Florentino Pérez endurece la campaña del Real Madrid: Riquelme le planta cara

El Real Madrid vuelve a vivir algo que parecía prácticamente extinguido en su ecosistema institucional: unas elecciones con verdadera confrontación política. Después de dos décadas en las que Florentino Pérez ha gobernado el club con una hegemonía casi absoluta, la irrupción de Enrique Riquelme ha alterado un escenario que muchos consideraban cerrado de antemano. Y la respuesta del actual presidente deja claro que no piensa afrontar este desafío desde la comodidad de quien se siente invulnerable.

Florentino ha decidido salir al ataque. Lo hizo en un acto cuidadosamente diseñado, rodeado de socios, leyendas históricas y representantes de distintos ámbitos sociales y empresariales. Pero, sobre todo, lo hizo desde una posición discursiva muy concreta: convertir las elecciones no en una discusión sobre gestión deportiva o económica, sino en una batalla existencial sobre la propiedad, la memoria y el control del Real Madrid.

El mensaje central de Florentino fue diáfano. Él representa la estabilidad, la solvencia y la defensa del modelo histórico del club; sus adversarios, en cambio, serían la prolongación de etapas oscuras y peligrosas para la institución. No fue casual que mencionara repetidamente la presidencia de Ramón Calderón como “la etapa más siniestra” de la historia reciente madridista. Tampoco que insistiera en los vínculos familiares, empresariales o personales de algunos integrantes de la candidatura rival con aquel periodo.

La estrategia resulta políticamente eficaz porque activa uno de los grandes miedos históricos del madridismo: perder el control institucional del club o regresar a etapas percibidas como caóticas.

Florentino conoce perfectamente esa psicología colectiva. Durante años ha construido un relato de presidencia asociado al orden financiero, la expansión global de la marca y la modernización patrimonial del Madrid. El nuevo Bernabéu, las cuentas saneadas y la potencia comercial del club constituyen la base de una legitimidad difícil de discutir incluso para muchos de sus críticos.

Y los datos, en gran medida, avalan esa narrativa. El Real Madrid es hoy una de las entidades deportivas más poderosas del mundo, con ingresos gigantescos, una capacidad de generación de negocio extraordinaria y un peso global incomparable en el fútbol europeo. La estabilidad económica lograda tras la pandemia reforzó todavía más la imagen de Florentino como gestor eficaz.

Precisamente por eso adquiere relevancia el tono ofensivo adoptado ahora por el presidente. Porque revela que, aunque siga siendo amplísimo favorito, percibe la aparición de una amenaza política que considera necesario neutralizar desde el primer momento.

La frase más dura de su intervención probablemente fue la dirigida directamente contra Enrique Riquelme: “Ahora entendemos por qué ningún banco español quiso darle el aval”. Con ella no solo intentaba cuestionar la solvencia económica de su rival. También buscaba erosionar uno de los elementos fundamentales de cualquier candidatura presidencial en el Real Madrid: la credibilidad empresarial. En el fondo, Florentino plantea una idea muy simple: dirigir el Madrid exige una capacidad financiera, institucional y política excepcional que no puede improvisarse.

Riquelme, la alternativa

Sin embargo, la candidatura de Enrique Riquelme también revela algo importante: empieza a existir un sector del madridismo que considera excesivamente concentrado el poder presidencial y que desea reabrir debates sobre gobernanza, participación y renovación institucional. Ahí encaja precisamente el anuncio de la llamada “Ciudad del Socio”, un ambicioso proyecto en Valdebebas concebido —según sus promotores— “por y para los socios”. La propuesta intenta ofrecer algo más que oposición simbólica. Busca proyectar una alternativa de club donde el socio recupere protagonismo patrimonial y no sea únicamente un actor sentimental dentro de una maquinaria global gigantesca. Esa idea conecta con un debate mucho más profundo sobre el futuro de las grandes entidades deportivas europeas.

Porque el Real Madrid vive una paradoja singular. Sigue siendo formalmente propiedad de sus socios y uno de los pocos gigantes europeos que no pertenece a fondos soberanos, magnates extranjeros o grupos empresariales multinacionales. Pero al mismo tiempo se ha convertido en una corporación global de enorme complejidad financiera y tecnológica cuyo funcionamiento cotidiano resulta cada vez más distante del socio tradicional.

Florentino intenta resolver esa contradicción reforzando precisamente el relato de la propiedad colectiva. “Los socios somos y seremos los dueños del club”, proclamó. Pero la oposición replica que la hiperpresidencialización del modelo madridista ha reducido enormemente la capacidad real de participación interna.

El choque entre ambas visiones explica la dureza creciente de la campaña. Y en medio de esa batalla reaparece además el caso Negreira, convertido por Florentino en un elemento identitario de confrontación institucional con el FC Barcelona y con determinadas estructuras del fútbol español. El presidente blanco insiste en que el Madrid no dejará de perseguir responsabilidades y promete incluso trasladar documentación a la UEFA.

No es únicamente una cuestión deportiva. Florentino utiliza también el caso Negreira como símbolo de una idea más amplia: la necesidad de defender al Real Madrid frente a poderes externos, campañas mediáticas y estructuras supuestamente hostiles al club.

Esa narrativa fortalece su liderazgo entre amplios sectores del madridismo porque conecta con una tradición emocional muy arraigada: la sensación de que el Madrid siempre debe protegerse frente a enemigos internos y externos. Sin embargo, la existencia misma de unas elecciones competitivas ya representa una novedad política relevante dentro del club. Hacía años que ningún empresario con cierto peso económico y mediático se atrevía a desafiar seriamente el dominio de Florentino Pérez.

La candidatura de Riquelme probablemente no parte como favorita. El aparato institucional, el respaldo social y el legado deportivo del actual presidente siguen siendo inmensos. Pero su aparición sí rompe una dinámica de unanimidad casi absoluta que parecía irreversible. Y quizá eso explique el tono especialmente duro del presidente blanco. Porque las organizaciones más poderosas suelen mostrarse más agresivas precisamente cuando perciben que deja de existir consenso total alrededor de su liderazgo.

El Real Madrid entra así en unas elecciones que trascienden el simple relevo presidencial. Lo que realmente se debate es qué tipo de club quiere ser el madridismo en las próximas décadas: una gran corporación global dirigida desde una lógica casi ejecutiva o una institución donde los socios recuperen una capacidad más visible de influencia y participación. Por ahora, Florentino sigue dominando claramente el tablero. Pero el hecho de que haya decidido salir tan frontalmente al ataque demuestra que esta vez considera que merece la pena librar la batalla. @mundiario