El derbi madrileño recuperó su versión más visceral y volcánica en el Metropolitano, regalando noventa minutos de pura combustión que darán para ríos de tinta durante las próximas semanas. En una tarde donde el fútbol de trincheras se impuso a cualquier atisbo de sutileza, el Atlético de Madrid de Diego Pablo Simeone superó con rotundidad a un Real Madrid inoperante. La victoria colchonera, sin embargo, quedó impregnada de una espesa capa de indignación por un arbitraje de Ortiz Arias que terminó dinamitando la paciencia del banquillo visitante.
Tal y como lo explica el diario As, el artículo firmado por Luis Nieto, el choque arrancó con el termómetro desbordado y una permisividad arbitral que no tardó en inclinar la balanza emocional. Con el empate sin goles en el electrónico, el colegiado madrileño miró hacia otro lado en dos acciones clamorosas que debieron dejar a los locales en inferioridad numérica. La impunidad de la que gozaron tanto Cuti Romero como Kang-in Lee tras entradas desmedidas desató la cólera del bando blanco, que ya venía con la mosca detrás de la oreja por designaciones previas.
La situación rozó el esperpento cuando el VAR intervino para corregir una de las agresiones y sugerir la cartulina roja directa, recomendación que Ortiz Arias optó por desestimar sobre el césped. La decisión llovió sobre mojado en el seno del club merengue, donde aún escocían las recientes sospechas públicas en torno a la excesiva cercanía y camaradería del colegiado con futbolistas del FC Barcelona. La mecha estaba prendida y el partido ya no tuvo vuelta atrás.
Más allá del clamor reglamentario, el planteamiento de José Mourinho se derrumbó con estrépito ante la intensidad local. El técnico portugués vio cómo su bloque naufragaba en la salida de balón, incapaz de tejer tres pases seguidos ni de contener el empuje de la medular atlética. La desconexión entre líneas convirtió la velada en una pesadilla táctica para los de Chamartín, lentos en las ayudas y huérfanos de rebeldía ofensiva.
En el costado rojiblanco, la fiesta llevó la firma y los genes de la casa. Giuliano Simeone completó un partido memorable, erigiéndose en el alma competitiva del choque a base de una presión asfixiante, desmarques constantes y una fe inquebrantable en cada dividida. El canterano contagió a la grada y desquició a la zaga madridista, convirtiendo cada transición en una amenaza letal.
La sentencia de Huijsen y el incendio que el parón no logrará apagar
La puntilla para el Real Madrid llegó en una jugada que terminó por colmar el vaso de la frustración visitante. En esta ocasión, Ortiz Arias sí acudió a la pantalla a instancias del videoarbitraje para revisar una acción de Dean Huijsen en el área. El penalti, claro y manifiesto, vino acompañado de la cartulina roja para el zaguero blanco, dejando a los de Mourinho con diez hombres y la soga al cuello ante el delirio de la grada local.
El doble rasero a la hora de acudir al monitor y la disparidad de criterios para castigar la dureza terminaron de desquiciar al cuadro blanco. El penalti transformado no hizo más que certificar una superioridad que el Atlético ya venía madurando desde el juego colectivo, aprovechando la desconexión emocional de un adversario que bajó los brazos superado por el entorno y sus propios fantasmas.
El pitido final confirmó una derrota dolorosa que abre una brecha inquietante en la tabla respecto al líder barcelonista. Para Mourinho, el tropiezo en San Blas desnuda las costuras de un proyecto que en las grandes citas sigue adoleciendo de colmillo y jerarquía cuando el rival le discute el control del ritmo con el cuchillo entre los dientes.
En el Comité Técnico de Árbitros, por su parte, el encuentro se traduce en un auténtico tiro al aire que deja víctimas en el camino. Lejos de imponer orden o impartir justicia salomónica, la actuación de Ortiz Arias reaviva el fantasma de la sospecha y garantiza un debate incendiario que ni siquiera la pausa internacional de selecciones logrará enfriar en las tertulias deportivas.
El Metropolitano celebra un triunfo de pura casta que reafirma el idilio de Simeone con las noches grandes ante el eterno rival. El Atlético sale fortalecido en su candidatura al título liguero, mientras el Real Madrid se marcha al parón consumido por la impotencia, las quejas arbitrales y la certeza de que su fútbol hoy estuvo a años luz de lo que demandaba el derbi. @mundiario
