Además de asistir a la apertura de los Juegos, donde aplaudieron el discurso de paz y concordia que representa el movimiento olímpico, Putin y Xi firmaron una declaración abogando por un nuevo orden mundial distinto al que encarnan las democracias de Occidente. Con críticas a la OTAN, apoyo mutuo en sus reivindicaciones y un jugoso contrato de gas, los dos líderes más autoritarios del planeta estrechaban su alianza en medio de la tensión por Ucrania, la represión de Pekín en Xinjiang y Hong Kong y sus amenazas sobre Taiwán.
La invasión de Ucrania, que China elude condenar e incluso definir como tal, es una advertencia para esta isla independiente de facto, pero reclamada por el régimen del Partido Comunista desde el final de la guerra civil hace siete décadas. Animados por la osadía de Putin, los nacionalistas chinos más recalcitrantes y antioccidentales ya se frotan las manos en las redes sociales anunciando que la próxima en caer será Taiwán.
A la vista de la ‘Entente Cordiale’ entre Rusia y China, ¿se atreverá Xi Jinping a lanzar una ofensiva para conquistar la isla como ha hecho ahora Putin en Ucrania y, en 2014, en Crimea? Con el frente que tienen abierto las potencias occidentales en Europa del Este, puede parecer el momento perfecto. Pero la realidad es mucho más compleja, sobre todo en China.
Pros y contras
A pesar de su ‘Nueva Guerra Fría’ con Estados Unidos y sus enfrentamientos con la Unión Europea, la prioridad del pragmático régimen de Pekín es seguir manteniendo el crecimiento y esta guerra dañará aún más a la economía mundial, muy mermada ya por la pandemia del coronavirus. Aunque China es aliado de Rusia, también tiene vastos intereses comerciales en Ucrania, que es una de las puertas de entrada a Europa de su Nueva Ruta de la Seda. Con unos intercambios económicos que ya superan los 10.000 millones de dólares (unos 9.000 millones de euros), China reemplazó hace dos años a Rusia como el principal socio comercial de Ucrania.
Además, Xi Jinping tiene en otoño el XX Congreso del Partido Comunista, en el que está previsto que se perpetúe en el poder, y lo último que quiere ahora es un foco de inestabilidad global que provoque tensiones en su país. Y, paradójicamente, el reconocimiento de Putin de las regiones separatistas y prorrusas del este de Ucrania, que ha desencadenado esta guerra, choca con la postura sobre Taiwán de Pekín, que exige el reconocimiento de ‘una sola China’ e incluso dispone de una ley antisecesión que le autoriza el uso de la fuera militar si la isla declara formalmente su independencia. Claro que el régimen también podría usar el mismo argumento de seguridad que esgrime Rusia o incluso decir que Taiwán es el ‘Donbass chino’, como ya ha sugerido su propaganda.

