Las nuevas medidas anunciadas para el Mundial de Clubes vuelven a poner el foco sobre un fenómeno que lleva años creciendo de forma silenciosa en el fútbol.
Oficialmente, el objetivo consiste en aumentar el tiempo efectivo de juego. Reducir pérdidas de tiempo, castigar retrasos y compensar interrupciones parece una idea difícil de discutir.
Sin embargo, existe otra realidad que cada vez resulta más evidente. Los partidos duran mucho más que hace una década. Los descuentos son mayores, las revisiones del VAR se multiplican y las interrupciones forman parte habitual de cualquier encuentro importante.
La consecuencia es que un partido que antes terminaba en torno a las dos horas ahora puede acercarse con frecuencia a las dos horas y media entre previa, descanso y tiempo añadido.
Pero el tiempo no es el único problema. El fútbol moderno también vive una creciente dependencia de la tecnología. Muchas jugadas ya no se celebran de forma inmediata porque jugadores y aficionados esperan durante varios segundos la validación del VAR.
A eso se suma un calendario cada vez más saturado. Más competiciones, más partidos internacionales, más torneos de verano y menos espacio para el descanso. Los clubes se quejan, los futbolistas se quejan y, aun así, el calendario sigue creciendo.
Tampoco ayuda la dificultad para mantener la atención de los espectadores más jóvenes. Mientras otras formas de entretenimiento compiten por cada minuto libre, el fútbol responde ofreciendo partidos más largos y retransmisiones más extensas.
Por eso la cuestión quizá no sea si una nueva norma funcionará o no. La verdadera pregunta es si el fútbol está intentando solucionar problemas secundarios mientras evita hablar de los grandes debates que condicionan su futuro: el exceso de partidos, la dependencia tecnológica, la pérdida de espontaneidad y una duración cada vez mayor que ya pocos parecen querer reconocer. @mundiario
