La crisis de Ormuz tensa la relación entre Trump y Macron

La tensión entre Estados Unidos y Francia vuelve a escalar, pero esta vez no por un desacuerdo técnico ni por un matiz estratégico, sino por algo más corrosivo: la degradación pública del debate político. Donald Trump, en plena crisis en Oriente Próximo, atacó personalmente a Emmanuel Macron asegurando que “es maltratado por su esposa”, recuperando un episodio de mayo de 2025 cuando Brigitte Macron golpeó en la cara al presidente francés antes de bajar de un avión. El comentario, más propio de un plató que de una cumbre internacional, llega en un momento donde la región está al borde de un incendio mayor.

Macron respondió con una frase que intenta poner freno al barro. Desde Japón, afirmó que esas declaraciones “no son ni elegantes ni están a la altura” y que no merecen respuesta. Sin embargo, el choque no se queda en lo personal. Trump aprovechó la escena para señalar algo más serio: su descontento con el apoyo europeo ante la situación del estrecho de Ormuz.

Ormuz el cuello de botella del petróleo mundial

El estrecho de Ormuz no es un simple punto en el mapa. Es una arteria crítica por la que circula buena parte del comercio mundial de hidrocarburos. Si se bloquea, el precio del petróleo puede dispararse en cuestión de días y arrastrar consigo inflación, crisis energética y tensión social en Europa y otras regiones importadoras.

Trump sostiene que pidió a Macron apoyo naval inmediato para “desbloquear” Ormuz, asegurando que Francia no colabora lo suficiente. Su mensaje tiene un trasfondo claro: quiere que los aliados europeos se impliquen militarmente en una operación que Estados Unidos considera necesaria para garantizar el flujo energético global.

La OTAN como excusa y el riesgo de la escalada

Trump también aprovechó para lanzar una crítica más amplia a la OTAN, insinuando que Europa solo aparece “cuando la guerra ha terminado”. Este discurso, repetido desde hace años, busca reforzar la idea de que Estados Unidos carga con el peso de la seguridad global mientras sus socios se benefician sin asumir riesgos.

Pero aquí aparece el problema real: convertir una alianza defensiva en un instrumento de presión política constante desgasta su credibilidad. Y desgasta también la seguridad europea, porque la estabilidad estratégica no se construye a golpe de sarcasmo, sino con compromisos claros, planificación y coordinación.

Macron, ya en Corea del Sur, respondió con un mensaje más directo: no se puede vaciar de contenido el compromiso internacional si “cada día se dice lo contrario de lo que se dijo el día anterior”. Su crítica apunta al corazón del estilo Trump, una política exterior basada en impulsos y titulares, donde la coherencia es sustituida por espectáculo.

La guerra no se resuelve a golpe de bravata

Macron considera “poco realista” una operación militar para liberar Ormuz por la fuerza, señalando que sería lenta y extremadamente peligrosa. Y tiene razón en lo esencial. Una intervención naval no es una maniobra quirúrgica. Puede provocar ataques en cadena, represalias regionales y un conflicto más amplio con consecuencias imprevisibles.

Aquí la cuestión no es si Europa debe apoyar o no a Estados Unidos, sino qué tipo de apoyo es responsable. No se trata de mirar hacia otro lado, pero tampoco de actuar como si el mundo fuera un tablero de ajedrez donde las piezas no sangran. Si Ormuz es una puerta estrecha, la diplomacia es la llave que evita derribarla a cañonazos.

El problema es que Trump parece gobernar con megáfono, no con brújula. Y cuando la política exterior se convierte en una pelea de patio de colegio, el mundo entero paga el precio. Europa necesita firmeza, sí, pero también inteligencia estratégica, porque las guerras se encienden rápido y se apagan tarde. @mundiario