El vestido de la venganza de la princesa Diana saldrá a subasta por primera vez

Hay vestidos que pasan de moda y otros que terminan formando parte de la historia. El que Diana, princesa de Gales llevó en 1994 pertenece a la segunda categoría. La prenda negra de seda diseñada por Christina Stambolian, convertida por la prensa en el célebre “vestido de la venganza”, volverá a cambiar de manos casi tres décadas después de la última subasta en la que apareció. Sotheby’s ha anunciado que el diseño será una de las piezas estrella de su Luxury Week y que podrá alcanzar un precio de entre 150.000 y 300.000 dólares.

La subasta está prevista para el próximo 9 de diciembre en Nueva York, pero antes el vestido emprenderá un recorrido internacional. Sotheby’s lo exhibirá primero en Londres, a partir del 18 de septiembre, y posteriormente viajará a Ginebra y Hong Kong antes de llegar a Estados Unidos. La expectación responde tanto al valor de la pieza como a la historia que quedó asociada a ella.

La imagen de Diana descendiendo de su vehículo aquella noche sigue siendo reconocible décadas después. No fue únicamente el vestido lo que llamó la atención: el escote descubierto, la silueta asimétrica, la cola de gasa y el contraste con el esmalte rojo construyeron una imagen deliberadamente alejada de la estética más contenida que durante años había acompañado a la princesa.

El contexto convirtió aquella elección en algo mucho mayor que una cuestión de moda. Diana acudía a una cena benéfica organizada por Vanity Fair en la Serpentine Gallery de Londres el mismo día en que se emitía una entrevista televisiva en la que Carlos admitía públicamente su infidelidad con Camilla Parker Bowles. La princesa conocía la repercusión que tendría cualquier movimiento suyo y, en lugar de desaparecer de la escena pública, decidió presentarse ante las cámaras.

Cuando un vestido se convierte en un mensaje

La expresión “vestido de la venganza” surgió posteriormente para describir aquella aparición, aunque la propia historia contiene una lectura bastante más compleja. Anna Harvey, estilista de Diana durante aquella etapa, aseguró que la intención de la princesa era, sencillamente, “estar espectacular”. Sin embargo, el efecto de la elección terminó superando cualquier explicación personal.

La prenda llevaba tres años guardada en el armario de Diana porque ella misma consideraba que resultaba demasiado atrevida para determinados actos públicos. Aquella noche decidió estrenarla. La elección adquirió así una dimensión simbólica: mientras su matrimonio atravesaba uno de sus momentos más delicados, Diana apareció ante el mundo con una imagen que proyectaba seguridad, independencia y control sobre su propia apariencia.

Ahí reside buena parte de la importancia cultural del vestido. El diseño de Stambolian reinterpretaba el clásico little black dress que había popularizado Coco Chanel décadas antes. El negro, tradicionalmente relacionado con el luto, había pasado a representar también sofisticación y libertad. Diana llevó esa idea a otro terreno: utilizó una prenda de noche para construir una imagen pública difícil de ignorar.

La princesa completó el conjunto con zapatos negros, bolso de mano y una espectacular gargantilla elaborada a partir de un broche de diamantes y zafiros que había pertenecido a la Reina Madre. El resultado fue una imagen que no necesitó declaraciones para generar titulares.

La segunda vida de una pieza histórica

La historia del vestido tampoco terminó con aquella noche. En junio de 1997, apenas dos meses antes de la muerte de Diana en un accidente de tráfico, la princesa puso a la venta 79 de sus vestidos en una subasta benéfica de Christie’s. El objetivo era recaudar fondos para organizaciones dedicadas a la lucha contra el cáncer y el sida.

El vestido de Stambolian terminó en manos del matrimonio escocés formado por Grahame y Briege Mackenzie, que pagó 39.098 libras por él. Su propietaria lo conservó durante casi treinta años y ahora considera que ha llegado el momento de cerrar ese capítulo.

El valor estimado por Sotheby’s supone una distancia considerable respecto al precio que alcanzó en 1997 y demuestra hasta qué punto ha cambiado la percepción de determinados objetos vinculados a Diana. La pieza ya no se contempla únicamente como una creación de moda de los años noventa: es también un fragmento de la cultura popular y de la historia de la monarquía británica.

Su próxima subasta permitirá comprobar cuánto está dispuesto a pagar el mercado por uno de los vestidos más reconocibles de la princesa. Pero también plantea una cuestión más interesante: qué ocurre cuando una prenda deja de pertenecer a su propietaria original y empieza a representar una época, una personalidad y un momento histórico.

Casi treinta años después de aquella aparición, el vestido continúa transmitiendo la misma idea que hizo que las cámaras se fijaran en Diana aquella noche. Ya no necesita una polémica matrimonial para llamar la atención. Su propia historia se ha convertido en parte de su valor. @mundiario