Hay personajes históricos que parecen condenados a permanecer en los márgenes de los grandes acontecimientos, incluso cuando su intervención contribuyó a cambiar el curso de la historia. Bernardo de Gálvez es uno de ellos. Nacido en 1746 en Macharaviaya, un pequeño pueblo de Málaga, fue gobernador de Luisiana, general de los ejércitos de Carlos III, vencedor de los británicos en Pensacola y protagonista de una de las campañas militares que facilitaron la independencia de Estados Unidos. Sin embargo, durante generaciones su nombre apenas encontró espacio en el relato fundacional de la primera república norteamericana.
La recuperación de su memoria tiene ahora una dimensión especialmente significativa. Estados Unidos celebra en 2026 los 250 años de su independencia, mientras la National Portrait Gallery del Smithsonian, en Washington, exhibe desde el pasado 2 de julio un retrato de Gálvez pintado en 1781 por el artista cubano José Nicolás de Escalera. La obra, conservada durante más de cuatro generaciones en manos privadas, ha llegado a la capital estadounidense gracias a un préstamo de larga duración de la colección Iberdrola. Su presencia en una de las principales instituciones culturales del país representa un reconocimiento a la contribución española e hispanoamericana al nacimiento de Estados Unidos.
España contribuyó con tropas, armas, dinero y suministros a la independencia estadounidense. Teresa Valcarce logró que el Capitolio cumpliera en 2014 una promesa formulada en 1783
Pero esta historia tiene también una protagonista contemporánea que permite establecer un vínculo inesperado entre Galicia, Andalucía y Washington. Se llama Teresa Valcarce Graciani, nació en Ferrol y ha dedicado buena parte de sus esfuerzos durante los últimos años a conseguir que el general malagueño ocupe el lugar que merece en la memoria histórica estadounidense. Su iniciativa logró que en 2014 se instalara un retrato de Gálvez en el Capitolio, cumpliendo una resolución del Congreso Continental que llevaba pendiente desde 1783. Lo que comenzó como una inquietud personal terminó convirtiéndose en una reivindicación cultural de alcance internacional.
La trayectoria de ambos personajes, separados por más de dos siglos, permite reconstruir una historia mucho más amplia: la participación española en la independencia estadounidense, las relaciones entre Europa y América, la importancia de la memoria histórica y el papel de la comunidad hispana en un país que, en ocasiones, parece olvidar una parte esencial de sus propios orígenes.
De Macharaviaya al escenario de la historia universal
La vida de Bernardo de Gálvez comenzó en un entorno muy alejado de los grandes centros de poder de su tiempo. Macharaviaya era una pequeña localidad de la Axarquía malagueña, aunque su familia pertenecía a una red de funcionarios y militares que alcanzaría posiciones destacadas durante el reinado de Carlos III. Su tío José de Gálvez llegó a ser ministro de Indias y su padre, Matías de Gálvez, virrey de Nueva España, dos circunstancias que contribuyeron a situar al joven Bernardo en el corazón de la política imperial española.
Su carrera militar comenzó muy pronto y lo llevó por distintos escenarios europeos y americanos. Participó en campañas militares, conoció los territorios fronterizos de Nueva España y adquirió experiencia en la administración colonial antes de asumir, en 1777, el gobierno de Luisiana. Aquel nombramiento resultaría decisivo porque colocó al militar español en una posición estratégica cuando las colonias británicas de Norteamérica acababan de iniciar su lucha por la independencia.
La Luisiana española, adquirida a Francia en el contexto de la guerra de los Siete Años, comprendía un vasto territorio articulado en torno al río Misisipi. Nueva Orleans constituía su principal centro comercial y militar, mientras el control de las comunicaciones fluviales ofrecía posibilidades extraordinarias para abastecer a los insurgentes estadounidenses y dificultar los movimientos británicos. Gálvez comprendió rápidamente la importancia de aquella posición geográfica y comenzó a utilizarla en beneficio de los intereses españoles y de la rebelión norteamericana.
La intervención de España en la independencia estadounidense no respondió a una adhesión incondicional a los ideales revolucionarios. La monarquía de Carlos III seguía siendo un régimen absoluto y contemplaba con reservas el precedente que podía establecer la emancipación de unas colonias respecto de su metrópoli. Su prioridad era debilitar a Gran Bretaña, principal rival marítimo y colonial de España, recuperar territorios perdidos y restablecer un equilibrio internacional más favorable a la Corona.
Esa contradicción entre los intereses de una monarquía europea y las aspiraciones de una revolución republicana constituye uno de los aspectos más interesantes del episodio. España contribuyó a la independencia de Estados Unidos sin convertirse formalmente en aliada de las trece colonias mediante un tratado equivalente al que estas habían firmado con Francia. La convergencia de intereses permitió, sin embargo, que la ayuda española adquiriera una importancia militar, financiera y logística que durante mucho tiempo recibió menos atención de la que merecía.
Las armas, el dinero y los suministros que llegaron desde España
Antes incluso de que España entrara oficialmente en guerra contra Gran Bretaña, en junio de 1779, los insurgentes estadounidenses ya recibían recursos procedentes de territorios españoles. Armas, pólvora, uniformes, medicamentos y otros suministros circularon por diferentes rutas comerciales y diplomáticas, entre ellas las vinculadas a Nueva Orleans y a las redes de comerciantes que operaban desde Europa.
La colaboración no se limitó a los grandes dirigentes militares. Comerciantes, funcionarios, marineros, soldados y habitantes de los territorios españoles de América participaron en el esfuerzo de guerra. Las misiones de San Antonio, en el actual Texas, contribuyeron al abastecimiento de ganado destinado a las fuerzas españolas, mientras las redes comerciales y financieras permitieron sostener operaciones que afectaban directamente a la capacidad británica para mantener sus posiciones en Norteamérica. El propio Servicio de Parques Nacionales estadounidense reconoce esa contribución material y militar de España.
La dimensión americana de esta movilización resulta esencial para comprender su verdadera naturaleza. Los ejércitos de Gálvez no estaban integrados exclusivamente por soldados nacidos en la Península, sino también por hombres procedentes de distintos territorios del imperio español, incluidos criollos, afrodescendientes y otros grupos de la sociedad colonial. El esfuerzo militar fue, por tanto, una empresa transatlántica en la que participaron comunidades cuya contribución apenas aparece en las versiones más convencionales de la independencia estadounidense.
Cuando España declaró la guerra a Gran Bretaña, Gálvez pasó de organizar apoyos indirectos a dirigir operaciones militares abiertas. Su objetivo era desalojar a los británicos de sus posiciones en el valle del Misisipi y en la costa del golfo de México, impidiendo que pudieran utilizar aquellos territorios como plataforma para atacar los dominios españoles o reforzar sus campañas contra los insurgentes.
Las primeras victorias llegaron en 1779, con la conquista de posiciones británicas en el entorno de Baton Rouge y Natchez. Al año siguiente, las fuerzas españolas ocuparon Mobile, en la actual Alabama, y prepararon la ofensiva contra Pensacola, principal enclave británico de Florida occidental. Aquella campaña culminaría en uno de los episodios militares más importantes de la participación española en la guerra de independencia.
Pensacola, la batalla que cambió el equilibrio en el sur
La conquista de Pensacola, en mayo de 1781, constituye el momento culminante de la trayectoria militar de Bernardo de Gálvez. La plaza británica controlaba un enclave estratégico del golfo de México y su ocupación permitiría a España consolidar su posición regional, eliminar una importante base enemiga y reducir la capacidad de Gran Bretaña para sostener operaciones militares en el sur de Norteamérica.
La campaña no fue sencilla. Las dificultades de navegación, las defensas británicas y los problemas logísticos complicaron el avance de las fuerzas españolas. La tradición histórica recuerda especialmente la decisión de Gálvez de penetrar en la bahía bajo el fuego de las baterías enemigas, un episodio asociado al lema «Yo solo», que terminaría incorporándose a su escudo de armas.
Después de un prolongado asedio, Pensacola capituló el 8 de mayo de 1781. La victoria aseguró el control español de Florida occidental y privó a Gran Bretaña de una posición de considerable valor militar. El Ministerio de Defensa español y las instituciones históricas estadounidenses coinciden en destacar la importancia de aquella campaña para el desarrollo de la guerra.
La conquista se produjo pocos meses antes de la rendición británica en Yorktown, en octubre de 1781, considerada el desenlace militar decisivo de la independencia estadounidense. No sería riguroso afirmar que Gálvez ganó por sí solo la guerra ni que su intervención fue la única causa de la victoria norteamericana. Pero sus campañas contribuyeron a dispersar los recursos británicos, limitaron las posibilidades de refuerzo en otros frentes y formaron parte de la presión internacional que terminó haciendo insostenible la posición de Londres.
El papel de Gálvez adquiere todavía mayor relevancia cuando se contempla junto al de Francia, cuya intervención naval y terrestre fue fundamental en Yorktown. La independencia estadounidense no fue exclusivamente el resultado de una rebelión interna, sino también de una guerra internacional en la que las rivalidades entre las grandes potencias europeas condicionaron decisivamente el desenlace.
El general malagueño obtuvo importantes reconocimientos de la Corona española, entre ellos el título de conde de Gálvez, y llegó a ser virrey de Nueva España. Murió en 1786, con apenas 40 años, cuando su trayectoria política y militar todavía podía haberle reservado responsabilidades mayores. Su fallecimiento prematuro contribuyó a cerrar una vida extraordinariamente intensa, aunque no explica por sí solo el prolongado olvido posterior de su figura.
Una ferrolana en Washington y una promesa de 231 años
La segunda parte de esta historia comenzó de una manera mucho más sencilla. En abril de 2013, Teresa Valcarce recibió de su madre, desde España, un artículo del historiador Manuel Olmedo sobre Bernardo de Gálvez. El texto recogía una circunstancia sorprendente: en 1783, el Congreso Continental estadounidense había acordado honrar al general español con un retrato, pero aquella decisión nunca había llegado a materializarse.
Valcarce, nacida en Ferrol y residente en Washington, descubrió así que existía una deuda histórica pendiente con un militar que había contribuido decisivamente a la independencia del país. Su reacción no consistió en limitarse a divulgar aquella curiosidad, sino en intentar que las instituciones estadounidenses cumplieran finalmente el compromiso adquirido más de dos siglos antes.
La iniciativa exigió contactos políticos, gestiones diplomáticas y una considerable capacidad de perseverancia. La ferrolana consiguió movilizar apoyos en el Congreso estadounidense, entre representantes españoles y en asociaciones dedicadas a la recuperación de la memoria de Gálvez. La colaboración de la Asociación Bernardo de Gálvez de Málaga, la Diputación provincial y distintas personalidades permitió disponer de un retrato realizado por el pintor Carlos Monserrate, destinado a ocupar el lugar que se había reservado al militar en el Capitolio.
El 9 de diciembre de 2014 se celebró finalmente el acto que saldaba aquella deuda histórica. El retrato de Bernardo de Gálvez fue instalado en el complejo del Capitolio, en Washington, 231 años después de que el Congreso Continental hubiera aprobado su reconocimiento. Una iniciativa que había comenzado con la lectura de un artículo enviado desde España se convertía así en un acontecimiento institucional.
Aquel mismo mes se produjo un segundo reconocimiento de extraordinaria relevancia. El presidente Barack Obama firmó el 16 de diciembre de 2014 la resolución que concedía a Bernardo de Gálvez la ciudadanía honoraria de Estados Unidos, una distinción excepcional reservada a un número muy reducido de personalidades extranjeras. El militar malagueño pasaba a compartir ese reconocimiento con figuras de la dimensión histórica de Winston Churchill o la madre Teresa de Calcuta.
El mérito de Teresa Valcarce no consiste en haber descubierto por primera vez la importancia histórica de Gálvez, conocida y estudiada por investigadores españoles y estadounidenses, sino en haber convertido ese conocimiento en un reconocimiento público de enorme visibilidad. Su trabajo demuestra que la recuperación de la memoria histórica no depende exclusivamente de las instituciones académicas, sino también de ciudadanos capaces de movilizar voluntades y transformar una reivindicación cultural en una decisión política.
El Smithsonian recupera un rostro del siglo XVIII
El 250 aniversario de la independencia estadounidense ha proporcionado una nueva oportunidad para ampliar ese reconocimiento. Desde julio de 2026, la National Portrait Gallery del Smithsonian exhibe un óleo de Bernardo de Gálvez pintado por José Nicolás de Escalera en 1781, precisamente el año de la conquista de Pensacola. La obra, perteneciente a la colección Iberdrola, forma parte de una exposición dedicada a personalidades que contribuyeron a configurar la historia y la cultura de Estados Unidos entre los siglos XVII y XIX.
La incorporación del retrato posee un significado que va más allá del homenaje individual. Escalera fue uno de los principales pintores de la Cuba colonial y su obra constituye también un testimonio de la dimensión cultural americana del imperio español. El cuadro permite contemplar a Gálvez no solo como un militar europeo que combatió contra Gran Bretaña, sino como un personaje formado en un mundo atlántico donde circulaban personas, mercancías, ideas y tradiciones entre Europa y América.
La comisaria Taína Caragol ha destacado la importancia de esta incorporación para ampliar el conocimiento de las contribuciones hispanas a la historia estadounidense. En una entrevista publicada por El País en julio de 2026, Teresa Valcarce defendió igualmente que el reconocimiento de Gálvez permite cuestionar una visión de la presencia hispana como un fenómeno exclusivamente reciente. Su reivindicación parte de una idea histórica fundamental: las comunidades de origen español e hispanoamericano estuvieron presentes en la formación de Estados Unidos mucho antes de que el país adquiriera su configuración territorial y demográfica contemporánea.
Ese argumento resulta especialmente relevante en una sociedad donde el debate sobre la inmigración, la identidad nacional y la diversidad cultural ocupa un lugar central. La historia de Gálvez no resuelve las controversias políticas actuales, pero contribuye a situarlas en una perspectiva más amplia. La presencia hispana no constituye únicamente una consecuencia de los movimientos migratorios de los siglos XX y XXI, sino que forma parte de procesos históricos anteriores a la propia independencia estadounidense.
Una historia compartida que también tiene sus contradicciones
La recuperación de Bernardo de Gálvez invita a revisar determinados relatos nacionales, aunque conviene hacerlo sin sustituir una simplificación histórica por otra. Estados Unidos no nació exclusivamente de la voluntad de sus dirigentes revolucionarios, pero tampoco fue una creación de España. La independencia fue el resultado de una combinación de movilización colonial, pensamiento político ilustrado, resistencia militar y apoyo internacional, en la que Francia desempeñó un papel esencial y España contribuyó de manera significativa.
La propia historia del imperio español en América contiene contradicciones que no deben desaparecer bajo una interpretación exclusivamente heroica. La expansión colonial estuvo acompañada de conflictos con los pueblos indígenas, sistemas de jerarquización social y formas de trabajo forzado y esclavitud que también forman parte del pasado compartido. Reconocer la contribución de Gálvez a la independencia estadounidense no exige idealizar la monarquía española ni ignorar las realidades de las sociedades coloniales.
Precisamente por eso, el interés histórico de esta recuperación resulta mayor cuando se contempla en toda su complejidad. La independencia estadounidense fue posible gracias a una red de relaciones internacionales en la que participaron monarquías europeas, comerciantes atlánticos, soldados de distintas procedencias y poblaciones americanas cuyos intereses no siempre coincidían. Gálvez fue una figura destacada de ese entramado, pero su trayectoria también permite comprender las tensiones políticas, económicas y sociales de finales del siglo XVIII.
La aportación española adquiere, además, una dimensión particular en el contexto de las relaciones actuales entre Madrid y Washington. Los vínculos entre ambos países se remontan a una época anterior al nacimiento de Estados Unidos y han atravesado conflictos, rivalidades y etapas de cooperación. Recordar esa profundidad histórica no elimina las discrepancias contemporáneas, pero ayuda a situarlas dentro de una relación mucho más extensa que los ciclos políticos de cada momento.
De Málaga a Galicia, una lección sobre la memoria
La historia de Bernardo de Gálvez y Teresa Valcarce ofrece finalmente una reflexión sobre la manera en que las sociedades recuerdan a quienes contribuyeron a construirlas. El general nació en un pequeño pueblo andaluz y desarrolló una carrera que lo llevó a algunos de los principales escenarios de la política internacional de su tiempo. Más de dos siglos después, una mujer nacida en Ferrol consiguió que una institución fundamental de Estados Unidos cumpliera una promesa que había permanecido olvidada durante generaciones.
La conexión gallega no es un elemento accesorio de este relato. Representa la capacidad de una iniciativa individual para trascender las fronteras y modificar la percepción pública de un acontecimiento histórico. Teresa Valcarce no disponía de un ejército, de una gran organización política ni de una responsabilidad institucional comparable a las de los protagonistas del siglo XVIII. Contaba, sin embargo, con una causa documentada, una determinación sostenida y la habilidad necesaria para reunir apoyos en torno a un objetivo concreto.
Su empeño permite comprender que la memoria histórica no es únicamente una cuestión de monumentos, cuadros o ceremonias oficiales. Es también una disputa por la presencia de determinados acontecimientos y protagonistas en la conciencia colectiva. Durante mucho tiempo, el relato de la independencia estadounidense se concentró en sus grandes dirigentes políticos y militares, mientras las aportaciones de otros países y comunidades permanecían en posiciones secundarias.
La celebración del 250 aniversario constituye una oportunidad para ampliar esa perspectiva. La incorporación del retrato de Gálvez al Smithsonian no modifica lo sucedido en 1781, pero sí contribuye a cambiar la manera en que las nuevas generaciones pueden conocerlo. El general malagueño deja de ser una figura reconocida principalmente por especialistas para ocupar un espacio visible en una institución dedicada a explicar la historia de Estados Unidos. También ofrece una enseñanza para España, un país que no siempre ha sabido proyectar internacionalmente la contribución de sus personajes históricos. La trayectoria de Gálvez demuestra que existen episodios relevantes de la historia española cuya dimensión exterior merece una divulgación más ambiciosa, apoyada en investigaciones rigurosas y en una cooperación cultural sostenida.
Al final, la historia reúne dos formas muy distintas de intervenir en los acontecimientos. Bernardo de Gálvez lo hizo mediante las armas, la estrategia y la diplomacia en un momento decisivo para el nacimiento de Estados Unidos. Teresa Valcarce lo ha hecho mediante la investigación, la persuasión y la movilización institucional para recuperar el reconocimiento de aquella contribución.
Entre Macharaviaya y Ferrol, entre Pensacola y Washington, transcurren más de dos siglos de una historia que une a España y Estados Unidos de una manera poco conocida. El general malagueño contribuyó a hacer posible la independencia norteamericana; la ferrolana ayudó a que los estadounidenses recordaran esa contribución. La historia no cambia porque se cuelgue un retrato en el Capitolio, pero la memoria de un país sí puede enriquecerse cuando aprende a reconocer a todos los que participaron en su construcción. Esa es la verdadera dimensión del legado de Bernardo de Gálvez y de la perseverancia de Teresa Valcarce. @mundiario
