La muerte de Harald V a los 89 años activa de inmediato la sucesión de la Corona noruega. Su hijo Haakon asume el trono como Haakon VIII y deja a la princesa Ingrid Alexandra, de 22 años, como heredera. El nuevo monarca afronta una etapa complicada para la Corona, en la que debe mantener la confianza de los noruegos mientras intenta recomponer la imagen de una familia real golpeada por los escándalos de Marius Borg Høiby y la relación de Mette-Marit con el pederasta Jeffrey Epstein.
El nuevo monarca tiene 53 años y llega al trono después de más de dos décadas preparándose para un cometido que conocía bien, pero que ahora adquiere una dimensión completamente distinta. Haakon VIII hereda una Corona con un sólido respaldo popular, pero también sometida al mayor desgaste reputacional de las últimas décadas.
La institución no está en peligro. Una encuesta de InFact para Nettavisen situó en torno al 65 % el apoyo a la continuidad de la monarquía y hasta un 78 % de los ciudadanos consideraba que Haakon lo hará “muy bien” o “bastante bien”. Pero el nuevo rey tendrá que gobernar sobre una realidad diferente a la que dejó su padre, los noruegos siguen apoyando la monarquía, pero ya no conceden a la familia real el mismo crédito de manera automática. Y en el centro de ese problema aparece una figura especialmente delicada: la nueva reina consorte.
Harald V había sido monarca desde 1991. Durante sus últimos años, sus problemas de salud hicieron que Haakon asumiera con frecuencia las funciones de su padre, hasta el punto de que la transición llevaba tiempo ensayándose. En un documental emitido por la televisión noruega en 2020 reconoció que nadie puede estar completamente preparado para ser rey y admitió que heredaría “unos zapatos muy grandes”. Pero también dejó clara su intención de no convertirse en una copia de Harald. «Tengo que hacerlo a mi manera», explicó entonces.
Harald construyó durante 35 años una relación excepcional con la sociedad noruega. Fue un rey cercano, enormemente popular y capaz de mantener una valoración personal extraordinariamente elevada incluso cuando la institución comenzaba a sufrir por los problemas de otros miembros de la familia. Haakon tendrá que demostrar que puede hacer algo más difícil, conservar esa confianza en una Corona que ya no disfruta de la misma indulgencia social.
Así queda la línea de sucesión al trono de Noruega
Con la llegada de Haakon VIII al trono, la sucesión queda encabezada por su hija mayor. La abolición de la ley sálica en la sucesión noruega, aprobada en 1990, garantiza que Ingrid Alexandra ocupe el primer lugar aunque tenga un hermano varón.
La línea queda así:
- Rey Haakon VIII, 53 años.
- Princesa Ingrid Alexandra, 22 años, hija mayor de Haakon y Mette-Marit y nueva princesa heredera.
- Príncipe Sverre Magnus, 20 años, segundo hijo de los nuevos reyes.
El cambio es significativo. Ingrid Alexandra se incorpora oficialmente al grupo de futuras reinas europeas junto a otras herederas como Leonor de España, Amalia de los Países Bajos e Isabel de Bélgica. Su posición también confirma una transformación profunda de la institución. Cuando llegue su momento, Noruega tendrá una reina preparada desde la infancia para ejercer una jefatura del Estado en una sociedad en la que la igualdad entre hombres y mujeres forma parte de su identidad política.
Marius Borg Høiby no pertenece a la Casa Real y no forma parte de la línea sucesoria. Es el hijo que Mette-Marit tuvo antes de su matrimonio con Haakon y fue criado por el entonces príncipe heredero como un miembro más de la familia, pero nunca adquirió derechos dinásticos.
El gran problema de Haakon se llama Mette-Marit
El nuevo rey llega al trono con una popularidad personal todavía elevada. El problema está en el entorno que le acompaña. Mette-Marit ha pasado de ser la joven madre soltera que provocó controversia antes de casarse con el heredero a convertirse en una de las figuras más cuestionadas de la monarquía noruega.
Su historia comenzó con una importante dosis de polémica. Cuando Haakon anunció su relación con ella a finales de los años noventa, buena parte del país discutió si una futura reina debía tener un pasado como el suyo. Finalmente, el amor se impuso y ambos se casaron el 25 de agosto de 2001.
Durante años, los noruegos terminaron aceptándola. Pero la situación ha cambiado radicalmente. La relación de Mette-Marit con Epstein, el financiero estadounidense condenado por delitos sexuales con menores, ha abierto una crisis de confianza que se ha añadido a la enorme conmoción provocada por los problemas judiciales de su hijo. La cuestión no es únicamente la relación que mantuvo con Epstein. El problema para la Corona es la transparencia con la que se gestionó y la percepción de que la familia real no explicó suficientemente qué ocurrió y qué sabía Mette-Marit sobre las andanzas de uno de los personajes más oscuros de la jet set global.
Los noruegos han dejado de perdonar automáticamente
El cambio en la opinión pública resulta revelador. La monarquía conserva una mayoría favorable. Pero el respaldo ha descendido con claridad respecto a años anteriores. En febrero, un sondeo de NRK situó la aceptación de la institución en el 60%, diez puntos menos que algunos registros anteriores. El dato más significativo es el contraste entre Haakon y su esposa.
El heredero seguía obteniendo una valoración elevada. Mette-Marit, en cambio, se encontraba muy por debajo. Eso coloca al nuevo rey ante una ecuación difícil de despejar: Haakon debe proteger la institución sin parecer que protege a su familia por encima de la exigencia de transparencia. La cuestión será especialmente sensible porque la salud de Mette-Marit añade una dimensión humana a un problema institucional. La nueva reina consorte fue sometida en junio a un trasplante de pulmón después del agravamiento de la fibrosis pulmonar que padece desde 2018.
Durante estos meses ha permanecido prácticamente apartada de la vida pública. Su recuperación tendrá que convivir con la necesidad de reconstruir su relación con una sociedad que durante mucho tiempo estuvo dispuesta a darle una segunda oportunidad y que ahora parece haber agotado buena parte de esa paciencia.
La situación se complica todavía más por Marius Borg. El joven ha terminado afectando directamente a la imagen de la familia que le crió. Su condena a cuatro años de prisión por delitos sexuales y otros delitos ha convertido un problema privado en una cuestión con consecuencias institucionales. Haakon ha ejercido durante años como una figura paterna para Marius. Esa circunstancia hace prácticamente imposible separar por completo el drama familiar de la imagen del nuevo rey. Pero precisamente ahí tendrá que actuar Haakon con una prudencia extraordinaria. @mundiario

