Por: Héctor E. Contreras.
Existe una canción, cristiana por supuesto, cuyo autor y cantautor es el hermano Manuel Bonilla, de México. La primera estrofa dice así: “Era como una oveja descarriada, más Él me buscó, era como un pozo de agua turbia, más Él me limpió. Era todo lo malo de la vida, como un cielo sin estrellas, como noche sin mañana, era como un trapo de inmundicia, y entonces, Jesús me amó”. Hace muchos años, hablando con un hermano muy apreciado me decía que él se sentía no ser nada, tal vez como las letras de esta canción. En ocasiones nos encontramos sin valor alguno, sin llevar dentro nuestro un poquito de esperanza, porque ésta se ha perdido en nuestro ser. También, es bueno recordar parte de lo que fuimos en nuestra niñez, o tal vez en nuestra juventud, ésto nos puede llevar a una reflexión sobre lo que somos. Se que lo que ahora escribo causará alguna inquietud en la vida de algunas de las personas que leen estos escritos. Mi intención es decirte que, para Dios eres de alta estima y te recuerdo las palabras del apóstol Pablo al joven Timoteo cuando le escribió: “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza”, I-Timoteo 4:12. Cuando tú, en tu interior, en tu espíritu, llevas estos valores, que son tu comportamiento para con los demás, amas y posees el Espíritu de Dios en tí, tu fe y pureza; no tienes porqué sentirte inferior a ninguna otra persona. La Biblia está llena de promesas, sólo debes creer que para tí, nada es imposible, siempre que estés a la altura de los propósitos de Dios. Yo digo: ¡Aleluya! y también ¡Gloria a Dios! No importa el pasado que hayas tenido. Confía y espera en Dios.
“Nada hagáis por contienda o vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”, Filipenses 2:3. Como existen muchas personas que no se valoran a sí mismas, también los hay que son contenciosos y vanagloriosos, en quienes no existe ningún rasgo de humildad, que debe ser la actitud de todos en cuanto a su diario vivir. La humildad nos eleva hasta la estatura de Cristo Jesús, porque debe ser el primer eslabón de todo aquel que haya confesado a Jesucristo como su Salvador.
El consejo para todo aquel que sigue estos mensajes, es que viva desinteresadamente, que pueda dar la espalda a toda ambición egoísta o actitudes arrogantes. La humildad es estimar a los demás como gente más importante y meritoria que tú. ¡Vívela! Aún hay tiempo, porque Cristo espera por tí. Sólo debes dar un paso de fe, mirando hacia la cruz, donde nuestro Señor tiene sus brazos abiertos esperando por tí. Este es tu tiempo, es tu día. ¡Hazlo!
“De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, la buena fama más que la plata. Riqueza, honra y vida, Son la remuneración de la humildad y del Temor de Jehová”, Proverbios 22:1 y 4. ¡Qué interesante! Tu estima va mucho más allá que las riquezas que puedas obtener. Cuando el escritor de los proverbios trata sobre la buena fama, entiendo que debe referirse al testimonio de vida de cada persona. El verso 4 va mucho más allá en cuanto a lo que debes ser tú. Habla de riquezas, honra y vida; pero esas riquezas, esa honra y esa vida, se convierten en una remuneración, es decir, en ganancias si eres humilde y temes a Dios. Es de esta forma y es la única para alcanzar riquezas en el reino de Dios: “LA HUMILDAD”. Fue el mismo Jesús, cuando hablaba sobre ella que dijo: “Llevad mi yugo sobre vosotros, aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Mateo 11:29. En contraste con la pesada carga del legalismo judío, Jesús convoca a una relación abierta, libre y leal, cuando Él dice: “mi yugo”, este yugo nos permite observar la rectitud de la Ley “mi carga”. Dice también que es “fácil”, del griego “chrestos”, del verbo “chraomal”, que es equivalente a “usar”. La palabra trata sobre lo que es útil, agradable, bueno, confortable, cómodo y servible. El sistema religioso legalista era una carga severa, pero el servicio para Dios, no enfada, porque se construye sobre una relación personal con Él mediante la comunión con el Espíritu Santo que mora en nosotros.
“Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres, de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo. Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos.
Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos queridos”, I-Tesalonicenses 2:5-8. Cuando Pablo estuvo con los tesalonicenses, no los aduló, tampoco buscó su alabanza. Mucho menos se convirtió en una carga para ellos. El y Silas concentraron sus esfuerzos en la presentación del mensaje de Dios para la salvación de la gente de Tesalónica, era lo más importante para ellos. Cuando las personas de aquel lugar se convirtieron al evangelio, los creyentes no fueron cambiados por Pablo, sino por el poder de Dios. Fue el mensaje de Cristo al que creyeron, no al de Pablo. Cuando testificamos, lo hacemos con el único propósito de que la gente a nuestro alrededor escuche lo que Dios puede hacer en el corazón. El inicio del verso habla de ternura. La ternura no siempre es una cualidad apreciada en nuestra sociedad. Poder y rudeza ganan más respeto, aún cuando a nadie le gusta ser amedrentado. Ternura es amor en acción; es ser considerado, satisfacer las necesidades de los demás, dedicar tiempo para escuchar a las personas. ¡Qué difícil es esto! ¿Escuchar? Saber hacerlo, es un don de Dios para tí hoy. Al hacerlo, sin vanagloriarte de lo que puedas hacer al escuchar al necesitado, te conviertes en ente de amor, de ternura, de respeto. Recordando siempre la humildad, que debes vivir a la estatura de Cristo Jesús.
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como a cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”, Filipenses 2:5-8. Jesucristo era humilde, dispuesto a negar sus derechos, con el fin de obedecer a Dios Padre y servir a la gente. Como Cristo, debemos tener una actitud de siervo y servir por amor a Dios a los demás, no por temor o sentimientos de culpa. La encarnación fue el acto de la preexistencia del Hijo de Dios, que voluntariamente adoptó un cuerpo y una naturaleza humana. Sin dejar de ser Dios, se convirtió en un ser humano, el hombre llamado Jesús. No renunció a su deidad para convertirse en humano, sino que dejó a un lado el derecho a su gloria y poder. Pablo utiliza el ejemplo de Cristo, para reforzar su apelación al desinterés en lo personal.
Al igual que Cristo dejó la gloria celestial para bajar a la tierra y morir, debemos estar dispuestos a mirar más allá de nuestros propios intereses por el bienestar de los demás, verso 4 de Filipenses. Aunque su propósito es exhortar y no establecer doctrinas, Pablo ofrece aquí una de las grandes declaraciones del NT sobre la persona de Jesucristo. Se hace necesario escribir sobre las palabras “En forma de Dios”. La frase no se refiere al aspecto físico de nuestro Señor, sino a su esencia divina, algo que permanece inalterable. También aparece “igual a Dios”, lo cual se refiere al modo de existencia de Cristo. El Señor comparte la gloria y prerrogativas de la divinidad, pero no consideraba esa condición como algo que debía ser mantenido celosamente. Es todo lo contrario, Jesús renunció voluntariamente a su gloria cuando vino a la tierra, aunque retuvo su esencia divina. La realidad de la encarnación de Cristo se expresa en la completa renuncia de Él al despojarse a sí mismo de su poder y autoridad.
Concluyo con otra estrofa de la canción del hermano Manuel Bonilla, cuando cantó: “Y mi vida, pobre vida recibió una luz, y mi vida, triste vida conoció a Jesús. Hoy las cosas viejas ya pasaron, todo en mí se ha transformado, la mañana resplandece, soy una lámpara encendida, en mi vida está Cristo Jesús”. Alguien dijo: ¿Quién soy yo? Y respondió él mismo: ¡Nadie! Son muchas las ocasiones en que hemos pronunciado las mismas palabras, sin embargo, como el hermano Bonilla, podemos decir que las cosas viejas ya pasaron y resplandece una hermosa mañana donde brilla la luz de Jesucristo en nuestras vidas, en nuestros corazones. Tus acciones son las que forjarán tu vida, tu futuro, recordándote que, ningún hombre puede huir de su propia historia.
“Lo que dejas atrás y lo que tienes por delante, no son nada comparable con lo que llevas dentro de tí”. Ralph Waldo Emerson, escritor norteamericano. Esto quiere decir, que es en tí donde debe nacer lo que has de forjar para tu vida. Cristo Jesús vino al mundo para rescatar al hombre del pecado, porque según San Pablo apóstol, el pecado es muerte y Cristo es vida en tí.
Que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, el amor de Cristo Jesús y la comunión del Espíritu Santo, sea contigo, ahora y siempre.



