En términos estrictos, el derecho del islam la prohíbe. Salvo que un líder musulmán, respaldado por las autoridades religiosas, declare que su rival es ‘kafir’, es decir incrédulo y apóstata, y convierta la guerra en legítima y hasta necesaria. Este ha sido el caso de algunas de las guerras desatadas en Oriente Próximo. La salvaje entre Irán e Irak en los años 80, que causó un millón de muertos, llevó por ejemplo al régimen laico de Bagdad a insertar en su estandarte la frase ‘Allahu Akbar’ (Dios es el más grande) para declarar a renglón seguido ‘incrédul0’ al Irán de Jomeini y dotar a la guerra de una dimensión religiosa.
Este es también el caso de la incursión en Yemen de Arabia Saudí, para evitar que los rebeldes de las tribus hutíes (que profesan una variante del chiísmo, la segunda en importancia del islam tras la mayoritaria suní) se hagan con el poder completo del país, y sirvan de ‘puente’ al Irán chií en la península arábiga. En su momento, el Gran Mufti de Riad, la mayor autoridad religiosa saudí, emitió un decreto calificando de yihad, guerra religiosa, la lucha contra los rebeldes yemeníes y en favor del régimen suní constituido. Lógicamente, las autoridades religiosas hutíes -también estrechamente vinculadas al poder político, porque el islam no distingue entre Estado y religión- declararon ‘apóstatas ‘ a los saudíes.
No siempre ocurre así, por intereses políticos. En 2014, por ejemplo, el Gran Mufti de Riad afirmó que la guerra de los rebeldes en Siria contra el régimen (laico y levemente chií) de Bachar al Asad «no puede calificarse de yihad». Quería así evitar el éxodo a Siria de jóvenes idealistas saudíes, tras la convocatoria de Daesh y Al Qaida -que estaban reclutando yihadistas por todo el mundo-, y el impacto que tendría la caída de Damasco para la supervivencia del régimen monárquico saudí .

