El ascenso del Celta Fortuna a Segunda División ha sido recibido como una magnífica noticia para el club vigués. Y lo es. Competir en el fútbol profesional permitirá que los jóvenes de la cantera den un salto de calidad enfrentándose cada semana a rivales de mayor nivel y en un contexto mucho más exigente. Sin embargo, detrás de todas esas ventajas existe una realidad de la que apenas se habla y que puede condicionar tanto al filial como al primer equipo.
Hasta ahora, el Fortuna competía en Primera RFEF, una categoría muy competitiva, pero que no forma parte del fútbol profesional. La Segunda División, en cambio, sí está integrada dentro de LaLiga y eso cambia completamente las reglas del juego. El filial deja de ser únicamente un equipo de formación para convertirse también en un club obligado a cumplir unas exigencias deportivas, económicas y administrativas mucho mayores.
Ese salto implica una inversión considerable. Competir en Segunda exige aumentar el presupuesto destinado a la plantilla, mejorar la estructura del equipo, asumir mayores costes de desplazamiento, incrementar la exigencia organizativa y adaptarse al control económico de LaLiga, con una supervisión mucho más estricta sobre las cuentas y la planificación deportiva. El ascenso no solo trae más ingresos, también multiplica las obligaciones.
Pero el mayor desafío probablemente no esté en los despachos, sino sobre el césped. Mientras el filial militaba en Primera RFEF, Claudio Giráldez podía recurrir a varios jugadores del Fortuna cuando el primer equipo sufría una plaga de lesiones o necesitaba completar una convocatoria. Aunque el filial perdiese temporalmente a algunos de sus mejores futbolistas, normalmente seguía siendo competitivo y disponía de margen suficiente para cumplir sus objetivos sin verse comprometido en la clasificación.
Ese escenario cambia por completo en Segunda División. Si el primer equipo necesita recurrir de manera continuada a cuatro o cinco jugadores importantes del Fortuna, el filial puede quedarse sin buena parte de su columna vertebral en plena temporada. Y la diferencia es enorme. En Primera RFEF esa situación podía ser asumible. En Segunda, donde el objetivo principal será asegurar la permanencia, perder varios titulares durante semanas puede marcar la diferencia entre mantener la categoría o acabar descendiendo.
Eso obliga al Celta a planificar el filial de otra manera. Ya no basta con reunir a los mejores jóvenes de la cantera. Será necesario construir una plantilla más amplia, con mayor profundidad y preparada para absorber las bajas que pueda provocar el primer equipo. En otras palabras, el Fortuna necesitará futbolistas capaces de competir desde el primer día y no únicamente proyectos de futuro.
Además, ese efecto puede trasladarse al resto de la cantera. Si el primer equipo asciende jugadores del Fortuna, el filial tendrá que cubrir esas vacantes con futbolistas del Juvenil o del Celta C, alterando la planificación de todas las categorías inferiores. Una decisión pensada para resolver un problema puntual en Primera División puede terminar afectando a toda la estructura deportiva del club.
También aparece un dilema que antes apenas existía. Si el Fortuna se está jugando la permanencia en Segunda y el primer equipo necesita a varios de sus mejores futbolistas, ¿qué debe priorizar el club? La respuesta institucional parece evidente: el primer equipo siempre estará por encima. Sin embargo, deportivamente la decisión puede tener consecuencias importantes para un filial que ya no compite en una categoría semiprofesional, sino en el fútbol profesional español.
Eso sí, las ventajas siguen siendo enormes. Los jóvenes crecerán mucho más rápido, aumentará su valor de mercado y llegarán al primer equipo con una experiencia competitiva muy superior a la que ofrece Primera RFEF. Pocos escenarios preparan mejor a un futbolista que disputar cada semana partidos de Segunda División frente a clubes históricos y jugadores con cientos de encuentros en el fútbol profesional.
Por eso el ascenso del Celta Fortuna representa una magnífica noticia para la cantera celeste. Pero también supone un reto de gestión que muy pocos clubes consiguen resolver con éxito. Tener un filial en Segunda División acerca a los jóvenes al primer equipo como nunca antes, aunque también obliga a caminar sobre una línea muy fina. Porque cuanto mejor funcione la cantera, más jugadores reclamará Claudio Giráldez. Y cuanto más necesite el primer equipo de ellos, mayor será el riesgo de debilitar a un filial que ya no está para formar únicamente futbolistas, sino también para competir y sobrevivir en el fútbol profesional. @mundiario
