La encrucijada sobre el futuro de la Franja de Gaza ha dejado de ser un debate marginal en Israel para convertirse en el eje de su agenda política interna de cara a las próximas elecciones. La disyuntiva formal entre una retirada militar bajo supervisión internacional o la ocupación permanente parece haberse roto definitivamente hacia la segunda opción tras las últimas declaraciones y planes coordinados del ejecutivo de Benjamín Netanyahu.
El ministro de Defensa, Israel Katz, afirmó rotundamente que las tropas «nunca se retirarán por completo» y que el ejército ya prepara la infraestructura logística para facilitar una migración forzada por aire y mar. En sintonía, el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, acaba de presentar oficialmente su plan de campaña «Desconexión 710», un programa presupuestado que busca el desalojo y reubicación en el extranjero de 250.000 palestinos en el primer año y del resto de los dos millones de habitantes de Gaza en un plazo de siete años.
Ambas posturas, respaldadas por el ala ultraortodoxa y sionista del gabinete, confirman que la estrategia oficial israelí avanza activamente hacia la permanencia militar indefinida y el vaciamiento total de la población palestina en el enclave. Katz ha afirmado que no existe una solución real para Gaza sin la salida de un número considerable de palestinos y que Israel está preparado para facilitarla “por mar, por aire, por cualquier medio posible”.
Ben-Gvir, por su parte, ha presentado un documento mucho más concreto: su plan “Desconexión 710” pretende promover la salida de 1,86 millones de palestinos en siete años. La diferencia entre ambos planteamientos es de grado, no necesariamente de dirección. Katz habla de una política que permanece “congelada” a la espera del momento adecuado y del respaldo estadounidense. Ben-Gvir pretende convertirla en un programa gubernamental permanente.
El documento presentado por Ben-Gvir propone crear una estructura administrativa específica para gestionar las salidas, establecer acuerdos con países receptores, organizar rutas migratorias y proporcionar ayudas económicas a quienes abandonen Gaza. Su calendario contempla 250.000 salidas durante el primer año, 1,11 millones en tres años y 1,86 millones al cabo de siete. El ministro utiliza deliberadamente el término “emigración voluntaria”.
El problema está precisamente en determinar qué significa voluntaria cuando la alternativa es permanecer en un territorio devastado por la guerra, con enormes dificultades para acceder a vivienda, alimentos, servicios sanitarios y seguridad. No basta jurídicamente con colocar la palabra “voluntario” delante de una política de desplazamiento. El artículo 49 de la IV Convención de Ginebra prohíbe las transferencias forzosas individuales o masivas y las deportaciones desde territorio ocupado, con excepciones muy limitadas relacionadas con evacuaciones temporales por razones de seguridad o militares.
El Estatuto de Roma del Tribunal Penal Internacional también define como crimen contra la humanidad la deportación o transferencia forzosa de población cuando forma parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil.
Katz espera a Estados Unidos
Katz ha reconocido que el proyecto no puede ejecutarse como Israel pretende sin el respaldo estadounidense. El ministro sostiene que Donald Trump puso anteriormente la cuestión sobre la mesa y que la idea no ha sido cancelada, sino simplemente congelada. También admite el principal obstáculo práctico: no existen países dispuestos a recibir a los cientos de miles o millones de palestinos que necesitaría el proyecto.
Ahí reside buena parte de la contradicción. Israel puede preparar oficinas, expedientes, rutas, financiación e incluso infraestructuras de salida, pero no puede decidir unilateralmente dónde se instalarían casi dos millones de personas. Trump ya había planteado en 2025 una idea de reconstrucción de Gaza que incluía la salida de su población. Sin embargo, el acuerdo de paz posteriormente promovido por su Administración con los países de Oriente Próximo estableció expresamente una condición diferente: “Nadie será forzado a abandonar Gaza”, y quienes quisieran marcharse deberían conservar la libertad de regresar.
Ese compromiso coloca a Trump ante una disyuntiva política considerable. Dar luz verde al proyecto defendido por Katz y Ben-Gvir significaría apartarse de uno de los principios incluidos en su propia hoja de ruta. No hacerlo, en cambio, implicaría enfrentarse a sectores del Gobierno israelí que consideran la salida de los palestinos parte esencial de la solución.
Mientras se discute el futuro de la población, la realidad sobre el terreno avanza en otra dirección. Benjamin Netanyahu ha rechazado retirar las tropas israelíes de Gaza mientras Hamás no sea completamente desarmado. Las conversaciones impulsadas por Washington han quedado bloqueadas precisamente por el orden de los pasos: Israel reclama primero el desarme de Hamás y después la retirada; Hamás exige que Israel cumpla antes sus compromisos de alto el fuego y retirada.
Israel controla actualmente alrededor de dos tercios de la Franja, según datos citados por Reuters, mientras aproximadamente dos millones de palestinos se concentran en la zona restante.
Durante las últimas semanas, los ministros israelíes también han hablado de establecer nuevas posiciones y asentamientos en zonas de Gaza bajo control militar israelí. La posibilidad de que una ocupación inicialmente presentada como temporal termine creando una nueva realidad territorial preocupa especialmente porque el retorno a las fronteras anteriores resultaría cada vez más complicado cuanto más tiempo permaneciera el ejército.
Ben-Gvir convierte Gaza en un asunto electoral
Israel celebrará elecciones legislativas en octubre y el partido de Ben-Gvir, Poder Judío, necesita conservar suficiente peso para seguir siendo relevante en la formación de una futura coalición. Su propuesta para Gaza combina así ideología, seguridad y estrategia electoral.
Ben-Gvir no ha presentado simplemente una consigna. Ha reclamado la creación de un Ministerio de Migración encargado de ejecutar la política y ha establecido un calendario inicial de cien días para comenzar a desarrollar el marco legal y los primeros acuerdos internacionales.
Su apuesta es además coherente con la presión ejercida por otros miembros de la derecha nacionalista israelí. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich respaldó la decisión de Netanyahu de mantener las tropas en Gaza y rechazó cualquier retirada mientras Hamás conserve capacidad militar. De este modo, la política de Gaza se ha convertido también en una competición interna por definir quién ofrece la posición más dura.
El elemento más incómodo para Israel es que la reconstrucción de Gaza y su eventual ocupación no pueden separarse de la cuestión demográfica. Una Gaza reconstruida sin sus habitantes palestinos respondería a una concepción radicalmente distinta de la que aparece en el plan estadounidense. La propuesta de Trump afirma que Gaza debe ser reconstruida para beneficio de su población y que nadie debe ser obligado a abandonarla.
Entre ambas posiciones existe un conflicto político evidente que todavía no ha sido resuelto. Y queda un segundo problema: incluso si Washington aceptara la idea, no está claro qué Estados aceptarían convertirse en destino de la población desplazada. Katz reconoce precisamente esa dificultad. Sin países receptores, la propuesta permanece en buena medida en el terreno de la planificación política.
La discusión terminológica puede ocultar la cuestión esencial. Si una persona abandona Gaza porque quiere comenzar una nueva vida en otro país, existe una emigración. Si abandona porque se enfrenta a unas condiciones que hacen imposible permanecer y no dispone de garantías reales de retorno, la valoración cambia radicalmente.
El derecho internacional no analiza únicamente el nombre que un Gobierno coloca sobre una política, sino las circunstancias concretas en las que se produce el desplazamiento. La prohibición de las deportaciones y transferencias forzosas está expresamente recogida en el derecho internacional humanitario. @mundiario
