Iago Aspas volvió a demostrar que su influencia trasciende el paso del tiempo. Con 38 años y dudas abiertas sobre su continuidad, el capitán del Celta saltó al césped en el tramo final y transformó un partido gris en una celebración colectiva. Su doblete ante el Mallorca no solo resolvió el duelo, sino que catapultó a los vigueses hasta el sexto puesto.
Hasta su entrada, el encuentro se movía entre la espesura y la frustración. Hugo Álvarez agitaba el costado con regates y descaro, pero el gol se resistía. El Mallorca sobrevivía sin ofrecer apenas amenaza real, mientras Balaídos esperaba una chispa que rompiera la monotonía.
La decisión de Giráldez cambió el guion. Borja Iglesias forzó un penalti tras el agarrón de Raíllo y Aspas asumió la responsabilidad con la serenidad de quien domina el oficio. El tanto abrió el partido y también la herida visitante, incapaz de reaccionar con convicción.
Lejos de conformarse, el Celta siguió empujando. Una espuela marca de la casa habilitó a Swedberg, que devolvió el balón a su capitán dentro del área. Allí, donde el margen es mínimo y el error se paga, Aspas definió con la precisión que lo ha convertido en leyenda.
La pregunta ya no es si puede seguir compitiendo al máximo nivel, sino cuánto tiempo más quiere hacerlo. En apenas veinte minutos recordó por qué es el faro del Celta y uno de los símbolos más duraderos del campeonato. @mundiario
