«Expresamos nuestra inquietud, porque Mozambique, que es uno de los países más pobres de África, ya estaba siendo golpeado por las crisis climáticas, y ahora se añade el terrorismo», lamenta David del Campo, director de Cooperación Internacional y Acción Humanitaria de Save the Children, a ABC. «Atacan a la población civil para inyectar miedo. Intentan ganar sus batallas a través de la violencia contra los niños», señala también, recordando que la inestabilidad de otras zonas, como la del Sahel, parece estar reproduciéndose por nuevas regiones del continente, expandiendo la violencia.
Práctica frecuente
«Las decapitaciones también se produjeron en Mozambique en 2018, 2019 y 2020», denuncia Zenaida Machado, encargada de investigación sobre Angola y Mozambique en la división africana de ‘Human Rights Watch’, a este periódico. Para la trabajadora humanitaria, las familias que han perdido a sus seres queridos en un ataque de este tipo, o que lo han tenido que presenciar, deben recibir asistencia psicológica inmediata, con el propósito de paliar la probable herida emocional que esa experiencia les ha ocasionado. Del mismo modo, exige hacer un esfuerzo por reunir a los menores desaparecidos o que se han perdido con sus hermanos y padres.
«El grupo que opera en el norte de Mozambique está vinculado a Daesh», explica Dagauh Komenan. Según el africanista, el origen de la violencia se puede buscar en 2014, cuando los terroristas del autodenominado Estado Islámico (EI) comenzaron a ser hostigados sin tregua en Oriente Próximo, de un lado por las fuerzas sirias de Al Assad, por Irán y Rusia, y de otro por la coalición internacional liderada por Estado Unidos. «En África -añade-, los yihadistas se han dado cuenta de que pueden tener éxito. Siempre buscan lugares que son ricos en recursos naturales, como Cabo Delgado, porque se lucran con el petróleo o el gas».
Descontento y radicalismo
Sin embargo, Komenan recuerda que la estrategia de Daesh no se limita a la antigua colonia portuguesa. También en Nigeria, una facción de Boko Haram se ha adscrito al EI. En ambos casos, los radicales eligen como bastión regiones de mayoría musulmana, donde la población, que alberga resentimiento contra las élites políticas, canaliza su descontento a través del islam más extremista.
«No es una casualidad que la radicalización en Cabo Delgado coincida con los anuncios sobre la explotación de gas», añade el también africanista Omer Freixa. «Las dos claves para comprender ese proceso son los recursos y la pauperización, como pasa al norte de Mali. La explotación de recursos como el gas aleja del circuito económico a poblaciones enteras, que se radicalizan por falta de incentivos», matiza.
«Existen dos tipos de desplazados. Por un lado, los que provoca el gas, porque hay personas que tienen que abandonar los lugares de costa donde viven, y los que está causando el conflicto», confirma a este periódico un exfuncionario del Ministerio de Medioambiente de Mozambique, que pidió mantener el anonimato, y al que la violencia alejó del parque nacional de Quirimbas, situado en provincia de Cabo Delgado. «La explotación de gas -considera- no es algo necesariamente bueno para la población local».

