El tenis masculino acaba de romper una continuidad que se remontaba al nacimiento de los Grand Slam. Desde el primer Wimbledon, disputado en 1877, siempre había existido al menos un jugador con revés a una mano capaz de alcanzar las semifinales de uno de los cuatro grandes torneos durante la temporada. En 2026 ya no ocurrirá.
Stefanos Tsitsipas era el último jugador que podía mantener viva esa presencia en el US Open, pero Ben Shelton lo eliminó en octavos de final por 6-2, 6-3 y 6-4. El estadounidense no concedió una sola bola de break y explotó uno de los problemas que afronta este golpe frente al tenis actual: cargó repetidamente su derecha zurda sobre el revés del griego para desplazarlo y abrir posteriormente el resto de la pista.
La derrota tiene una dimensión mayor que el resultado. Durante décadas, el revés a una mano estuvo asociado a algunos de los mejores jugadores del mundo. Ivan Lendl, Stefan Edberg, Pete Sampras, Gustavo Kuerten, Roger Federer o Stan Wawrinka llegaron a la cima manteniendo una técnica que progresivamente fue perdiendo representantes mientras el revés a dos manos se convertía en el estándar.
El cambio responde también a la propia evolución del juego. La velocidad de pelota, las superficies y las características del tenis moderno han ido favoreciendo una solución que proporciona mayor estabilidad, especialmente cuando el jugador dispone de poco tiempo para reaccionar. Lorenzo Musetti, uno de sus principales defensores actuales, reconoce que el revés a dos manos ofrece una ventaja en el tenis de hoy.
La diferencia aparece todavía con mayor claridad al devolver. Diane Parry, otra de las jugadoras que mantiene el golpe a una mano, ha llegado a experimentar con un sistema híbrido: utiliza las dos manos ante determinados servicios para ganar estabilidad y vuelve posteriormente a su golpe habitual durante el intercambio. Una adaptación que refleja hasta qué punto la velocidad del juego obliga a buscar nuevas respuestas.
Existe además un problema generacional. Roger Federer considera que cada vez menos entrenadores enseñan el revés a una mano desde las categorías inferiores. Durante su formación, la mayoría de sus técnicos utilizaban ese golpe; ahora predominan los entrenadores y jugadores que emplean dos manos. Para un niño que comienza a jugar, controlar inicialmente la pelota de esa manera resulta más sencillo, lo que reduce todavía más la cantera de futuros especialistas.
La tendencia ya era evidente antes de este US Open. Desde 2021, Tsitsipas, Denis Shapovalov y Musetti han sido los únicos jugadores con revés a una mano capaces de aparecer en unas semifinales de Grand Slam. La generación de Federer, Wawrinka, Dominic Thiem o Grigor Dimitrov todavía permitió mantener una presencia habitual de esta técnica en las rondas decisivas, pero el relevo ha sido cada vez menor.
Eso no significa que esté condenado a desaparecer. El golpe conserva ventajas propias y algunos jugadores continúan apostando por él. La austríaca Lilli Tagger, de 18 años y actualmente dentro del Top 50 de la WTA, cambió voluntariamente del revés a dos manos al de una cuando tenía 12. En 2026 ya ha conquistado su primer título WTA, convirtiéndose en uno de los ejemplos más interesantes de resistencia entre las nuevas generaciones.
El revés a una mano seguirá apareciendo en las pistas, pero su espacio dentro de la élite se ha reducido de forma evidente. El US Open de 2026 marca una frontera histórica: por primera vez desde que comenzó el tenis de Grand Slam en 1877, terminará una temporada sin uno de estos jugadores en unas semifinales masculinas. Más que la desaparición de un golpe, el dato confirma hasta qué punto el tenis moderno está cambiando la manera de jugarlo. @mundiario
