El PSG ya no es un proyecto de fuegos artificiales. La llegada de Qatar en 2011 convirtió al club en el nuevo rico de Europa, sí, pero durante años fue un gigante sin alma competitiva. Muchas estrellas, pocas certezas. Hasta que apareció Luis Enrique. El asturiano no solo ha ganado, ha cambiado la naturaleza del equipo.
El dato es demoledor: tres semifinales consecutivas. Nunca antes el PSG había sido capaz de sostener su presencia en la élite con semejante regularidad. Ni con Mbappé, ni con Neymar, ni con Messi. Ha sido sin ellos, con un equipo más joven y coral, cuando ha encontrado su mejor versión.
La victoria en Anfield no es una más, es un símbolo. Este PSG ya no se rompe cuando sufre. Supo resistir, ceder la posesión, aguantar el empuje del Liverpool y golpear en el momento exacto. Antes, este tipo de partidos se escapaban. Ahora, se ganan. Eso es competir de verdad.
Luis Enrique ha construido un equipo reconocible. Con balón, pero también sin él. Capaz de dominar y de resistir. Marquinhos lidera, Dembélé decide y el bloque responde como un conjunto maduro. Ya no depende de individualidades, sino de una idea sólida.
El PSG puede ganar o perder, como todos. Pero lo importante es que ha dejado de ser una promesa para convertirse en una realidad. Y eso, en la Champions, es el paso más difícil. Luis Enrique no solo ha llevado al PSG a la élite: lo ha dejado preparado para quedarse. @mundiario
