecha nacionalista refractaria a determinados pactos con partidos árabes. Así, aunque otros sectores opositores podrían llegar a aceptar un apoyo parlamentario externo, esto no significa necesariamente que exista un acuerdo para compartir el Gobierno o aprobar un programa común.
Netanyahu ha utilizado la posibilidad de una alianza entre la izquierda y los partidos árabes para advertir sobre el rumbo que tomaría Israel si pierde las elecciones; en contraposición, la oposición sostiene que la cooperación parlamentaria es una herramienta totalmente legítima para construir una mayoría. En consecuencia, un retroceso del Likud podría desembocar en diversos escenarios: un Gobierno encabezado por Gadi Eisenkot con apoyos heterogéneos, una coalición frágil y dependiente de acuerdos puntuales, o bien un nuevo bloqueo político que obligue a prolongar las negociaciones. En definitiva, aunque la oposición tiene posibilidades reales de desplazar a Netanyahu, todavía debe demostrar que es capaz de gobernar unida.
La recta final electoral se ha visto sacudida por las acusaciones de Avigdor Lieberman, líder de Israel Beitenu, quien ha solicitado a la fiscal general israelí, Gali Baharav-Miara, que abra una investigación penal contra Netanyahu por presunta traición. Lieberman sostiene que el primer ministro ha presionado a responsables de seguridad para adoptar medidas que podrían desencadenar una confrontación militar con Irán antes de las elecciones.
En la carta citada por la radiotelevisión pública KAN, Lieberman afirmó que Netanyahu habría intentado llevar al país hacia una guerra por «temor a perder el poder». También denunció una tensión excepcional entre la dirección política y la cúpula militar y advirtió de que cuestionar la legitimidad de la Comisión Electoral Central podría agravar la crisis interna.
Esta nueva polémica se produce tras difundirse informaciones sobre un supuesto enfrentamiento entre Netanyahu y el jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, en relación con una operación militar no especificada que podría haber provocado una rápida escalada con Irán. Según las versiones publicadas, Zamir habría exigido una discusión más exhaustiva y garantías legales antes de proceder; sin embargo, el Ministerio de Defensa, encabezado por Israel Katz, negó rotundamente la existencia de discrepancias entre el liderazgo político y militar sobre Irán, asegurando además que Israel no tiene intenciones de iniciar un ataque antes de las elecciones. Por su parte, las Fuerzas de Defensa de Israel afirmaron que se mantienen concentradas en sus misiones y calificaron de «engañosas» las interpretaciones que atribuyen declaraciones no confirmadas a sus responsables.
Trump, Irán y el riesgo de una escalada militar
Las informaciones citadas por CNN añaden otra pieza al escenario. Según fuentes estadounidenses e israelíes, Netanyahu habría presionado a Washington para realizar un ataque conjunto contra Irán antes de las elecciones, mientras la Administración de Donald Trump habría pedido aplazar cualquier operación hasta que Estados Unidos estuviera preparado.
De acuerdo con esas fuentes, el Ejército estadounidense tendría opciones de ataque preparadas para una eventual decisión presidencial, aunque disponer de planes militares no significa que se haya tomado la decisión de ejecutarlos. La información también apunta a que Israel habría aceptado esperar, entre otros motivos, por la necesidad de contar con apoyo estadounidense ante posibles represalias iraníes y amenazas de otros actores regionales.
La dimensión militar tiene consecuencias directas para la campaña. Netanyahu ha presentado a Irán como una amenaza existencial y ha defendido una doctrina de seguridad basada en acciones preventivas. También ha advertido de posibles ataques iraníes destinados a alterar las elecciones. El Gobierno sostiene que su prioridad es proteger al país; sus adversarios sospechan que una nueva confrontación podría modificar el debate público y favorecer al primer ministro.
El respaldo de Trump a Netanyahu refuerza esa dimensión internacional. El presidente estadounidense volvió a elogiarlo públicamente y aludió a la necesidad de «terminar el trabajo» iniciado contra Irán. Sin embargo, según las informaciones citadas, Washington no habría dado luz verde a un ataque inmediato antes de los comicios. El desgaste del Gobierno no puede explicarse únicamente por las encuestas o por la amenaza iraní. También intervienen la rendición de cuentas por los fallos del 7 de octubre, el coste de los conflictos, la situación económica y el enfrentamiento sobre las exenciones militares de los ultraortodoxos.
Los datos atribuidos al Instituto de Política del Pueblo Judío muestran que la polarización y la ruptura interna preocupan a una parte importante de la sociedad israelí. Según la evaluación citada, el 55% considera la división interna la principal amenaza para el país, por delante del peligro nuclear iraní y del conflicto israelo-palestino. Además, seis de cada diez encuestados perciben un riesgo real de guerra civil, mientras que el 80% apoya que los ultraortodoxos se incorporen al Ejército.
Israel se aproxima a unos comicios en los que el desgaste de Netanyahu es visible, pero la alternativa sigue incompleta. La posibilidad de un cambio político dependerá no solo de la voluntad de los votantes de cerrar una etapa, sino también de la capacidad de sus adversarios para convertir una mayoría potencial en un Gobierno viable. @mundiario
