Por Héctor E. Contreras.
Salmos 34:12-14.
La paz es sinónimo de descanso, reposo y sacrificio. Cuando descansamos por medio del sueño, el cuerpo se relaja, facilitando la producción de melatonina y serotonina. Estas hormonas contrarrestan los efectos de las hormonas del estrés y nos ayudan a ser más felices y emocionalmente más fuertes. Todo esto según la RAE. Real Academia Española. ¿Por qué la paz es también un sacrificio? Hablando Dios a Moisés le dijo: “Asimismo, cuando alguno ofreciere sacrificio en ofrenda de paz a Jehová para cumplir un voto, o como ofrenda voluntaria, sea de vacas o de ovejas, para que sea aceptada será sin defecto”, Levítico 22:21. Aunque sea una ofrenda para Dios, también se convierte en un sacrificio, tanto de los animales como del oferente, porque se está despojando de algo de lo que tal vez tenga necesidad. La ofrenda es un acto de amor, de entrega y cuando se le ofrece al Señor, debe ser con regocijo, lo que también nos lleva a un paz interior que sólo Dios puede dar.
“Jehová te bendiga, y te guarde, Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz”, Números 6:24-26. Estos versos nos enseñan que Dios hace prosperar a los creyentes que protege contra cualquier daño, implica también que cuando nuestro rostro resplandece por causa de la presencia de nuestro Dios y Señor, es con el propósito de favorecer a quien le adora a él, tratándolo con misericordia. Al alzar su rostro, es similar a lo que se dice en el verso 25, veamos: “Y su ofrenda fue un plato de plata de ciento treinta siclos de peso, y un jarro de plata de setenta siclos, al siclo del santuario, ambos llenos de flor de harina amasada con aceite para ofrenda”. Todo esto trae consigo paz, porque es la provisión de todas las cosas necesarias para el bienestar del ser humano. Fue el mismo Jesucristo, hablando con sus discípulos que les dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo”, Juan 14:27. Esto quiere decir que, el resultado final de la obra del Espíritu Santo en la vida del creyente, es una paz profunda y duradera.
A diferencia de la paz del mundo, cuya definición suele ser ausencia de conflicto, la paz de Dios es una confiada seguridad en cualquier circunstancia. Con la paz de la que habla nuestro Señor y Salvador, no tenemos por qué temer al presente ni al futuro. Si tu vida está cargada de tensión, permite en esta hora que el Espíritu Santo te llene de la paz que Cristo te ofrece en esta hora.
“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”, Juan 16:33. Era ya de noche cuando Jesús dijo estas palabras a sus discípulos. Sus palabras fueron de aliento, invitándoles a que cobrasen ánimo. A pesar de las luchas inevitables que deberían enfrentar, no estarían solos, porque él nunca los abandonaría en sus luchas, tampoco nosotros hoy. Si recordamos la victoria final que se ha logrado, podemos apropiarnos de la paz de Cristo en los tiempos más difíciles.
“Venid, hijos, oídme; El temor de Jehová os enseñaré. ¿Quién es el hombre que desea vida, Que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de engaño. Apártate del mal, y haz el bien; Busca la paz, y síguela”, Salmo 34:11-14. La Biblia a menudo relaciona el temor a Dios con la obediencia. “Teme a Dios, y guarda sus mandamientos”. David nos dice en estos versos que, la persona que teme a Dios no miente, se arrepiente de sus pecados, hace lo bueno y busca la paz. La reverencia es mucho más que sentarse y guardar silencio en el templo. Involucra obedecer a Dios en nuestra forma de hablar y en la manera en que tratamos a los demás.
El autor de la carta a los hebreos escribió lo siguiente: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor”, Hebreos 12:14. en su conflicto con el mundo, se debe buscar la paz, pero nunca a expensas de sacrificar la santidad. Los participantes de estos eventos, conocían el ritual de la limpieza que los preparaba para la adoración, y sabían que debían ser “santos” o “limpios” a fin de poder entrar al templo. El pecado siempre obstaculiza nuestra visión de lo que verdaderamente es Dios para nosotros. Si queremos ver a Dios, debemos obedecer y renunciar al pecado. Vivir en santidad armoniza en paz. Una buena relación con Dios conduce a una buena relación con todas las personas que nos rodean.
Aunque no siempre sentiremos el mismo amor por todos por igual, debemos buscar la paz a medida en que logramos ser más semejantes a Cristo Jesús.
Veamos lo que nos dice David en los siguientes versos: “¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo? El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni jurado con engaño. El recibirá bendición de Jehová, Y justicia del Dios de salvación”, Salmo 24:3-5. ¿Quién? Es la misma pregunta que se hace en el Salmo 15:1 y en Isaías 33:14-17, la cual recibe una variedad de respuestas. Aunque toda persona es criatura de Dios, según el verso 1 de este Salmo, que dice que de Dios es la tierra y su plenitud; el mundo y los que en él habitan. Sin embargo, sólo a algunos se les permite permanecer en su presencia. Cuando David habla de limpios de manos, nos quiere decir que, los que pueden entrar a la presencia de Dios son aquellos que conducen sus asuntos con integridad. La religiosidad carece de significado sin consagración espiritual y una conducta ética delante de él.
“Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación”, Efesios 2:13-14. Estas son palabras gloriosas centradas en torno a las cuales la vida se mueve de muerte a vida, de pecado a salvación y de esperanza a gozo eterno. La esencia de la paz es dual, lo mismo el cese de la separación que de la lucha. La paz significa “estar unidos con”, y también “poner fin a la hostilidad”.
El sacrificio de Cristo en la cruz, abarca a los gentiles, quienes antes del nuevo pacto estaban excluidos de la nación de Israel, y se les consideraba ajenos a las promesas del pacto de Dios. No había esperanza para nosotros en esta vida, ni tampoco podíamos reconocer la presencia de Dios en el mundo. La sangre del sacrificio del pacto de Cristo unió a los gentiles creyentes, quienes estábamos alejados de Dios, junto con los judíos, en el nuevo pacto. El pueblo gentil fue incorporado para que gozara de la promesa por medio del nuevo pacto, e incluido como heredero, junto a los patriarcas, de todas las promesas de Dios. Dios es bueno y para siempre es su misericordia. Que la gracia de Dios esté en cada vida, en cada corazón; en cada vida.




