Pakistán, muñidor de una paz incierta: negociaciones bajo las sombras de Trump e Irán

La apertura de un canal de diálogo directo entre EE UU e Irán en Islamabad no responde a una convergencia estratégica, sino a la necesidad urgente de evitar una escalada mayor después del ultimátum maximalista de Washington. Sin embargo, el punto de partida está lejos de ser claro.

En cuestión de horas, Donald Trump pasó de calificar como “base aceptable” el plan iraní de 10 puntos a matizar públicamente su rechazo a elementos centrales como el enriquecimiento de uranio. Esta oscilación revela una negociación sin narrativa coherente desde Washington y proyecta incertidumbre sobre la credibilidad de la posición de fuerza estadounidense en el conflicto.

La posterior intervención de la Casa Blanca, asegurando que el plan discutido no era el original iraní sino una versión modificada, añadió otra capa de ambigüedad. En términos diplomáticos, esto equivale a negociar sin un documento común reconocido por ambas partes, una anomalía que debilita cualquier avance. Mientras Washington ajusta su discurso, Teherán ha optado por una estrategia más definida de llegar a la mesa con un marco propio y presentarlo como referencia ineludible.

El plan iraní —aunque no publicado íntegramente— incluye elementos que chocan frontalmente con las líneas rojas estadounidenses como la continuidad del programa nuclear, la retirada militar estadounidense de la región, el fin del apoyo a Israel en escenarios como el Líbano y el control operativo del estrecho de Ormuz.

El dominio del estrecho no solo tiene implicaciones energéticas globales, sino que redefine el equilibrio estratégico en el Golfo Pérsico. Para Irán, no es una concesión táctica, sino una pieza estructural de su disuasión futura.

El factor Pakistán: mediación pragmática en un tablero volátil

La elección de Islamabad como sede deja las negociaciones en tierra percibida por ambas partes como neutral. El primer ministro paquistaní, Shehbaz Sharif, ha logrado posicionar a Pakistán como intermediario funcional entre dos actores sin canales directos fiables.

El papel del estamento militar paquistaní, particularmente del general Asim Munir, añade una dimensión menos visible pero clave: la construcción de puentes informales cuando la diplomacia oficial se bloquea. Sin embargo, esta mediación depende de una condición básica de estabilidad en los interlocutores. Y es precisamente ahí donde el proceso muestra su mayor vulnerabilidad.

El principal obstáculo no es solo la distancia entre las posiciones de ambas partes, sino la percepción de imprevisibilidad en el liderazgo estadounidense y la costumbre del régimen de los ayatolás a resistir en la guerra asimétrica. Las amenazas previas de Trump —incluyendo referencias a la destrucción de la “civilización”— han dejado una huella profunda en la narrativa iraní, que ahora negocia desde una posición de desconfianza total.

Esta volatilidad dificulta compromisos a largo plazo, al no garantizarse coherencia en la postura estadounidense, refuerza la posición iraní, que puede presentarse como actor más consistente y debilita la mediación internacional, al introducir incertidumbre constante en el proceso.

El calendario de dos semanas fijado para alcanzar un acuerdo definitivo introduce presión, pero también aumenta el riesgo de fracaso. Sin avances tangibles, el escenario más probable es un retorno rápido a la confrontación. Además, la negociación no ocurre en un vacío: los ataques en frentes paralelos como el Líbano o el control del estrecho de Ormuz siguen condicionando la dinámica del conflicto. @mundiario