Son Moix vivió una noche de locura absoluta, de esas que redefinen una temporada en cuestión de minutos. El Mallorca, que había perdonado antes, no volvió a fallar y convirtió el tramo final en un ejercicio de fe, tensión y supervivencia.
El primer aviso serio lo dio Morlanes, aprovechando una desconexión defensiva de Camavinga. Solo dentro del área, controló y definió sin oposición ante Lunin, encendiendo un estadio que ya olía sangre. La Liga empezaba a arder, pero aún quedaba el golpe definitivo.
Ese llegó con Muriqi. El Pirata, señalado en las últimas semanas, encontró su redención en el momento exacto. Recibió dentro del área y descargó un zapatazo imparable que desató el delirio. Después, el llanto. Un desahogo tan humano como decisivo.
El Real Madrid de Arbeloa se marcha con una derrota que duele más allá de los tres puntos. Segundo con 69, ve cómo el liderato se aleja y queda a merced de lo que haga el Barcelona. El margen puede ampliarse y convertir el título en una misión mucho más compleja.
Para el Mallorca, en cambio, es una victoria que vale oro. Sale del descenso, escala hasta la decimoséptima posición y recupera la fe en el momento más delicado del curso. En Son Moix no solo se jugó un partido: se reescribieron dos destinos. @mundiario
