medidas que frenen la crisis alimentaria global en ciernes, ya que su ejército controla los puertos del Mar Negro e impide la exportación de grano desde el país invadido. El político italiano señala con razón como este bloqueo está dañando a países en vías de desarrollo, en especial en el continente africano, y producirá más pronto que tarde una catástrofe humanitaria y una oleada de inmigración descontrolada hacia Europa. La ruptura de las cadenas de suministro, los problemas del transporte marítimo o la inflación al alza añaden todavía más complejidad a este asunto.
Pero Putin no está dispuesto a modificar ni un ápice su brutal guerra de debilitamiento gradual del país vecino, sin reparar en el coste de vidas humanas. Ha contestado a Draghi con una solicitud de rebajar las sanciones económicas y financieras de la UE contra Rusia y así poder comprar el abundante grano ruso. Se trata de un portazo del autócrata a un antiguo socio cercano. El italiano no se arredra, sabe que ha hecho lo correcto y además ha introducido este asunto en la lista de prioridades de Bruselas. Las instituciones europeas han dado muchas pruebas a lo largo del proceso de integración de que saben gestionar con éxito los asuntos económicos, a veces a través de un método de prueba y error. Draghi fue el héroe de la crisis del euro, al conseguir que el BCE mutase en garante de la estabilidad financiera, en tiempo record y sin tener que reformar los tratados. Pero la guerra de Ucrania es un test mayúsculo para todos los dirigentes comunitarios. Nadie sabe a estas alturas si la Unión sabrá dar el siguiente paso y dotarse a tiempo de capacidades para abordar con eficacia retos geopolíticos.
