Por: Héctor E. Contreras.
Hechos 1:8.
Con un simple chasquido de los dedos viene la fricción, salta la chispa de un fósforo y se enciende la paja. Una llama insignificante quema los bordes y, de repente crece, alimentada por la madera y el aire. Arde rápidamente y cubre todo con lenguas de fuego rojo naranja, repartidas por todo lado. Se esparce a lo ancho y alto, consumiendo la madera. La llama se convirtió en fuego. Hace alrededor de dos mil años se encendió un fósforo en Palestina. Al principio, pocos en ese rincón del mundo sintieron el toque hasta encenderse, sin embargo, el fuego se extendió más allá de Jerusalén y Judea, al mundo y a toda la gente. El libro de Hechos provee una descripción de un testigo ocular de la llama de fuego: El nacimiento y la expansión de la Iglesia de Jesucristo el Señor.
“Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, pasaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, no hablando a nadie la palabra, sino sólo a los judíos. Pero había entre ellos unos varones de Chipre y de Cirene, los cuales, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los griegos, anunciando el evangelio del Señor Jesús. Y la mano del Señor estaba con ellos, y gran número creyó y se convirtió al Señor”, Hechos 11:19-21. Cuando la Iglesia aceptó el testimonio de Pedro, Hechos 10:34, cuando dijo: “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas”. Con estas palabras, el apóstol daba a entender que el Evangelio de Jesucristo era también para los gentiles. El cristianismo corrió en áreas gentiles y un gran número se convirtió. Las llamas de fuego se expandieron por medio de las semillas regadas, después de la muerte de Esteban cuando persiguieron y dispersaron a muchos judíos creyentes, los cuales una vez establecidos difundieron el Evangelio del Reino de Dios.
Fue en Antioquía donde los creyentes comenzaron su misión mundial y donde los creyentes agresivamente predicaron a los gentiles, es decir, a los que no eran judíos que no adoraban a Dios. Felipe predicó en Samaria, pero los samaritanos eran en parre judíos, Hechos 8:5.
Pedro predicó a Cornelio, pero éste ya rendía adoración a Dios, Hechos 10:2. Los creyentes esparcidos al inicio de la persecución en Jerusalén, difundían el evangelio entre los judíos en los lugares a los que llegaban, Hechos 11:19. Fue después de esto que los creyentes empezaron a anunciar activamente las buenas nuevas a los gentiles.
“Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”, Hechos 1:7-8. En estos versos, Jesús mismo relata lo que Él mismo había trazado como el plan maestro, en sus últimas palabras registradas en la tierra. “Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Todo dio inicio en Jerusalén, en aquel famoso día del Pentecostés, cuando hablando con sus discípulos les dijo: “Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí”, Hechos 1:4. La narrativa del libro de los Hechos de los apóstoles, se asemeja a una novela que va saltando de una tumultuosa escena a otra. Allí, donde aparecen los apóstoles se agita la acción, se desatan inquietudes entre la gente y la pequeña iglesia comienza a echar raíces. En una época en que las nuevas religiones se diseminaban rápidamente, la fe cristiana se convirtió en un fenómeno mundial.
El poder del Espíritu Santo, en aquel glorioso día, cuando descendió como rayos de fuego estando los apóstoles y todos los que les acompañaban, pronto se convirtió en la llama expandida que anunció Jesús antes de su partida, cuando hablaba con sus discípulos: “Recibiréis poder”. Es el poder que tú necesitas en este tiempo, porque este poder te puede transformar en una persona diferente, llena de ese poder glorioso que sólo lo da Dios por medio de su Espíritu.
Cuando Jesús les dijo a los apóstoles estas palabras: “No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones que el Padre puso en su sola potestad”, Hechos 1:7, nos da a entender que, ellos, como otros judíos, vivían disgustados al verse sometidos al Imperio Romano. Ellos querían que Jesús liberara a Israel del poder de Roma y que luego llegara a ser Rey.
Jesús explicó que Dios el Padre establece el tiempo en que deben ocurrir los hechos a nivel personal, nacional o mundial. Si tú quieres cambios y ves que Dios no los hace de inmediato, entonces no te impacientes, confía en el tiempo de Dios, el cual es el mejor. Debo citar a un hermano muy querido, el cual tiene un lema muy importante en cuanto a Dios y el tiempo, y es el siguiente: “Jehová nunca llega taide”. Taide, en su lenguaje cibaeño, lo cual es muy cierto. Dios llega en el mejor momento de nuestras vidas.
El verso 8, nos da a entender que el poder del Espíritu Santo no lo limita la energía ordinaria, involucra valor, entrega, confianza, conocimiento, habilidad y autoridad. Los discípulos necesitarían de todo esto para cumplir con su misión. Si tú crees en Jesucristo, puedes experimentar el poder del Espíritu Santo en tu vida. Jesucristo prometió a los apóstoles que recibirían el poder para ser testigos, después que recibieran el Espíritu Santo. Notemos el proceso: 1-) Recibieron el Espíritu Santo; 2–) Les dio poder; y 3–) Fueron testigos con resultados extraordinarios. Nosotros a menudo tratamos de invertir el orden y testificamos dependiendo de nuestro propio poder y autoridad. Testificar no es mostrar lo que podemos hacer por Dios, sino mostrar y decir lo que Dios ha hecho en nosotros.
También el verso 8 nos enseña que, el Evangelio se esparce, geográficamente, desde Jerusalén hasta Judea y Samaria, y por último se ofrecería a los gentiles en otras partes de la tierra. El Evangelio de Jesucristo no ha llegado a su destino final si alguien en nuestra familia, en el lugar de trabajo, colegio, escuela o comunidad no ha escuchado acerca de Jesucristo. Te invito a ti, que ahora lees estas líneas, que trates por todos los medios de recibir a Cristo y el fuego de su Espíritu Santo, para que te conviertas en un verdadero testigo del poder glorioso de Dios en Cristo Jesús.
La llama que se inició con alrededor de 120 personas en el Aposento Alto aquel memorable día del Pentecostés, después de haberse extendido por todo el mundo, cuenta con cerca de 2,400 a 2,500 millones de creyentes. Tú puedes ser una antorcha que sale de ese fuego y convertirte en un atalaya del Reino de Dios para que otros puedan alcanzar ese fuego. El fuego de Dios. Bendiciones abundantes para cada persona que lee estas líneas. Es mi deseo y creo que también el de Dios.



