En el Real Madrid ya no se disimula: LaLiga ha pasado a un segundo plano. No por falta de calidad, sino por una cuestión de enfoque. La mirada está fijada en la Champions League y todo lo demás parece un trámite incómodo en el camino.
La gestión de Álvaro Arbeloa ante el Girona fue un reflejo evidente. Más que preparar un partido para ganarlo, dio la sensación de administrar esfuerzos pensando en lo que viene. Y cuando el banquillo transmite cálculo, el césped responde con tibieza.
El equipo compitió a medio ritmo, como si el encuentro no exigiera máxima implicación. Solo cuando el ruido de la grada apretó, hubo amagos de reacción. Pero fueron impulsos aislados, sin continuidad ni convicción real para cambiar el rumbo del partido.
El riesgo de este planteamiento es evidente. Si la eliminatoria europea sale cara, todo quedará justificado. Pero si no, el Madrid se encontrará con un final de temporada incómodo, con la sensación de haber dejado escapar una oportunidad real por falta de ambición sostenida.
Porque en competiciones largas no basta con aparecer en momentos señalados. Y este Madrid, que ha elegido dónde poner el foco, corre el riesgo de quedarse sin nada si la apuesta no sale perfecta. @mundiario
