Cambiar el escudo por la lanza: así es el plan a la desesperada de Ucrania frente a los misiles de Rusia

La guerra de Ucrania ha entrado en una fase crítica en la que la defensa aérea ya no es solamente una cuestión militar, sino también de resistencia nacional, marcada por una destructiva «guerra de ciudades» que golpea duramente la retaguardia civil. La última noche de ataques combinados del 9 de agosto de 2026 vuelve a demostrarlo. Las fuerzas rusas lanzaron una ofensiva masiva dirigida especialmente contra la infraestructura energética y logística de la región portuaria de Odesa y zonas residenciales de Járkov.

El bombardeo incluyó más de 100 drones —entre aparatos Shahed, drones a reacción y municiones merodeadoras Banderol— de los cuales la Fuerza Aérea ucraniana logró derribar el 72%. Sin embargo, la intercepción de los 11 misiles de tipo balístico (Iskander-M), antibuque (Oniks) y antirradar volvió a evidenciar las brechas defensivas del país: los sistemas electrónicos solo lograron neutralizar o desviar cuatro de ellos.

Las explosiones provocaron graves daños en un edificio residencial del distrito de Saltivskyi (Járkov) y un centro comercial en Pavlohrad, dejando un balance de al menos tres civiles muertos y cerca de 40 heridos en todo el país en las últimas 24 horas, mientras Kiev lidia con una escasez crítica de misiles interceptores Patriot suministrados por sus aliados occidentales.

Kiev, Odesa y Járkov han vuelto a quedar bajo presión. Pero detrás de las cifras hay un elemento que explica buena parte de la preocupación de Volodímir Zelenski: Ucrania puede interceptar una parte importante de los drones, pero dispone de muchas menos opciones frente a los misiles balísticos.

Y ahí aparece el cambio de estrategia que está tomando forma en Kiev. Si no existen suficientes escudos para proteger todo el territorio, la alternativa consiste en intentar dificultar al adversario la capacidad de lanzar esos ataques. Es decir: atacar para reducir la capacidad de Rusia de atacar.

El principal foco de la ofensiva estuvo en Odesa, donde los ataques provocaron al menos 12 heridos y dejaron parte de la ciudad sin electricidad y agua. En la región de Kiev, el episodio más dramático se produjo en Pukhivka. Zelenski informó de la muerte de un niño de tres años y sus abuelos. Sus padres, su hermano de 15 años y un vecino resultaron heridos en distintos impactos.

El patrón vuelve a ser reconocible: drones para saturar, misiles para penetrar y balísticos para explotar las limitaciones de los sistemas de defensa.

El problema que preocupa a Zelenski: los interceptores

La vulnerabilidad ucraniana no procede únicamente del número de armas que lanza Rusia. Tiene que ver también con la disponibilidad de los sistemas capaces de detenerlas. Zelenski volvió a reclamar más sistemas antibalísticos y más misiles interceptores para Patriot, SAMP/T, NASAMS y HAWK, además de aviones F-16. Su argumento es que estas armas resultan decisivas cuando están desplegadas en Ucrania y no almacenadas lejos del escenario de guerra.

La diferencia entre un dron Shahed y un misil balístico es fundamental. Los drones pueden ser detectados y abatidos mediante una combinación de defensa aérea, guerra electrónica y otros medios relativamente más numerosos. Los misiles balísticos viajan a velocidades mucho mayores y describen trayectorias que reducen extraordinariamente el tiempo disponible para reaccionar.

Por eso los Patriot tienen un valor específico que no puede sustituirse fácilmente con sistemas convencionales. La consecuencia es incómoda para Kiev: Rusia puede incrementar la presión sobre las ciudades mientras Ucrania tiene que administrar cuidadosamente sus interceptores más sofisticados. Pero EE UU es reacio a entregarlos mientras dure su guerra con Irán.

Aquí empieza la segunda parte de la estrategia ucraniana. Durante buena parte de la guerra, Kiev ha tenido que pedir más defensa aérea a sus aliados; sin embargo, el presidente Zelenski parece asumir que depender exclusivamente de los sistemas occidentales no permite resolver el problema. Por ello, la respuesta del país está pasando cada vez más por el desarrollo de su industria nacional, con intentos de fabricar sus propios misiles balísticos y sistemas de largo alcance, al tiempo que amplía el empleo de drones capaces de alcanzar objetivos situados a cientos o incluso miles de kilómetros del frente.

La empresa Fire Point, conocida por sus drones de ataque, está desarrollando los misiles FP7 y FP9. Zelenski ha confirmado que el FP7 podría estar preparado para entrar en servicio en cuestión de meses, mientras que el FP9 se plantea como un sistema de mayor alcance. El propio presidente ha reconocido, no obstante, que la producción a gran escala dependerá de la disponibilidad de determinados componentes.

La empresa también trabaja en una variante destinada a la defensa contra misiles balísticos, dentro de una cooperación con socios europeos. Reuters informó anteriormente de que Fire Point busca desarrollar un sistema de defensa aérea que pueda estar operativo en 2027.

La apuesta es ambiciosa: fabricar en Ucrania parte de las armas que necesita para defenderse y, al mismo tiempo, producir las herramientas necesarias para golpear la retaguardia rusa.

La operación de 40 días y la nueva doctrina de Kiev

El cambio más visible se encuentra, sin embargo, en los drones de largo alcance, herramientas con las que Ucrania ha incrementado sus ataques contra instalaciones energéticas, depósitos de combustible, centros logísticos y objetivos industriales dentro de Rusia. La lógica militar detrás de esta estrategia es relativamente sencilla: dado que una guerra de desgaste depende por completo de una cadena logística —que abarca combustible, munición, transporte, almacenes, mantenimiento, producción y distribución—, golpear estos eslabones clave busca elevar considerablemente el coste de mantener las operaciones rusas.

Pero existe una diferencia importante entre debilitar la logística militar y paralizar la maquinaria de guerra rusa. La primera es una posibilidad real; la segunda exige una escala de ataques extraordinariamente elevada. Por eso conviene observar estas operaciones con cierta distancia respecto a la propaganda de ambos bandos.

 

Un incendio en una refinería puede afectar al suministro regional de combustible. La destrucción de un almacén puede reducir temporalmente las reservas disponibles. Un ataque contra una infraestructura ferroviaria puede obligar a modificar rutas. Pero Rusia posee una profundidad territorial, industrial y energética muy superior a la de Ucrania, y puede redistribuir recursos.

El objetivo ucraniano parece ser, por tanto, más gradual: elevar el coste de la guerra para Moscú y obligar al Ejército ruso a dedicar recursos a proteger su propia retaguardia. Zelenski ha confirmado que está «satisfecho» con una operación de influencia y ataques de 40 días desarrollada por los servicios de seguridad ucranianos.

La campaña habría tenido como objetivo atacar elementos de la logística militar rusa y provocar daños en instalaciones estratégicas. El presidente ha dejado entender que la estrategia no termina con esos 40 días.

«Entendemos todos sus puntos débiles», afirmó Zelenski al hablar de la respuesta ucraniana a los ataques rusos contra su logística. Ucrania ya no intenta únicamente aguantar los ataques rusos. Busca crear una ecuación distinta: si Rusia aumenta la presión sobre las ciudades ucranianas, Kiev puede aumentar el coste de esa presión atacando los elementos que permiten mantenerla.

La idea no consiste simplemente en causar daños, sino en obligar a Rusia a gastar más recursos para mantener protegida su retaguardia. En este sentido, los ataques contra las refinerías rusas introducen el combustible como un arma económica, aunque no definitiva. La estrategia ucraniana busca complementar las sanciones occidentales contra el petróleo ruso mediante ataques físicos directos a la infraestructura que permite procesarlo; sin embargo, esta vía también encuentra sus propios límites.

Una reducción de la capacidad de refino puede provocar escasez local, aumentar los precios o forzar importaciones y redistribuciones. No significa necesariamente que Rusia pierda la capacidad de abastecer a sus Fuerzas Armadas.

El propio análisis militar aportado en las informaciones de partida apunta a una conclusión relevante: la población rusa puede sentir antes la falta de combustible que los carros de combate y la maquinaria militar. Eso introduce un componente político en la estrategia ucraniana. Kiev pretende que la guerra tenga un coste más visible dentro de Rusia, especialmente en un momento en el que Moscú intenta mantener la normalidad económica y social lejos del frente. @mundiario