Dios escucha nuestro clamor.

Por el Pastor: Héctor E. Contreras.
Iglesia Metodista Libre Inc. La Senda.

Marcos 9:46-52.

Hace muchos años, en la ciudad de N.Y., U.S.A., existía un mendigo que se había hecho muy famoso, su nombre se le conocía como Jean. Una madrugada, mientras deambulaba por la ciudad, pudo ver un templo abierto y se animó a entrar al mismo. Se sentó en el último banco del templo, mientras la conserje, que habitualmente realizaba la limpieza a esa hora lo observa; de un momento a otro el hombre se traslada hasta el altar y puesto de rodillas clama: ¡Jesús, yo soy Jean, ten misericordia de mí. Jesús, yo soy Jean, ten misericordia de mí, Jesús, yo soy Jean, ten misericordia de mí! Por tres ocasiones su clamor fue el mismo. Luego salió del templo y por tres veces más volvió e hizo el mismo clamor. La conserje dijo que jamás en su vida había escuchado algo similar a aquello; el
clamor de este hombre, decía ella, era parecido a un llamado desde la profundidad la de una caverna. La mujer dio la noticia al pastor sobre este acontecimiento. Al cabo del tiempo, el pastor de la congregación recibió la noticia de que el mendigo Jean había sufrido un accidente y se hallaba en el hospital. Diligentemente, el hombre de Dios visita al enfermo hospitalizado, al llegar a la habitación donde se encontraba, al verle, el mendigo, muy regocijado, dice al pastor lo siguiente: ¨Pastor, ya todo está bien, esta mañana me visitó Jesús, entró por esa ventana y frente a mí, ahí mismo donde está usted, me dijo: ¡Jean, yo soy Jesús, Jean, yo soy Jesús, Jean, yo soy Jesús! Por tres ocasiones, el mendigo visitó el templo, clamó a Jesús desde lo más profundo de su ser, con un corazón dispuesto a ser liberado de sus cargas que llevaba por años, cansado de mendigar por las calles de la gran urbe, él entendió que en Cristo recibiría su liberación, tanto del pecado así como de su propia miseria. El Señor Jesús, que es rico en misericordia y quien dice que, si clamamos Él nos responde, escuchó el clamor de este hombre. Hoy y ahora mismo, Dios, por medio de Jesucristo escucha tu clamor. ¡Clama a mí y yo te responderé!, dijo el profeta, Jeremías 33:3. El pasaje de la Biblia citado en el encabezamiento, encontramos un cuadro similar al de Jean, en esta ocasión el mendigo es un ciego de nombre Bartimeo. La historia es digna de tomar en consideración para el tiempo de hoy, ya que nuestros pueblos y ciudades, nuestras calles están repletas de hombres y mujeres mendigando por ellas. El Señor había salido de Jericó, en camino hacia Jerusalén, dice al final del verso 46. Bartimeo estaba sentado junto al camino mendigando. Al escuchar que Jesús iba pasando por aquel lugar, comenzó a gritar a voces: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí! Los que allí se encontraban comenzaron a reprenderlo para que callara; como siempre sucede en ocasiones, cuando tenemos algún tipo de necesidad, son muchos los que nos llaman la atención arengando que lo que buscamos es imposible de conseguir, de alcanzar o llegar hasta donde está el lugar donde se puede resolver nuestro problema. ¡Cállate, hombre, ¿No ves que es el Señor que va pasando? ¿Cómo te atreves cometer tal osadía!? Me parece escuchar las voces de los allí presentes; pero el mendigo no le hacía caso a los que allí estaban para que callase, a lo contrario, siguió clamando: ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!. Jean, el de N:Y., Bartimeo, el de Jericó, Clamaron al Señor. Fueron escuchados y recibieron la respuesta que buscaban. Aún hay tiempo para clamar y ser escuchados.

No te canses de clamar, sea por necesidad de salud, espiritual, económica, de familia, empleo; Dios está dispuesto en este tiempo a escuchar cualquier necesidad que tengas. Él es el Dios de la provisión, sea física o espiritual. ¡Bendito y alabado se su nombre por siempre! Porque su misericordia no termina nunca. ¿Amén? Si, ¡Amén!.

Que interesante, el verso 49 señala que a Bartimeo, hombre ciego, mendigo, sin estirpe, a él también nuestro Señor le escuchó. Jesús se detuvo y le manda a llamar. Esta vez, los mismos que le pedían hacía tan solo unos minutos que callase, son los que ahora le dicen: ¨Ten confianza; levántate, te llama¨. Así es la gente, así es el mundo en que vivimos, en un momento son los críticos que maltratan nos con sus palabras, sin tomar en consideración la situación o el tiempo en que nos encontramos, tiempo de necesidades, de enfermedad, estrechez tal vez o problemas de familia. Luego son las mismas personas que se olvidan muy pronto de lo que fueron ayer, hoy, se ven motivándonos para continuar. Que bueno que Bartimeo no prestó atención alguna a los que mandaban se callara, sino que siguió insistiendo, porque conocía del poder del que iba de paso por Jericó. Las palabras de ayer, pueden hacer eco en tu mente, también en su corazón, para decirte que te levantes y depongas de todo lo que te impide a que clames al que todo lo puede, Él dijo de sí mismo que: ¡Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no andará en tinieblas! San Juan 8:12. El versículo 50 dice: El entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. ¡Aleluya, aleluya, siiiii, aleluya!. ¿Qué fue lo primero que hizo el hombre que mendigaba junto al camino? Arrojó su capa, se deshizo de su pieza de vestir, de cubrirse del frío que por mucho tiempo había llevado. Arrojó su capa, ¿Cuál es tu capa, cuál es el motivo, la razón, la carga que te impides
levantarte, tirar tu capa de esclavo del pecado, de un pasado tal vez que te atormenta, que te impide simplemente levantar tu voz? Jesús va de camino o Jesús, tal el mendigo Jean, puede detenerse o también visitarte y decirte: ¡Yo soy Jesús! La respuesta de Jesús para Bartimeo fue: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego de la historia responde: Maestro, que recobre la vista, versos 50 y 51. La respuesta a su petición fue de inmediato, porque Jesús solo le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. No sólo recibió la vista física, ahora tenía también la salvación de su alma; nunca jamás volvería a ser un mendigo en las calles polvorientas de Jericó, porque Jesús lo había convertido en un hombre nuevo. Luego de su sanidad, dice al final del verso 52 que él seguía a Jesús en el camino. ¡Gratitud! Es algo de lo que hace falta
en la vida de muchas personas. Recibimos, somos bendecidos día tras día, pero no nos atrevemos a seguir o tan solo tomar un momento de nuestro tiempo para dar gracias a aquellas personas que en un momento de nuestro existir nos bendijeron. De estar sentado junto al camino mendigando, ahora se convierte en un seguidor de Jesús en el camino. ¡Maravilloso es nuestro Dios! En un abrir y cerrar de ojos, somos transformados por su poder, por su gracia y por su inmenso amor. Dios quiere hacer lo mismo hoy con cada persona que lee este mensaje. Es el día de tu liberación, es el tiempo de hacer como Bartimeo, como Jean, aunque no seas una persona que mendigas por nuestras calles, aunque seas un hombre o una mujer que lo tienes todo; sin embargo, tú necesitas a Jesús en tu corazón, en tu vida, en tu hogar, en tu familia; inclusive, en la universidad, en la escuela o colegio, también en tus negocios u oficina.

Arroja tu capa, esta capa puede ser tu propio ego, orgullo o vergüenza que muchas veces invade tu interior y te impide exteriorizar las necesidades que hay en ti. Al recibir la vista, el mendigo Bartimeo también recobró su confianza en sí mismo; ya no tendría que mendigar jamás por aquellas calles, su liberación había llegado, ahora podía ver y podía caminar sin temor alguno por aquellas calles que tanto conocía sin temor. ¡Soy libre!, podía decir aquel hombre, porque Cristo Jesús llegó a su vida. Era un hombre totalmente nuevo, transformado por Jesucristo el Señor. Como dijo el profeta de Dios ayer, también te dice a ti hoy: ¡Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Dios ha nacido sobre ti!, Isaías 60:1. Jean fue liberado, Bartimeo también, a diferencia del primero, éste,
Bartimeo recibió la vista física de aquel que también había dicho ¡Yo soy la luz del mundo!. Él quiere ser tu luz hoy, también tu libertador. Bendiciones del cielo para cada persona que puede leer estas letras, escritas por el favor de Dios con la esperanza de bendecir.

 

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