El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha exigido formalmente a su homólogo ucraniano, Volodímir Zelenski, que cese los ataques de largo alcance contra las refinerías e infraestructura de producción de diésel en Rusia. Desde el club de golf de su familia en Doonbeg (Irlanda) —donde asiste al torneo de golf Irish Open—, el mandatario estadounidense argumentó que estas incursiones con drones están asfixiando el mercado global y disparando la inflación interna. «Zelenski tiene que hacer una sola cosa: tiene que dejar de destruir combustible diésel en Rusia. Le hemos dicho que ataque otros objetivos, pero que no toque el diésel porque está lastimando al mundo«, sentenció de forma tajante.
La exigencia de Trump no reside únicamente en la restricción militar, sino en el momento político elegido, sirviendo como continuación pública de una ofensiva diplomática de la Casa Blanca orientada a congelar el conflicto. Exactamente una semana antes de estas declaraciones, los enviados especiales de Washington, Steve Witkoff (emisario especial para Oriente Próximo) y Jared Kushner (su yerno y asesor de confianza), concluyeron una gira relámpago que los llevó primero a Moscú y posteriormente a Kiev. El objetivo de esta misión de alto nivel fue entregar a ambas capitales un borrador revisado con propuestas de paz, destinado a tantear la viabilidad de reanudar las conversaciones y establecer las condiciones mínimas para una eventual cumbre trilateral de negociación.
El resultado de las negociaciones para congelar la guerra, sin embargo, ha vuelto a quedar encallado por la cuestión territorial. El enviado Kushner, detalló formalmente este fin de semana durante el foro Yalta European Strategy (YES 2026) en Kiev que Vladímir Putin condiciona de forma absoluta cualquier acuerdo de paz a que Ucrania acepte retirarse por completo de la línea del Donbás.
El mediador norteamericano reconoció en un panel de la conferencia que Washington tiene prácticamente cerrado y estructurado el resto del pacto global, pero que la inflexible postura de Volodímir Zelenski de no ceder soberanía mantiene paralizado el proceso: «Si Ucrania quisiera retirarse a esa línea, entonces obviamente tenemos el resto del trato listo y armado. Ucrania en este momento no quiere hacer eso».
Ese punto explica parte del cambio de tono. Si la negociación no avanza porque Kiev no acepta las condiciones territoriales planteadas por Moscú, la Administración Trump tiene un incentivo para aumentar la presión sobre el Gobierno ucraniano. El problema es que Ucrania dispone de muy pocos instrumentos para modificar la posición rusa en la mesa y uno de ellos es precisamente la capacidad de golpear objetivos estratégicos dentro de Rusia, especialmente refinerías, depósitos y otras instalaciones energéticas.
Para Kiev, la campaña de bombardeos sistemáticos contra los complejos petroquímicos rusos responde a una estricta doctrina de asfixia militar y económica. Al destruir la capacidad de refinado del Kremlin, las Fuerzas Armadas de Ucrania buscan colapsar el suministro de diésel y carburantes que moviliza los blindados y la logística del Ejército invasor en el frente, al tiempo que estrangulan una de las principales fuentes de divisas que financian la maquinaria de guerra de Moscú.
Reportes de la agencia de noticias Reuters y de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) confirman la efectividad de esta estrategia, documentando que las incursiones ucranianas han mermado la producción rusa de combustible, forzando al Kremlin a decretar un veto total a las exportaciones de diésel desde julio debido a los graves problemas de desabastecimiento interno.
El presidente Trump ha introducido un nuevo criterio geopolítico al vincular directamente los bombardeos ucranianos contra el sector energético ruso con la escasez global de combustible y la histórica escalada inflacionaria en el mercado estadounidense. Durante su comparecencia de este domingo en Irlanda, el mandatario afirmó que los ataques de Kiev son los únicos responsables de que el precio medio del diésel en EE UU haya roto récords históricos al superar los 6 dólares por galón (alcanzando una cotización exacta de 6,06 dólares, según los datos de la Asociación Americana del Automóvil (AAA) y la plataforma GasBuddy).
Sin embargo, analistas del sector energético y agencias internacionales matizan que este discurso omite deliberadamente el impacto del bloqueo en el Estrecho de Ormuz derivado de la guerra que la propia administración de Trump sostiene contra Irán.
Pero aquí aparece una cuestión fundamental. No existe una única causa para la crisis energética actual. La Agencia Internacional de la Energía ha advertido de un mercado extraordinariamente tensionado por las interrupciones de suministro provocadas por la guerra en Oriente Medio, la reducción de las exportaciones del Golfo, la caída de los inventarios y los problemas en las refinerías. La propia IEA ya había señalado que los ataques contra refinerías rusas contribuían a reducir la capacidad mundial de refino, pero dentro de un problema mucho más amplio.
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha añadido una presión considerable sobre ese sistema. La interrupción de los flujos energéticos del Golfo y la incertidumbre alrededor del estrecho de Ormuz han reducido la oferta disponible y han disparado los márgenes de productos refinados, especialmente diésel y combustible para aviación. La IEA calcula que las alteraciones de suministro del Golfo y los ataques contra refinerías rusas están afectando simultáneamente a un sistema mundial de refino que opera con márgenes cada vez más estrechos.
Por eso, la afirmación de Trump debe entenderse como una explicación política de una parte del problema, no como una descripción completa de las causas del encarecimiento energético. Ucrania puede reducir parte de la oferta de productos refinados al golpear instalaciones rusas, pero el shock internacional tiene además un componente determinante relacionado con Oriente Próximo.
El giro también resulta significativo porque Trump no está pidiendo a Rusia una medida equivalente en sus declaraciones sobre el diésel. Moscú, entretanto, mantiene su negativa a aceptar un alto el fuego durante las negociaciones. El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, afirmó el sábado que Rusia está dispuesta a negociar, pero que no contempla detener la guerra mientras duren las conversaciones. Zelenski, por su parte, ha expresado disposición a reunirse con Putin en un tercer país y ha defendido un alto el fuego como punto de partida. Las posiciones sobre cómo debe comenzar la negociación continúan, por tanto, alejadas.
La presión estadounidense sobre Kiev tiene así dos dimensiones. Una es económica: evitar que los ataques contra las refinerías rusas agraven todavía más la escasez internacional de productos refinados. La otra es diplomática: reducir una de las herramientas militares que Ucrania utiliza para elevar el coste de la guerra para Moscú mientras Washington intenta llevar a las partes hacia un acuerdo.
El problema es que esa presión se produce precisamente cuando las conversaciones han vuelto a tropezar con la cuestión territorial. Rusia exige concesiones sobre territorios que Ucrania no está dispuesta a entregar, mientras Kiev reclama un alto el fuego y garantías de seguridad. Kushner ha hablado de buscar una “solución creativa” que permita proteger los intereses ucranianos y, simultáneamente, convencer a Rusia de poner fin a la guerra.
El ataque a las refinerías y la disputa sobre el territorio forman, por tanto, parte del mismo tablero. Para Moscú, la presión sobre su infraestructura energética puede convertirse en un argumento para endurecer su posición. Para Kiev, renunciar a esa capacidad de ataque sin obtener a cambio un alto el fuego, garantías de seguridad o concesiones rusas supondría perder una herramienta de presión. Para Washington, en cambio, el coste económico global empieza a adquirir un peso propio.
De ahí que el mensaje de Trump a Zelenski pueda interpretarse menos como un episodio aislado sobre el precio del combustible que como una nueva fase de la mediación estadounidense. Después de intentar acercar a Moscú y Kiev mediante sus enviados, la Casa Blanca se encuentra con que la cuestión territorial sigue bloqueando el acuerdo y con que la guerra continúa afectando a los mercados energéticos. La consecuencia es un aumento de la presión sobre Ucrania para limitar una de las operaciones que más directamente afectan a la capacidad económica rusa.
La incógnita ahora es si esa presión modificará la estrategia de Kiev o si, por el contrario, los ataques contra el sector energético ruso continuarán mientras no exista un acuerdo que ofrezca a Ucrania una alternativa concreta. Por el momento, la diplomacia estadounidense ha conseguido mantener abiertos los canales de negociación, pero no ha resuelto el desacuerdo fundamental: qué territorios quedarían bajo control de cada parte y qué condiciones permitirían convertir una pausa militar en un acuerdo duradero. @mundiario
