Carlos Alcaraz aterrizó en Doha como llegan los campeones de verdad: sin reservas y sin pedir permiso. Desde el primer minuto se vio que el título del Open de Australia aún le vibra en la muñeca, en la mirada y en esa forma suya de acelerar los partidos como si tuviera prisa por demostrar que el número uno no es un cartel, sino una obligación. Arthur Rinderknech lo comprobó en carne propia: 6-4 y 7-6 (4) en 1h46.
La actuación del murciano fue, por momentos, sensacional. Saque con porcentajes sólidos, resto asfixiante, derecha dañina y un revés que ya no es solo fiable: es un arma de élite, de esas que dictan el intercambio y mandan al rival a la esquina sin piedad. Incluso en la red, donde a veces el joven talento se vuelve caprichoso, estuvo impecable con voleas a bocajarro que parecían imposibles. Si hubo un “pero”, fue uno menor: las dejadas no terminaron de salirle.
Rinderknech resistió lo que pudo con el servicio y con valentía. Se lanzó hacia delante en el segundo set, usando su corpulencia y su potencia como un último salvavidas, y llegó a tener dos puntos de set antes del tie-break. Pero ahí apareció la diferencia entre un buen jugador y un campeón: Alcaraz no se descompone, no se excusa, no se esconde. Salvó ambos con saque y contundencia, y en el desempate se puso serio, casi frío, para cerrar el duelo con un drive paralelo tremendo.
El triunfo tuvo, además, un peso simbólico que explica por qué Alcaraz ya no es promesa sino historia en construcción. Fue su victoria número 150 en pista dura, un registro que solo han alcanzado, entre los nacidos a partir del 2000, Jannik Sinner y Felix Auger-Aliassime. Y en el tenis español, la cifra lo mete en una lista selecta liderada por Rafa Nadal, un recordatorio de que el murciano avanza rápido hacia los lugares donde solo viven los gigantes.
Lo más inquietante para el circuito no es el número, sino el contexto: Alcaraz encadena ocho victorias seguidas y desde abril de 2025 firma un balance de 64-5, con presencia en la final en 11 de sus 12 últimos torneos. En octavos le espera Valentin Royer, otro francés, inédito en su historial, pero la sensación es la misma que dejó en Melbourne: Carlos juega con la autoridad de quien ya no busca confirmarse, sino imponer una era. @mundiario
