EE UU e Irán negocian en la ONU: una confusa ventana al diálogo llena de líneas rojas

La visita de los dirigentes estadounidenses e iraníes a Nueva York ha abierto una ventana diplomática, pero también ha dejado al descubierto hasta qué punto siguen alejadas las posiciones de Washington y Teherán. El secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, confirmó este martes que Estados Unidos está abierto a reunirse con representantes iraníes durante la Asamblea General de la ONU, aunque precisó que no existe ninguna reunión programada por ahora. La condición estadounidense es que cualquier contacto tenga posibilidades de producir avances sobre el objetivo central de Washington: impedir que Irán disponga de un arma nuclear. 

Horas después, Donald Trump utilizó precisamente la tribuna de Naciones Unidas para endurecer el mensaje. El presidente estadounidense afirmó que tiene que tomar una “gran decisión” entre alcanzar un acuerdo que permita a Irán reconstruirse o “aniquilar” la República Islámica. Al mismo tiempo, sostuvo que espera alcanzar un pacto después de las elecciones legislativas de noviembre.

La contradicción es evidente, aunque no necesariamente significa que la vía diplomática esté cerrada. Washington mantiene simultáneamente presión militar, económica y retórica mientras deja abierta la posibilidad de negociación. Teherán hace algo parecido: reivindica su resistencia, amenaza con ampliar el conflicto si Estados Unidos escala y, al mismo tiempo, aparecen informaciones sobre posibles fórmulas para recuperar las conversaciones.

La última señal de esa diplomacia confusa procede precisamente del estrecho de Ormuz, convertido en uno de los principales puntos de presión de la guerra. Reuters y Kyodo informaron de que fuentes iraníes habían transmitido a Washington, a través de intermediarios, una posible propuesta para reabrir el estrecho en un plazo de siete días si Estados Unidos reducía la presión militar y levantaba su bloqueo sobre los puertos iraníes. La propuesta estaría vinculada a la reanudación de conversaciones destinadas a poner fin al conflicto de forma permanente.

Pero Teherán desmintió posteriormente que hubiese realizado esa oferta en esos términos. La agencia iraní Fars calificó las informaciones de inexactas y sostuvo que podían estar destinadas a influir sobre los precios del petróleo.

La consecuencia es importante: no existe actualmente un acuerdo estadounidense-iraní para reabrir Ormuz, ni puede darse por confirmado que la oferta de siete días constituya una propuesta oficial de Teherán. Lo que sí existe es una coincidencia evidente entre el principal interés estadounidense —normalizar el tráfico energético— y una de las principales palancas iraníes de presión.

Por Ormuz circulaba antes de la guerra aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado mundial. La alteración del tráfico ha repercutido sobre los mercados energéticos y constituye uno de los factores que hacen que cualquier negociación tenga consecuencias mucho más allá de las fronteras de ambos países.

Trump coloca el acuerdo después de las elecciones

El elemento político más llamativo de la intervención de Trump fue la fecha. El presidente estadounidense dijo que cree que Washington y Teherán alcanzarán un acuerdo “justo después” de las elecciones de medio mandato de noviembre. Presentó esa demora como consecuencia de que Irán estaría esperando conocer el resultado electoral estadounidense.

Esto introduce una incógnita adicional en la negociación. Las elecciones estadounidenses están previstas para el 3 de noviembre, de modo que Trump ha situado un posible avance diplomático en un horizonte concreto de unas semanas, pero no ha anunciado un calendario negociador formal ni un texto de acuerdo.

La posición pública de Washington continúa siendo maximalista. Rubio ha insistido en que el objetivo es impedir que Irán tenga un arma nuclear, mientras Trump ha defendido la campaña militar estadounidense e israelí como una respuesta necesaria ante ese riesgo.  Teherán, por su parte, mantiene otra línea roja: no quiere negociar desde una posición que interprete como capitulación. El presidente Masoud Pezeshkian llegó a Nueva York asegurando que defenderá firmemente las posiciones iraníes y presentará ante la comunidad internacional la versión de su Gobierno sobre la guerra.

El problema de fondo es que un acuerdo nuclear, un alto el fuego, la reapertura de Ormuz y el levantamiento de las sanciones son cuestiones relacionadas, pero no idénticas. Cualquier pacto tendrá que establecer qué concede cada parte, en qué orden y mediante qué mecanismos de verificación.

El discurso de Trump añade una dimensión de riesgo a la negociación. La amenaza de “aniquilar” Irán no es simplemente una advertencia militar abstracta: llega cuando ambas partes mantienen fuerzas desplegadas y cuando el estrecho de Ormuz continúa siendo vulnerable.

La Guardia Revolucionaria iraní ya había advertido que, si Estados Unidos aumenta la intensidad de la guerra, Teherán podría cambiar sus armas, tácticas y objetivos y “cambiar la geografía de la guerra”. La advertencia fue difundida por medios estatales iraníes y apunta a una posible ampliación del escenario del conflicto.

Además, un incidente reciente añade presión. Un petrolero fue alcanzado por un proyectil no identificado al entrar en Ormuz y dos tripulantes resultaron heridos, según las autoridades británicas de navegación marítima. No se ha establecido públicamente quién lanzó el proyectil.

El factor nuclear sigue siendo el centro

Washington presenta el programa nuclear iraní como la cuestión fundamental. Al respecto, Trump sostiene que la guerra impidió que Irán adquiriera un arma nuclear y reclama que cualquier acuerdo garantice que esa posibilidad quede descartada. Sin embargo, una negociación de ese alcance necesita algo más que una declaración política; requeriría mecanismos de inspección, compromisos verificables, calendarios precisos y una fórmula clara para determinar qué sanciones se levantan y bajo qué condiciones.

Además, la desconfianza es especialmente profunda después de meses de guerra. Irán ha cuestionado la posibilidad de negociar mientras continúan las operaciones militares estadounidenses e israelíes. Para Teherán, una negociación debe incluir garantías sobre el cese de las hostilidades; para Washington, el objetivo nuclear y la seguridad regional siguen siendo condiciones centrales.

A ello se añade el impacto internacional de la guerra. Una misión internacional de investigación de Naciones Unidas concluyó la semana pasada que existían “motivos razonables” para considerar que Estados Unidos estuvo detrás de dos ataques de febrero contra una escuela y una instalación deportiva iraníes que constituyeron crímenes de guerra. La misma misión concluyó que las autoridades iraníes habían cometido crímenes contra la humanidad durante la represión de las protestas. Son conclusiones de una misión investigadora, no sentencias judiciales, y Washington ha rechazado sus acusaciones.

La paradoja de Nueva York es que todos los elementos de una negociación están presentes, pero todavía no existe una negociación formal entre Trump y Pezeshkian.

Estados Unidos mantiene abierta la puerta al diálogo. Irán envía señales contradictorias sobre Ormuz. Los intermediarios continúan teniendo un papel relevante. Los mercados reaccionan inmediatamente a cualquier indicio de desescalada. Y Trump, mientras ofrece la posibilidad de un acuerdo, amenaza con una escalada de consecuencias extremas si ese acuerdo no llega.

La clave estará en saber si ambos Gobiernos pueden convertir sus mensajes públicos en compromisos concretos. Para Washington, eso significaría definir qué garantías considera suficientes sobre el programa nuclear y qué papel tendrán las sanciones. Para Teherán, determinar qué concesiones estadounidenses necesita para aceptar un proceso verificable y qué ocurrirá con Ormuz. @mundiario