La dimisión de Tulsi Gabbard como directora nacional de Inteligencia de EE UU cristaliza, sobre todo, la creciente pugna ideológica que atraviesa la Administración de Donald Trump entre la corriente interna que defiende una política exterior más aislacionista y aquellos sectores que siguen apostando por mantener una estrategia de presión global basada en la intervención, la disuasión militar y la confrontación geopolítica.
La excongresista por Hawái, veterana de la guerra de Irak y una de las voces más heterodoxas del panorama político estadounidense de la última década, abandona el cargo oficialmente por motivos familiares. “Tras haber hecho un gran trabajo, Tulsi Gabbard abandonará esta Administración el 30 de junio. Su marido acaba de ser diagnosticado con una variante poco común de cáncer de hueso y ella, con razón, quiere estar con él”, escribió el presidente estadounidense en su cuenta de Truth Social.
Sin embargo, la interpretación dominante en Washington apunta a que su salida ha coincidido también con una pérdida progresiva de influencia dentro del círculo presidencial y a profundas discrepancias con la Casa Blanca en asuntos clave. La renuncia llega en un momento especialmente delicado para Estados Unidos. La Administración Trump vuelve a situar a Irán en el centro de su agenda internacional, estudia nuevos escenarios militares y mantiene abiertas varias tensiones simultáneas en Oriente Próximo y América Latina. En ese contexto, Gabbard se había convertido en una figura incómoda dentro de un Ejecutivo que, pese a mantener el lema “America First”, ha terminado endureciendo su posición exterior.
Durante meses, la directora de Inteligencia sostuvo posiciones más prudentes sobre Teherán. En comparecencias previas ante el Congreso había afirmado que Irán no representaba una amenaza nuclear inminente y cuestionó implícitamente la narrativa utilizada posteriormente por Trump para justificar operaciones militares coordinadas con Israel. Aquellas diferencias nunca quedaron completamente enterradas. El propio presidente llegó a desacreditar públicamente sus análisis con un rotundo “se equivoca”, una escena que dejó al descubierto la fragilidad política de Gabbard dentro del Ejecutivo.
Su aislamiento interno se acentuó aún más tras la creciente relevancia adquirida por John Ratcliffe como director de la CIA, convertido en uno de los principales interlocutores de confianza del presidente en materia de seguridad nacional. Mientras Ratcliffe ganaba protagonismo en las negociaciones sobre Cuba, Venezuela o Irán, Gabbard aparecía progresivamente apartada de las decisiones estratégicas más sensibles.
Demócrata anti-establishment convertida al populismo nacionalista
La situación se agravó tras la dimisión de Joseph Kent, uno de sus principales aliados dentro del aparato de inteligencia. Kent abandonó el cargo criticando abiertamente la deriva militarista de la Casa Blanca y denunciando presiones de sectores próximos al Gobierno israelí para endurecer la política estadounidense hacia Irán. Aquella ruptura dejó a Gabbard todavía más expuesta frente a los sectores más beligerantes de la Administración.
La trayectoria política de Gabbard explica parte de esas tensiones. Su figura siempre desbordó los marcos ideológicos tradicionales de Washington. Saltó a la política nacional como una joven promesa del Partido Demócrata, apoyó al socialista democrático Bernie Sanders frente a la exsecretaria de Estado Hillary Clinton en las primarias de 2016 y terminó aproximándose progresivamente al trumpismo desde posiciones críticas con las guerras en el extranjero, el intervencionismo liberal y el llamado “Estado profundo”.
Esa evolución la convirtió en una figura singular dentro del ecosistema republicano por tratarse de una dirigente con discurso antiintervencionista, cercana a parte de la nueva derecha populista estadounidense, pero también profundamente cuestionada por amplios sectores del establishment de seguridad nacional. Sus contactos con el régimen sirio de Bachar el-Asad, sus posiciones ambiguas respecto a Rusia o sus críticas a la política estadounidense de apoyo a Ucrania alimentaron una enorme resistencia durante su confirmación en el Senado.
Pese a ello, Trump la incorporó al Gobierno porque representaba una corriente política cada vez más influyente dentro del Partido Republicano, la que rechaza los grandes compromisos militares internacionales y apuesta por una redefinición del papel global de Estados Unidos. Pero la realidad del poder terminó imponiendo límites a esa visión.
Aaron Lukas releva a Gabbard
La evolución de la crisis iraní ha sido probablemente el punto de ruptura definitivo. Aunque Trump llegó al poder prometiendo evitar nuevas guerras, la presión de aliados internacionales, sectores conservadores y parte del aparato militar ha ido empujando a la Casa Blanca hacia posiciones más agresivas. Gabbard, que mantenía una visión más reacia al conflicto, quedó fuera de las principales decisiones estratégicas y perdió peso político de manera acelerada.
Su salida también refleja la elevada rotación y la inestabilidad permanente dentro del segundo mandato de Trump. Esa dinámica evidencia las dificultades de cohesionar un Gobierno donde conviven corrientes ideológicas muy distintas bajo el paraguas del trumpismo.
Al mismo tiempo, su marcha deja interrogantes importantes sobre el futuro de la comunidad de inteligencia estadounidense. Durante su etapa al frente de la Oficina del Director Nacional de Inteligencia, Gabbard impulsó recortes internos, reforzó la lucha contra las filtraciones y priorizó cuestiones como la seguridad fronteriza y el contraterrorismo. Pero también dedicó parte de sus esfuerzos a investigar las denuncias de fraude electoral impulsadas por Trump sobre las elecciones de 2020, una cuestión que polarizó aún más el funcionamiento institucional del aparato de seguridad.
La sustitución temporal por Aaron Lukas abre ahora una nueva fase de incertidumbre sobre el rumbo de los servicios de inteligencia. La cuestión de fondo no es únicamente quién ocupará el cargo, sino qué visión estratégica prevalecerá dentro de la Administración: la del repliegue internacional defendida por figuras como Gabbard o la de quienes consideran imprescindible mantener una política exterior mucho más agresiva en escenarios como Irán, China o Venezuela. @mundiario
