Cómo perder ganando

Es posible que, dada su enorme superioridad militar, territorial y demográfica, Rusia no sea derrotada por Ucrania . Pero política, moral y psicológicamente, esa guerra ya la ha perdido. Empezó a perderla cuando el previsto paseo triunfal hasta Kiev para implantar allí un Gobierno títere se quedó a mitad del camino debido a la heroica resistencia de los ucranianos y ha concluido con los 440 cadáveres encontrados en una fosa común cerca de la recién liberada Izium , cuartel general de las tropa rusas durante la ocupación, algunos con una cuerda al cuello y manos atadas, como les contó ayer ABC. Con más sepulturas en el bosque cercano, y cruz encima, posiblemente de los enterrados por sus familiares. Lo que cuentan de torturas y horrores, aparte de la carencia de los medios básicos para subsistir, queda plenamente confirmado. Que se multipliquen las demandas de una investigación de crímenes contra la humanidad no hace más que ratificarlo. Vladímir Putin puede mostrar indiferencia, pero sus esfuerzos por granjearse apoyos mundo adelante indican que no las tiene todas consigo. China ha preferido mantenerse al margen del asunto y aunque tiene con Estados Unidos tantos o más contenciosos, evita la confrontación con ellos. Mientras India, el otro gigante asiático, criticó indirectamente la invasión de Ucrania, al advertir su primer ministro que «los grandes no deberían inmiscuirse en los asuntos de los pequeños». Con lo que sólo dictadorzuelos comunistas apoyan la intervención. Bien le vendría a Putin repensar su papel en la historia de su país. ¿Quién quiere ser, un nuevo Iván el Terrible, fundador del Imperio Ruso, un Pedro el Grande, que intentó europeizarlo o un Stalin, que resucitó la idea de un comunismo universal regido desde el Kremlin? La aventura ucraniana no da pie para ello. En el África subsahariana, tribal aún en muchos aspectos, la guerra no se limita a la ocupación de un país sino también a la erradicación de sus habitantes. Pero en Europa, hoy, así no se ganan las guerras. Más bien se pierden. A no ser que hayamos retrocedido dos mil años y no nos hayamos dado cuenta.