La dimisión de la primera ministra letona, Evika Siliņa, revela hasta qué punto la seguridad nacional se ha convertido en el eje absoluto de la política en el flanco oriental de la OTAN. Lo ocurrido en Letonia durante la última semana no fue únicamente un incidente militar menor provocado por tres drones desviados de su trayectoria.
Fue, sobre todo, una demostración política de vulnerabilidad en uno de los países europeos que más ha construido su discurso interno alrededor de la amenaza rusa y de la preparación frente a una posible escalada regional.
El detonante de la crisis fue aparentemente limitado. La madrugada del 7 de mayo, tres drones ucranianos cruzaron el espacio aéreo letón desde territorio ruso y terminaron estrellándose en la región oriental de Latgalia, cerca de la frontera. Uno impactó en una instalación petrolera vacía cerca de Rēzekne y provocó un pequeño incendio.
No hubo víctimas ni daños estratégicos importantes. Sin embargo, el verdadero problema no fue el impacto físico, sino la cadena de errores políticos y militares que siguió después.
Las autoridades letonas tardaron horas en ofrecer información clara sobre lo ocurrido. Durante varios días evitaron confirmar públicamente que los drones pertenecían a Ucrania. Mientras tanto, numerosos vecinos denunciaban que habían escuchado o visto los aparatos antes de recibir alertas oficiales. Posteriormente, el propio mando militar reconoció que al menos uno de los drones ni siquiera había sido detectado inicialmente por los sistemas de vigilancia aérea del país.
Ese reconocimiento golpeó directamente uno de los pilares centrales de la narrativa política de Letonia desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania en 2022: la idea de que el país estaba preparado para afrontar amenazas híbridas, sabotajes e incursiones aéreas procedentes del este. Riga había incrementado drásticamente el gasto militar, reforzado su cooperación con la OTAN y convertido la seguridad en prioridad absoluta. Precisamente por eso, el fallo tuvo un efecto político devastador.
La situación se volvió todavía más incómoda por el origen de los drones. Letonia es uno de los aliados más firmes de Kiev dentro de la Unión Europea y de la OTAN. El hecho de que los aparatos fueran ucranianos colocó al Gobierno en una posición extremadamente delicada: debía explicar por qué sus sistemas defensivos habían fallado sin erosionar al mismo tiempo el apoyo político a Ucrania.
Finalmente fue el ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, quien confirmó que los drones pertenecían a Kiev y que habían sido desviados por sistemas rusos de guerra electrónica mientras se dirigían hacia objetivos energéticos dentro de Rusia. La explicación reforzó otra preocupación creciente en los países bálticos: la guerra electrónica rusa está ampliando los riesgos de que el conflicto ucraniano desborde las fronteras y afecte directamente al espacio aéreo de la OTAN.
La presión política cayó rápidamente sobre el ministro de Defensa, Andris Sprūds. Siliņa lo responsabilizó de no haber acelerado suficientemente el desarrollo de sistemas antidrones pese a las multimillonarias inversiones realizadas en defensa durante los últimos años. Su destitución parecía inicialmente una maniobra para contener el daño político. Pero terminó provocando exactamente lo contrario.
Sprūds pertenece al partido Progresistas, uno de los tres socios de la coalición gobernante. La formación interpretó la destitución como un intento de convertir al ministro en chivo expiatorio de un problema estructural mucho más amplio. El miércoles retiró oficialmente su apoyo al Ejecutivo, dejando al Gobierno sin mayoría parlamentaria apenas cinco meses antes de las elecciones.
La caída fue inmediata. Siliņa anunció su dimisión y entregó formalmente el cargo al presidente Edgars Rinkēvičs, que ahora deberá abrir consultas para intentar formar un nuevo Gobierno interino.
Pero la rapidez del colapso político no puede entenderse únicamente por los drones. La coalición arrastraba tensiones desde hacía meses sobre gasto público, ayudas económicas, inversiones en defensa y desacuerdos ideológicos internos. El incidente actuó como catalizador final de un desgaste acumulado. La seguridad nacional simplemente aceleró una crisis que ya estaba latente.
Aun así, el simbolismo del episodio es enorme. Letonia comparte frontera tanto con Rusia como con Bielorrusia y se percibe a sí misma como uno de los países más expuestos de toda la OTAN. En Riga existe la sensación permanente de vivir bajo presión híbrida: ciberataques, campañas de desinformación, sabotajes y ahora también incursiones de drones vinculadas indirectamente a la guerra de Ucrania.
Por eso la reacción política ha sido tan severa. El Gobierno había prometido “cielos seguros” y el incidente dejó la impresión opuesta: que incluso un país que ha situado la defensa en el centro de toda su estrategia nacional sigue teniendo lagunas importantes en vigilancia aérea, coordinación militar y comunicación de crisis.
La preocupación no afecta solo a Letonia. En las últimas semanas también se han registrado incidentes similares en Estonia y Lituania. La proliferación de drones de largo alcance y la intensificación de la guerra electrónica rusa están transformando la seguridad del Báltico en un escenario mucho más imprevisible. Incluso cuando no existe un ataque directo deliberado contra países de la OTAN, los riesgos de errores, desvíos o incidentes involuntarios aumentan de forma constante.
En este contexto, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski ofreció enviar expertos a Letonia para ayudar a reforzar la protección aérea y mejorar la coordinación frente a amenazas similares. Paralelamente, Riga negocia con la Unión Europea un préstamo de 3.490 millones de euros dentro del programa SAFE para reforzar sus capacidades defensivas, especialmente los sistemas antiaéreos y antidrones.
Lo que se espera ahora en Letonia es una fase de transición política rápida. El presidente intentará construir un Ejecutivo provisional capaz de llegar a las elecciones previstas para octubre sin abrir una crisis institucional prolongada. Sin embargo, la fragmentación parlamentaria y el ascenso de fuerzas opositoras como el prorruso Ainārs Šlesers complican el escenario. @mundiario
