Un año, dos millones de contagios y más de 32.000 muertos después, han regresado el ‘Spring Break’ y el desmadre a Florida. Miami ha sido su capital en la última semana. Tanto, que la ciudad ha acabado en toque de queda.
Miami, como cualquier destino turístico (España lo sabe mejor que nadie), busca un equilibrio difícil en la pandemia: no cerrar uno de sus principales negocios y ser un lugar seguro. Al frente de la ciudad está Francis Suárez, alcalde desde 2017, miembro de la comunidad cubana y de estirpe política. Su padre, que huyó del comunismo en Cuba como tantos otros de Miami, fue también su regidor. Suárez, con pinta de galán de telenovela, ha usado la pandemia para tratar de transformar Miami en algo más que un polo turístico. El cambio climático es una amenaza para sus playas, Miami Beach sufre inundaciones constantes, y su futuro está en duda. Un informe del think tank Resources for the Future la calificó el año pasado como «la gran ciudad del mundo más vulnerable al cambio climático».
El objetivo de Suárez es convertir a Miami en el nuevo Silicon Valley: atraer a tecnológicas con el caramelo de su buen tiempo (aquí no menciona el calor insoportable del verano y la amenaza de los huracanes en otoño), sus playas, sus precios y sus impuestos bajos (en Florida, como en Texas, no hay impuesto estatal y el que puede se muda allí para pagar menos). ¿Para qué vivir en San Francisco, donde un apartamento cuesta una fortuna, si por lo mismo te compras una mansión en Miami y, además, el agua de la playa, al contrario que la bahía franciscana, está caliente?
Suarez se marcó ‘un Laporta’ e instaló un cartel gigantesco en una de las principales autopistas de San Francisco para que los informáticos de Google o Facebook vieran su mensaje: ‘¿Estás pensando en mudarte a Miami? Escríbeme por privado’, rezaba el cartelón, que imitaba un mensaje de Twitter desde la cuenta de Suárez. El alcalde ha conseguido establecer una creciente comunidad de emprendedores e inversores en el sector tech y, ha vendido a Miami como una ciudad amante de las criptomonedas (algo muy poco sostenible en lo medioambiental, por otro lado).
De momento, lo que atrae en masa Miami sigue siendo a juerguistas. Desde fuera, Florida se vende como un lugar ‘abierto para el negocio’ y los jóvenes han vuelto a emigrar para su ‘Spring Break’. «Miami está en boom y Los Ángeles no lo está, Nueva York tampoco», celebraba el mes pasado el gobernador del estado, Ron DeSantis, un aliado de Donald Trump que ha evitado imponer la obligación de llevar mascarilla y ha eliminado todas las restricciones en Florida.
El lunes, la policía intervino ante un fiestón en Ocean Drive, la principal arteria de Miami Beach, con la chavalería sin mascarilla ni distancia. Los incidentes continuaron el resto de la semana, hasta que el jueves hubo antidisturbios, estampidas, disparos, lanzamiento de sillas de los restaurantes de la zona… Se impuso un toque de queda de 8 de la tarde a 6 de la mañana que va a quedar hasta abril. Sus negocios quizá no pierdan tanto: el ‘Spring Break’ es turismo de botellón, con más riesgo de propagar el virus que de mover dólares.

