La condena de Duane “Keffe D” Davis por el asesinato de Tupac Shakur no solo resuelve judicialmente una de las grandes incógnitas de la historia del rap: también hace más incómodo el silencio que rodea la muerte de Christopher Wallace, The Notorious B.I.G. Casi tres décadas después de que Biggie fuera asesinado en Los Ángeles, nadie ha sido juzgado por el crimen. Dos homicidios separados por apenas seis meses, vinculados al mismo universo cultural y durante años asociados a la rivalidad entre las costas Este y Oeste, han terminado recorriendo caminos judiciales radicalmente diferentes.
Wallace tenía 24 años cuando fue tiroteado el 9 de marzo de 1997 después de abandonar una fiesta de la industria musical en Los Ángeles. Cuatro disparos efectuados desde un vehículo acabaron con la vida de uno de los artistas que estaba redefiniendo el hip hop estadounidense. Su muerte llegó cuando el género atravesaba una transformación cultural y comercial extraordinaria y apenas unos meses después del asesinato de Tupac en Las Vegas. Aquella proximidad temporal convirtió ambos crímenes en capítulos inseparables de la historia del rap.
Pero mientras el expediente de Tupac ha conseguido llegar finalmente ante un jurado, el de Biggie nunca tuvo siquiera un sospechoso sentado frente a un juez. La investigación quedó atrapada entre testigos que no quisieron colaborar, disputas entre departamentos policiales y sospechas sobre la propia actuación de las autoridades. La familia del rapero llegó a demandar al Departamento de Policía de Los Ángeles por supuestas irregularidades, profundizando una crisis de confianza que acompañaría al caso durante años.
La diferencia con Tupac resulta ahora especialmente reveladora. Un jurado de Las Vegas declaró culpable a Davis, de 63 años, de haber organizado el asesinato de Shakur en septiembre de 1996. El avance no llegó gracias a una prueba científica descubierta décadas después ni a una reconstrucción policial extraordinaria. La pieza que permitió llevar el caso ante la justicia fue, paradójicamente, el propio acusado y las declaraciones que acumuló durante años.
Davis habló con investigadores, participó en entrevistas, apareció en un documental y publicó en 2019 sus memorias, Compton Street Legend. Esas intervenciones terminaron proporcionando a la fiscalía el hilo que durante décadas había faltado. La acusación construyó buena parte de su caso alrededor de las propias palabras de Davis, mientras la defensa sostuvo que algunas de sus historias habían sido exageradas o inventadas. El jurado terminó rechazando esa explicación.
El contraste ayuda a comprender por qué determinados casos sin resolver sobreviven durante décadas mientras otros encuentran inesperadamente una salida. En la investigación sobre Biggie nunca apareció una figura equivalente: alguien con conocimiento directo dispuesto a hablar repetidamente y dejar un rastro susceptible de convertirse en evidencia judicial. Sin nuevas declaraciones capaces de conectar las piezas existentes, el expediente fue perdiendo posibilidades a medida que envejecían las pruebas y desaparecían potenciales testigos.
El antiguo fiscal Dmitry Gorin ha señalado precisamente las oportunidades perdidas durante los primeros años. Según su valoración, los investigadores habían identificado pandillas, posibles motivos y sospechosos, pero no avanzaron suficientemente sobre ellos ni consiguieron desarrollar la cooperación de testigos reticentes. En investigaciones criminales de esta naturaleza, el paso del tiempo no es neutral: cada año puede significar recuerdos menos precisos, evidencias deterioradas y personas clave que dejan de estar disponibles.
La dimensión del fracaso resulta todavía mayor por la importancia cultural de Wallace. Biggie no fue únicamente una víctima de uno de los periodos más turbulentos del hip hop estadounidense. Su obra ayudó a definir el sonido del rap de Nueva York durante los años noventa y su muerte, junto a la de Tupac, contribuyó a construir una narrativa sobre violencia, industria musical, rivalidades territoriales y cultura callejera que todavía condiciona la memoria de aquella generación. Resolver estos asesinatos significa también separar los hechos judicialmente demostrables de décadas de mitología.
La condena de Davis demuestra, además, que la antigüedad de un crimen no necesariamente lo convierte en irresoluble. El caso Tupac necesitó casi treinta años para producir un veredicto y dependió de circunstancias excepcionales, pero precisamente por ello vuelve inevitable la pregunta sobre Biggie. La posibilidad de una resolución parece hoy considerablemente más limitada: Kevin McClure, antiguo responsable de la división de robos y homicidios del LAPD, ya advertía en 2017 de que el tirador probablemente había muerto.
La justicia ha terminado separando así dos historias que la cultura popular mantuvo unidas durante tres décadas. Tupac tiene ya una respuesta judicial, aunque el proceso pueda continuar mediante recursos; Biggie conserva únicamente preguntas. El exfiscal Gorin resumió el problema al advertir que las oportunidades perdidas permitieron envejecer las pruebas y desaparecer a los testigos. Casi treinta años después, el asesinato de Christopher Wallace representa algo más que uno de los grandes misterios del hip hop: es también un ejemplo de cómo los errores cometidos en las primeras etapas de una investigación pueden terminar convirtiéndose en una forma permanente de impunidad. @mundiario
