Nadie ha jugado en el Mundial como España

España no empezó el Mundial como terminó. Durante la fase de grupos aparecieron dudas, especialmente después del empate frente a Cabo Verde, un partido que dejó demasiadas preguntas sobre el ritmo, la contundencia y la capacidad del equipo para imponerse a rivales que se encerraban cerca de su propia área. La selección todavía no había alcanzado su mejor versión y, aunque seguía apareciendo entre las candidatas al título, ya no transmitía la misma seguridad que antes del comienzo del torneo.

Las propias casas de apuestas reflejaron ese cambio de percepción. España arrancó situada entre las principales favoritas, pero el empate ante Cabo Verde y un posible cuadro de eliminatorias repleto de selecciones poderosas redujeron su cotización. Otros equipos pasaron a aparecer por delante y muchos comenzaron a interpretar que el camino de la Roja podía resultar demasiado exigente. Sin embargo, mientras la confianza exterior disminuía, el rendimiento del equipo evolucionaba en la dirección contraria.

A partir de las eliminatorias, todos los futbolistas se pusieron el buzo de trabajo. España dejó de ser únicamente una selección asociada a la posesión y se convirtió en un equipo mucho más completo, capaz de presionar arriba, protegerse con el balón, correr cuando el partido lo exigía y defender lejos de su propia portería. El crecimiento colectivo fue evidente y permitió que la selección alcanzase su mejor nivel precisamente cuando ya no existía margen para el error.

El camino hacia el título tampoco permitió esconderse. España se enfrentó durante las eliminatorias a Portugal, Bélgica, Francia y Argentina, cuatro selecciones situadas entre las diez mejores del ranking FIFA. Además, Francia y Argentina pertenecían al Top-5 mundial. La campeona no levantó la Copa gracias a un cuadro favorable ni aprovechándose de la caída prematura de las grandes potencias. Las eliminó una detrás de otra.

El marcador ante Portugal fue ajustado, pero el desarrollo del partido mostró una superioridad mucho mayor. España controló el balón, llevó el encuentro hacia las zonas que le interesaban y apenas permitió que la selección portuguesa se sintiera cómoda. Portugal tenía nombres suficientes para aspirar al título, pero nunca encontró continuidad frente a un rival que manejó mejor cada fase del encuentro.

La eliminatoria ante Bélgica volvió a exigir una versión diferente. España tuvo que convivir con momentos de mayor igualdad y con un rival capaz de hacer daño al espacio, pero terminó imponiéndose desde la paciencia y la estructura colectiva. No necesitó depender de una actuación individual extraordinaria porque el equipo funcionó como un bloque. Esa fue una de las grandes diferencias con otras candidatas: España no necesitaba que una estrella resolviese todos sus problemas.

La semifinal contra Francia fue probablemente la demostración más contundente de todo el torneo. Francia llegaba con una de las mejores plantillas del Mundial, futbolistas decisivos en todas las líneas y argumentos suficientes para considerarse favorita. España, sin embargo, la superó desde el inicio, dominó territorialmente y anuló buena parte de sus recursos ofensivos. No fue únicamente una victoria. Fue un auténtico baño futbolístico ante una de las grandes potencias del campeonato.

La final añadió un componente especial. Una parte del entorno argentino había expresado públicamente su preferencia por enfrentarse a España antes que a Francia. Confundió confianza con superioridad y terminó descubriendo que había infravalorado al equipo más completo del Mundial. El resultado volvió a ser corto, pero España fue muy superior en el juego, controló los tiempos y redujo al mínimo la capacidad de Argentina para encontrar a Messi cerca del área.

 

La selección tampoco necesitó una capacidad goleadora extraordinaria para conquistar el título. España lleva años sin contar con un delantero capaz de competir con los mayores goleadores del mundo, pero ha compensado esa carencia con una estructura colectiva muy superior. La presión, la circulación, las ayudas, el posicionamiento y la capacidad para recuperar el balón cerca del área rival terminaron teniendo más peso que la ausencia de un nueve dominante.

Ese fue el gran mérito del equipo de Luis de la Fuente. España no fue la selección más brillante desde el primer partido, pero sí la que mejor entendió cómo debía crecer durante el torneo. Transformó las dudas de la fase de grupos en certezas, soportó un cuadro durísimo y acabó derrotando a cuatro integrantes del Top-10 del ranking FIFA. Hasta las casas de apuestas dejaron de confiar plenamente en ella, pero la selección respondió cuando realmente importaba.

España no ganó el Mundial únicamente porque fuese capaz de sobrevivir a cada eliminatoria. Lo ganó porque fue superior a Portugal, Bélgica, Francia y Argentina desde el juego. No necesitó goleadas para demostrarlo. Bastó con observar cómo controló cada partido para entender que el mejor equipo del torneo terminó siendo, precisamente, el campeón. @mundiario