América Latina continúa siendo el principal bastión del catolicismo en el mundo, pero su relación con la religión está experimentando una transformación profunda. La Iglesia conserva una importante influencia social y cultural, y millones de personas siguen participando en celebraciones religiosas. Sin embargo, las estadísticas revelan un cambio generacional y cultural que está modificando el panorama espiritual de la región: cada vez menos ciudadanos se identifican como católicos y aumenta el número de quienes prefieren no pertenecer a ninguna confesión.
Los datos del Latinobarómetro permiten dimensionar esta evolución. En 1995, el 80% de los latinoamericanos se reconocía como católico. En 2026, esa proporción se ha reducido al 55%, según una encuesta realizada a 19.207 personas en 17 países. La caída no significa necesariamente que la población haya dejado de creer en Dios, sino que existe una distancia cada vez mayor entre las convicciones personales y las instituciones religiosas tradicionales.
El fenómeno resulta especialmente significativo porque coincide con un crecimiento de las personas que se consideran ajenas a cualquier religión. Este grupo ha pasado del 4% al 16% en tres décadas. Es decir, actualmente hay cuatro veces más latinoamericanos que no se identifican con ninguna confesión que a mediados de los años noventa.
La transformación plantea una pregunta que va más allá de las estadísticas: ¿está América Latina dejando de ser religiosa o simplemente está cambiando su manera de creer?
La fe permanece, pero las iglesias pierden protagonismo
Una de las claves para entender este cambio es diferenciar entre creer en Dios y pertenecer a una institución religiosa. Según una investigación del Pew Research Center, nueve de cada diez latinoamericanos mantienen la creencia en Dios, incluso entre quienes aseguran no profesar ninguna religión.
La tendencia apunta a una espiritualidad menos vinculada a las estructuras tradicionales. Muchas personas conservan determinadas creencias, participan en celebraciones populares o mantienen devociones familiares, pero no consideran necesario identificarse como católicas o evangélicas.
Esta separación también refleja una transformación en la manera de entender la religión. La pertenencia a una iglesia ya no constituye necesariamente un elemento central de la identidad personal, especialmente en sociedades donde las nuevas generaciones tienen mayor acceso a distintas corrientes de pensamiento y formas de interpretar el mundo.
La directora del Latinobarómetro, Marta Lagos, observa precisamente esa convivencia entre el abandono de las instituciones religiosas y el mantenimiento de tradiciones, peregrinaciones y devociones populares.
El evangelismo gana terreno frente al catolicismo
El retroceso católico tampoco se explica únicamente por el crecimiento de quienes no profesan ninguna religión. Otra parte del cambio responde a la expansión de las iglesias evangélicas, que han conseguido consolidar su presencia en diferentes países, especialmente en Brasil y Centroamérica.
Las cifras del Latinobarómetro muestran que el porcentaje de latinoamericanos que se identifican como evangélicos pasó del 6% hace 25 años al 19% en 2026. Aunque su crecimiento parece haberse ralentizado durante los últimos años, su avance ha modificado el equilibrio religioso de la región.
El sociólogo Ariel Goldstein, autor de Poder evangélico, relaciona parte de este crecimiento con una estructura menos rígida que la de la Iglesia católica y con una mayor capacidad de adaptación a diferentes entornos sociales.
Según señala El País, también destaca el papel de los pastores en las redes sociales y la conexión de determinados discursos evangélicos con la idea de prosperidad económica, esfuerzo individual y éxito personal.
Esta influencia no se limita al ámbito espiritual. En países como Brasil, el movimiento evangélico ha adquirido una dimensión política considerable, hasta convertirse en un sector electoral relevante para distintas fuerzas políticas.
Argentina y Uruguay muestran dos realidades diferentes
Aunque la pérdida de fieles católicos afecta a toda América Latina, su intensidad y sus causas varían considerablemente entre países.
Uruguay representa uno de los casos más particulares. Apenas el 35% de su población se identifica como católica, el porcentaje más bajo de la región. Su tradición laica y la separación histórica entre el Estado y la Iglesia han contribuido a configurar una sociedad donde la religión tiene una presencia institucional menos determinante.
Argentina presenta otro escenario. A pesar de la influencia histórica del catolicismo y de haber sido el país de origen del papa Francisco, la identificación religiosa también ha disminuido de forma notable.
Según datos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas (Ceil-Conicet), el porcentaje de argentinos que se declaraban católicos pasó del 90% en 1960 al 76% en 2008. En 2026 se sitúa en el 58%.
El sociólogo Fortunato Mallimaci relaciona este debilitamiento, entre otros factores, con el papel desempeñado por sectores de la Iglesia durante la dictadura militar argentina (1976-1983). También señala las tensiones generadas por las posiciones eclesiásticas frente a debates sociales como el divorcio, el aborto y la eutanasia.
México y Perú, en cambio, mantienen porcentajes de identificación católica más elevados, con un 69% y un 67%, respectivamente.
Una Iglesia influyente en sociedades cada vez más alejadas
La pérdida de fieles no implica que la Iglesia católica haya dejado de ser un actor relevante. De hecho, el Latinobarómetro identifica a esta institución como una de las que generan mayor confianza entre los ciudadanos latinoamericanos, mientras que los partidos políticos ocupan el extremo contrario.
Esta aparente contradicción revela una cuestión importante: la influencia social de una institución no depende exclusivamente del número de personas que se declaran miembros de ella.
La Iglesia continúa participando en ámbitos como la educación, la asistencia social y la atención sanitaria. Además, conserva una presencia cultural que atraviesa generaciones, independientemente de la frecuencia con la que las personas acuden a los templos.
En este contexto, la visita del papa León XIV a América Latina adquiere un significado que trasciende las multitudinarias celebraciones religiosas. Su capacidad para reunir a millones de personas demuestra que el catolicismo mantiene un importante poder de convocatoria, pero no necesariamente que esté recuperando los fieles que ha perdido durante las últimas décadas.
El desafío de la Iglesia consiste ahora en comprender una sociedad que sigue creyendo mayoritariamente en Dios, pero que cada vez parece necesitar menos intermediarios para relacionarse con la fe. @mundiario
