Cuba lleva años arrastrando una crisis energética estructural, pero la situación actual ha alcanzado un punto crítico. El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, confirmó que el país ya no dispone de fueloil ni de diésel, dos combustibles esenciales para mantener en funcionamiento las termoeléctricas y los motores de generación repartidos por el territorio.
En términos simples, la red eléctrica cubana funciona como un motor viejo que necesita combustible constante para no apagarse. Sin él, todo se detiene. El resultado es evidente en las calles, especialmente en La Habana, donde los cortes de luz pueden superar las 20 horas diarias. Esto no solo implica oscuridad en los hogares, sino hospitales con equipos limitados, transporte paralizado y una economía informal aún más asfixiada.
El sistema energético cubano depende en gran parte de infraestructuras envejecidas. La mayor parte de la electricidad se genera con termoeléctricas que requieren un suministro continuo. Sin combustible importado, la isla queda reducida a su escaso crudo nacional, algo de gas natural y una energía solar que todavía no logra sostener el sistema.
El bloqueo energético y el tablero internacional
El elemento externo es determinante. Desde finales de enero, Washington ha endurecido su estrategia de presión, amenazando con sanciones a países o empresas que suministren combustible a Cuba. Es una medida que, aunque se justifique como presión política sobre el Gobierno cubano, termina golpeando con más fuerza a la ciudadanía común.
La isla perdió a proveedores clave como Venezuela y México, lo que agrava un problema que ya era delicado. Incluso un cargamento ruso reciente, de unas 100.000 toneladas de crudo, ha sido consumido. Y aunque Cuba ha instalado capacidad solar con apoyo chino, esa energía se desperdicia parcialmente porque la red es tan inestable que no puede almacenarse ni distribuirse con eficacia.
Mientras tanto, EE UU mezcla mensajes de negociación con nuevas sanciones. Ofrece ayuda condicionada a reformas profundas, pero también amplía castigos comerciales. Es una política que parece diseñada para dejar a Cuba sin oxígeno y luego exigirle que respire por el tubo correcto.
Cuando la luz se apaga, la política se queda desnuda
La pregunta es inevitable: ¿quién gana con una isla paralizada? La presión internacional puede incomodar al Gobierno cubano, sí, pero sobre todo castiga a quienes no tienen margen para resistir. En una sociedad ya empobrecida, un apagón no es una molestia, es una sentencia diaria que afecta comida, medicinas, trabajo y seguridad.
Y Cuba también debe mirarse al espejo. Su dependencia energética, su falta de modernización y su incapacidad de garantizar servicios básicos muestran un modelo agotado. La soberanía no puede sostenerse solo con discursos si la infraestructura se cae a pedazos.
Hoy Cuba es como un barco a la deriva en plena noche, sin combustible y con el motor roto. La salida no pasa por más castigo externo ni por más inmovilismo interno. Pasa por inversiones reales, transparencia, cooperación internacional sin chantajes y una transición energética que priorice a la población antes que a los intereses geopolíticos. @mundiario
