La crisis en torno al estrecho de Ormuz ha entrado en una fase altamente galvanizada tras el más reciente ultimátum del presidente estadounidense Donald Trump, quien ha elevado fuertemente el tono contra Irán para exigir la reapertura inmediata de esta vía estratégica.
Sus declaraciones, marcadas por un lenguaje inusualmente agresivo incluso para sus estándares, reflejan no solo una escalada retórica, sino también una presión creciente en un contexto de guerra que ya ha alterado el equilibrio regional.
“El martes será el Día de las Centrales Eléctricas y el Día de los Puentes, todo en uno, en Irán. ¡¡¡No habrá nada igual!!! Abrid el puto estrecho, bastardos locos, o viviréis en el infierno. ¡ESTAD ATENTOS! Alabado sea Alá”, escribió Trump el domingo en su cuenta de Truth Social.
El estrecho de Ormuz, que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán, es uno de los puntos más sensibles del comercio global. Por él transita cerca de una quinta parte del petróleo y gas del mundo, además de una proporción significativa de fertilizantes destinados a Europa. Su cierre parcial por parte de Teherán ha tenido efectos inmediatos: volatilidad en los mercados energéticos, aumento de precios y temores de interrupciones prolongadas en el suministro.
En este escenario, Trump ha fijado un plazo límite —ya reiterado y modificado en varias ocasiones— para que Irán permita el tránsito sin restricciones. En su mensaje más reciente, el mandatario advirtió que, si no se cumple su exigencia, “se desatará el infierno” sobre el país.
Esta amenaza se acompaña de la posibilidad de atacar infraestructuras civiles, incluidas plantas eléctricas y puentes, lo que introduce un elemento particularmente delicado, ya que podría constituir un crimen de guerra según el derecho internacional humanitario.
La postura estadounidense, sin embargo, no ha sido completamente coherente. En semanas anteriores, el propio Trump había sugerido que la reapertura del estrecho podría ser gestionada por otros países o incluso producirse de forma “natural” con el fin del conflicto. Este giro discursivo evidencia tensiones internas en la estrategia de Washington, que oscila entre la presión militar directa y la delegación de responsabilidades a aliados internacionales.
Por su parte, Irán ha respondido con firmeza. Algunos altos mandos militares citados por Reuters han calificado el ultimátum como una “señal de debilidad” y han advertido de nuevas represalias contra los intereses estadounidenses en la región. Teherán mantiene que el estrecho no está completamente cerrado, sino restringido para buques vinculados a países considerados “hostiles”, mientras permite el paso selectivo de embarcaciones, incluidas algunas con ayuda humanitaria.
La dimensión internacional del conflicto añade complejidad. Países como Omán, Egipto o Pakistán han intensificado sus esfuerzos de mediación para evitar una escalada mayor, mientras que la posibilidad de que actores indirectos —como milicias aliadas de Irán— amplíen el conflicto a otros puntos estratégicos, como el estrecho de Bab el-Mandeb, incrementa la incertidumbre global.
A nivel económico, el impacto ya es tangible. El encarecimiento del petróleo y del transporte marítimo afecta especialmente a economías dependientes de importaciones energéticas, mientras que la interrupción de rutas comerciales clave amenaza con extender las consecuencias más allá del ámbito regional. En este sentido, el estrecho de Ormuz no es solo un punto geográfico, sino un termómetro de la estabilidad económica mundial.
En paralelo, la retórica de Trump también parece responder a presiones internas. El aumento de los precios de la energía en Estados Unidos y el desgaste político de una guerra prolongada podrían estar influyendo en la urgencia de sus declaraciones. Sin embargo, el uso de amenazas directas y plazos rígidos también reduce el margen para soluciones diplomáticas, lo que podría elevar el riesgo de errores de cálculo. @mundiario
