La escena tiene una lectura que va mucho más allá de un nuevo acuerdo de defensa. Japón y Australia, dos de los aliados más importantes de Estados Unidos en el Indo-Pacífico, han decidido estrechar todavía más su cooperación militar precisamente cuando Washington introduce nuevas incertidumbres en la arquitectura de seguridad regional.
Tokio y Canberra han anunciado un salto cualitativo en su colaboración: Japón podrá ampliar el acceso a los campos de pruebas australianos para ensayar misiles de largo alcance, incluidos los hipersónicos, mientras ambos países desarrollarán conjuntamente un sistema láser destinado a detectar amenazas. Paralelamente, mantienen el programa para construir para Australia una nueva generación de fragatas basadas en la clase Mogami japonesa.
Es la continuación de un proceso que lleva años tomando forma. Pero el momento elegido resulta significativo. Ninguno de los dos países está planteando sustituir a Washington. Lo que están haciendo es algo más prudente: reforzar sus propias capacidades y sus vínculos bilaterales ante la posibilidad de que la política estadounidense en Asia sea menos constante de lo que lo fue durante décadas.
El ministro japonés de Defensa, Shinjiro Koizumi, y su homólogo australiano, Richard Marles, acordaron avanzar en un marco que permita a las Fuerzas de Autodefensa de Japón utilizar instalaciones australianas para probar diferentes tipos de misiles. Entre ellos figuran los denominados stand-off, capaces de alcanzar objetivos a gran distancia, y los misiles hipersónicos, una tecnología particularmente relevante en la carrera militar del Indo-Pacífico.
Para Tokio, disponer de grandes espacios de entrenamiento y ensayo en Australia tiene una importancia evidente, ya que Japón está desarrollando una capacidad de defensa de mayor alcance en respuesta al crecimiento militar chino y al programa de misiles de Corea del Norte. Por su parte, facilitar estas instalaciones le permite a Canberra convertir el territorio australiano en una pieza todavía más importante de la red de seguridad del Indo-Pacífico.
En este sentido, el ministro de Defensa japonés calificó el posible acuerdo como «un desarrollo revolucionario», una descripción que no resulta exagerada si se analiza la evolución de la cooperación bilateral, puesto que representaría una de las formas más avanzadas de integración militar entre ambos países. La segunda pieza es el proyecto Boobook, llamado así por una especie de búho australiano capaz de desenvolverse en condiciones de escasa luz.
Japón y Australia trabajan en un sistema láser de alta energía destinado a mejorar la detección de amenazas y, potencialmente, la protección frente a determinados proyectiles. El proyecto cuenta con la participación de Mitsubishi Electric Australia y contempla una inversión australiana de unos 70 millones de dólares australianos en una nueva instalación en Nueva Gales del Sur.
La importancia del programa no está únicamente en el arma o sensor que pueda terminar produciendo. Está también en la integración de las industrias de defensa de ambos países.
Japón, que durante décadas mantuvo importantes restricciones políticas y jurídicas sobre sus exportaciones militares, está entrando progresivamente en un modelo de cooperación industrial internacional mucho más ambicioso.
El factor Trump cambia los cálculos
Aunque los ministros japonés y australiano han evitado convertir sus acuerdos en una declaración explícita contra Pekín, China constituye inevitablemente el telón de fondo. La expansión de la Armada china, sus actividades alrededor de Taiwán, sus operaciones en el mar de China Meridional y Oriental y la presión militar sobre territorios disputados han llevado a Japón y Australia a considerar que la seguridad regional exige disponer de mayores capacidades propias.
Tokio observa además directamente la actividad china alrededor de sus aguas y el incremento del poder militar de Pekín. Canberra, por su parte, depende de rutas marítimas abiertas para mantener su economía y considera que un conflicto en torno a Taiwán tendría consecuencias directas para su seguridad y sus intereses comerciales.
Pero existe una segunda preocupación, menos visible y quizá más importante: qué hará Estados Unidos si la crisis llega realmente. Porque Japón y Australia siguen necesitando a Estados Unidos, pero ya no pueden dar por descontado que Washington responderá siempre de la misma manera.
El presidente estadounidense ha mostrado disposición a negociar directamente con dirigentes que durante años fueron considerados adversarios estratégicos de Washington. Su aproximación a Xi Jinping y sus intentos de mantener abierta una relación con Kim Jong-un forman parte de una diplomacia en la que la negociación personal ocupa un lugar extraordinariamente importante.
La reciente decisión de Washington de reducir su participación en determinados ejercicios militares con Corea del Sur ha provocado especial inquietud. Tokio ha evitado criticar directamente a Trump, pero Koizumi ha insistido en que la cooperación entre Japón, Estados Unidos y Corea del Sur sigue siendo «crítica» para la estabilidad regional.
Ambos países saben que la presencia militar estadounidense sigue siendo el principal elemento de disuasión frente a una crisis de grandes dimensiones. Pero también saben que la política de Trump puede cambiar con rapidez y que la relación de Estados Unidos con sus aliados está cada vez más condicionada por las prioridades inmediatas de la Casa Blanca.
La cuestión norcoreana vuelve a entrar en la ecuación, haciendo que el escenario geopolítico sea todavía más delicado. Mientras Pyongyang continúa con el desarrollo de sus misiles balísticos, mantiene firme su programa nuclear y profundiza su relación estratégica con Rusia, el presidente Trump ha vuelto a mostrar interés en entablar una relación más flexible con el líder Kim Jong-un.
Para Tokio y Seúl, el problema es otro
Cualquier acuerdo entre Washington y Pyongyang tendría consecuencias directas sobre la seguridad de sus aliados en la región, por lo que Japón no puede aceptar fácilmente que una negociación estadounidense reduzca la presión sobre Corea del Norte si no se toman en cuenta las capacidades de misiles y el programa nuclear norcoreano. Australia comparte parte de esta preocupación; de hecho, aunque el ministro de Defensa australiano, Richard Marles, ha evitado entrar en la polémica sobre las decisiones de Washington, ha insistido firmemente en que Corea del Sur es un socio de defensa «críticamente importante» para Canberra.
Por eso los ejercicios y acuerdos entre Japón y Australia adquieren una dimensión adicional, demostrando que no son únicamente una respuesta a China, sino también una forma de reducir la dependencia de las decisiones que puedan tomarse en Washington. Ante el riesgo de un Indo-Pacífico sin una estrategia clara por parte de EE UU, Trump pretende recuperar la capacidad de negociación estadounidense mediante una política exterior más transaccional; sin embargo, esa misma doctrina puede estimular que sus aliados desarrollen mecanismos propios para reducir su vulnerabilidad frente a los giros políticos de Washington.
Japón y Australia no están rompiendo con Estados Unidos. Están haciendo exactamente lo contrario: construyendo una red de seguridad más resistente en la que Estados Unidos continúe siendo fundamental, pero no sea necesariamente el único pilar.
India aparece cada vez más integrada en ese proceso. Filipinas ha reforzado también sus vínculos con Japón y Australia. Y Nueva Delhi, Tokio y Canberra comparten espacios de cooperación dentro de un entramado regional cada vez más denso. El siguiente paso japonés, de hecho, apunta hacia India. Tokio quiere profundizar la cooperación en drones marítimos, inteligencia artificial y ejercicios militares. @mundiario
