Irán desafía al Mundial más difícil de todos

Mientras muchas selecciones llegaron al Mundial 2026 con la única preocupación de preparar partidos, recuperar a sus futbolistas y gestionar la presión deportiva, Irán ha tenido que afrontar una realidad completamente diferente. La selección asiática ha disputado el torneo con obstáculos que ningún otro participante ha sufrido y, aun así, sigue teniendo muchas opciones de estar en los dieciseisavos de final.

El contexto político entre Estados Unidos e Irán condicionó desde hace meses la presencia del combinado asiático en el Mundial. Aunque la FIFA logró garantizar la participación del equipo, las restricciones de entrada al país anfitrión obligaron a modificar gran parte de la planificación prevista inicialmente.

La consecuencia más visible fue que Irán tuvo que establecer su base de operaciones en Tijuana, en México, y no en Estados Unidos como la inmensa mayoría de las selecciones que disputaron partidos en territorio estadounidense. Desde allí ha tenido que desplazarse para jugar sus encuentros y regresar posteriormente a suelo mexicano.

La situación llegó hasta el punto de que las autoridades estadounidenses únicamente permitían inicialmente que la expedición iraní entrase en el país pocas horas antes de los encuentros y abandonase el territorio tras los mismos. Las quejas de la federación iraní y de la propia FIFA consiguieron cierta flexibilización para el partido ante Egipto en Seattle, pero el desgaste acumulado ya era evidente.

Durante el torneo tampoco faltaron los incidentes. Mehdi Taremi y un miembro del cuerpo técnico fueron retenidos temporalmente en un aeropuerto estadounidense antes de un desplazamiento, provocando retrasos en el viaje de la selección. Además, Irán denunció problemas con visados y limitaciones para parte de su personal de apoyo.

La frustración terminó explotando públicamente tras el empate frente a Egipto. Taremi calificó la experiencia de Irán en este Mundial como un «desastre» y criticó a la FIFA por no haber solucionado los problemas que arrastra la selección desde el inicio del campeonato. El delantero llegó incluso a sugerir que el equipo no se ha sentido bienvenido durante su estancia en Estados Unidos.

El ejemplo más evidente llegó precisamente en la tercera jornada. Para disputar el encuentro ante Egipto, Irán tuvo que desplazarse desde su concentración en México hasta Seattle, un recorrido de más de 2.000 kilómetros y más de cuatro horas de vuelo.

Un viaje que cualquier selección asumiría una vez durante un torneo, pero que en el caso iraní se convirtió en una consecuencia directa de las restricciones que marcaron su participación en este Mundial. Mientras otros combinados pudieron establecerse cerca de sus sedes, Irán siguió acumulando kilómetros lejos de los focos.

Y, sin embargo, el rendimiento deportivo ha resistido. Irán empató sus tres partidos de la fase de grupos, terminó con tres puntos y una diferencia de goles neutra. Un gol anulado en el descuento ante Egipto le privó de una clasificación prácticamente asegurada, pero sigue dependiendo de los resultados de otros grupos para meterse entre los mejores terceros.

Si finalmente logra el billete para los dieciseisavos, Irán habrá firmado una de las historias más singulares de este Mundial. Porque mientras el resto de selecciones se enfrentaron únicamente a sus rivales, los iraníes también tuvieron que competir contra fronteras, controles, vuelos, incertidumbre y una situación geopolítica que nunca debió entrar en el terreno de juego. @mundiario